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domingo, 11 de abril de 2021

Pema Chödron y el Sindrome Shenpa. soltar, morir, renacer

Una etapa que termina, una pareja que se disuelve, los hijos que se van de la casa, amigos que quedan en el camino, cambios en nuestro cuerpo, en nuestro entorno, en nuestro trabajo… Algo muy dentro nuestro quisiera que todo se quedara quieto; así estemos anhelando el cambio, le tememos (¡y mucho más cuando no lo anhelamos!). Pero la vida es impermanencia. Y esa impermanencia es, curiosamente, la que, si trabajamos sobre ella, puede vincularnos con algoinmutable que es nuestro núcleo.

En la Psicología del Budismo Tibetano hay una palabra para definir parte de lo que nos sucede ante este tipo de situaciones: shenpa. Se lo considera un síndrome (un conjunto de signos internos que trastorna nuestra vida emocional y mental). El concepto occidental que más se le aproxima es "apego". Pero como a los tibetanos les encantan las metáforas (las cuales llegan más profundo que las definiciones meramente racionales), insisten en que la traducción implicaría imágenes como la de “sentimientos pegajosos”, “quedar enganchado” (sí, como con un gancho), y, como dice Pema Chödron (monja tibetana occidental), implica un sentimiento de urgencia. Urgencia por controlar al otro, urgencia por disimular el paso del tiempo (cuando nos apegamos a una etapa, un cuerpo que ya no tenemos, un rol que ya no cumplimos), compulsión por actuar de un modo que nos es habitual (sentimiento muy similar al de requerir una sustancia estando en situación de adicción) … Urgencia por lograr que se nos pase la ansiedad del cambio, como quien siente picazón (dice Pema) y quiere rascarse ya para que se le pase ya.

Cuando realmente abordamos el trabajar con un apego determinado (lo cual es una tarea honda, compleja, dolorosa… y liberadora), lo que estamos haciendo, al intentar una y otra vez soltar, es ser pacientes escultores de nuestro cerebro. ¿A qué me refiero? Parte del apego está ligado a que las neuronas se han conectado: muchas, muchas veces, de una determinada y única manera en relación a aquello a lo que estamos apegados. Al realizar un proceso interno de desapego estamos (como el adicto en relación a su sustancia) desactivando ese modo habitual (de allí la palabra “hábito”, aunque sea emocional) con el que el cerebro ha ido funcionando. Con ello, estamos retejiendo conexiones neuronales que ya no se ligarán en forma automática en el repetido circuito de siempre.

De modo que cuando alguien logra soltar, cuando alguien consigue tenerse paciencia en ese largo proceso, lo que ha hecho es modificar su cerebro (¡lo cual implica un honroso mérito!), y, con ello, modificar el modo en que cerebralmente está codificada lo que uno llama “mi identidad”. Sí: la noción de “mi identidad” también implica un conjunto de conexiones neuronales, que van desde el esquema corporal registrado en el cerebro, al modo en que nos tratamos día tras día, lo que pensamos sobre nosotros, lo que sentimos hacia nosotros, nuestras creencias sobre lo que somos y sobre cómo deberíamos actuar ante cada situación… Cuando estamos bajo el síndrome eso que no logramos soltar está incluido como si fuera parte del mapa interno al que denominamos “yo”. Por eso no lo soltamos: porque sentimos tanto dolor como si estuviésemos por padecer (o padeciendo) una amputación. Hasta que, si uno trabaja sobre sí, logra ir soltando (prefiero este gerundio) y, con ello, modificar el concepto de “yo”. Y ver que no hubo amputación alguna: se sigue estando entero, pero de otra manera, aunque eso que ya no está, no esté). En síntesis: cambia la sensación de identidad. Y si lo que hacemos es realmente soltar (es decir, no “despegarnos” de una pareja, por ejemplo, para aferrarnos dependientemente a otra), estaremos listos para vincularnos con nosotros mismos y con la vida de una manera diferente: libre. Y el mapa interno de lo que llamamos “yo” será más amplio y certero: tendrá un relación más ajustada y legítima con la realidad, porque ya no estará incluido en él -como parte de ese “yo”- aquello a lo que estábamos apegados.

Soltar es un ejercicio para toda la vida, para cada día, en cada pequeño acto. No significa permanecer inerte, indiferente, como la falsa imagen del yogui que parece estar “más allá del bien y del mal”: es estar plenamente vivo, relacionándonos intensamente con lo que hoy somos, hoy hay, hoy es, y no con lo que éramos, lo que fue, lo que ya no está (o lo que quisiéramos que sea o hubiese sido). ¿Trabajamos juntos? Los acompaño!

Quiero compartirles un texto de Pema Chödron, a quien vale la pena conocer, por su clara transmisión de estos temas desde un lugar laico, lúcido y sensible:

"Si soltamos, algo morirá. Y precisamente necesitamos que algo muera para gozar del gran beneficio de su muerte.

A veces, sin embargo, es muy fácil. Cuando nos embarcamos en este viaje de autodescubrimiento y notamos que hay algo a lo que estamos aferrados, a menudo vemos que no se trata más que de una pequeñez. Una vez me quedé atascada en algo descomunal, y Trungpa Rimpoché me lo advirtió. Me dijo: “Es demasiado para ti; todavía no eres capaz de deshacerte de ello, practica primero con las cosas sencillas. Empieza dándote cuenta de todas las pequeñas cosas a las que estás apegada y te resultará más fácil entender qué significa soltar”.

Fue un estupendo consejo. No debemos enfrentarnos de entrada con lo más grande, porque no podremos. Es demasiado amenazante. Puede incluso ser demasiado cruel soltar algo ahí mismo, en el acto. Incluso con las pequeñas cosas podemos, aunque sea de forma intelectual, comenzar a ver que el hecho de soltar puede tener una enorme trascendencia, una relajación y una conexión con la suavidad y la ternura del verdadero corazón. Un auténtico gozo emana de esto."

© Virginia Gawel

 

lunes, 5 de abril de 2021

El que es fiel a sí mismo - Virginia Gawel

 

Vivir al servicio de algo más grande, ser activista de una mejor humanidad, hablar y callar cuando hace falta, reconocer y practicar el amor sincero... ¿Cómo es aquel que ha decidido ir por la vida sin traicionarse?

 

Hace su vida, tocando otras vidas para despejar las densidades del mundo. Mantiene su centro. No discute su derecho a ser: es. No porque se aferre a la inflexible armadura de su ego; al contrario: ya ha descubierto que el ego no es el Sí Mismo, sino una precaria estructura que todos armamos para atravesar los primeros tramos del camino.

(Muchos mueren existiendo desde ese precario ego, pero la Tarea es desnudarnos de su escudo y nacernos de nuevo, libres de sus grilletes).

El que es fiel a sí mismo desarrolla modestos poderes:

-No decir que sí cuando adentro sabe que no; no decir que no cuando el sí debe ser plantado, firme como un mojón.

-No ser pordiosero de amor, con la mano extendida para la caricia que se desliza como limosna: declina el afecto que se ruega, o el que se paga con sumisión, con autoanulación, con sobreadaptación; da su amor, se lo da a sí mismo, y reconoce el amor sincero que no se gana por negociar la propia identidad;

-Vivir no solo para sí, sino en servicio de algo más Grande; asume las urgencias de su época, y, así como el agua activa a las semillas para que germinen, activa con su gesto a quienes aún no se habían dado cuenta de que todos vinimos a ser activistas para que la Humanidad evolucione.

-Retroceder en el tiempo como una flecha que retorna al arco, para reparar a quien haya lastimado, para darse disculpas por sus erróneas decisiones del pasado, para hacerse cargo de lo que en su momento evitó asumir, para dar las gracias a quien le hubiera servido.

El que es fiel a sí mismo ha sido rechazado en distintos lugares, por muchas personas, a diferentes edades de su biografía. Es más, le sucede hoy, y sabe que le sucederá mañana. Pero ha desarrollado un anticuerpo del espíritu para lo que antes era un veneno. Le duele, (porque es solo un humano), pero no lo mata. Lo detiene un instante, (porque es solo un humano), pero sigue caminando. Pues ha asumido esta premisa: cada persona tiene un íntimo Destino, un íntimo quehacer; por lo tanto, el hacer de cada persona es insustituible.

Quien elige cumplir con su Destino, entonces, no encajará fácilmente en el entorno, fabricado más bien para quien funciona desde los condicionamientos, desde sus automatismos implantados por el Sistema.

(Al Sistema le conviene que seamos masivos en vez de singulares, pegoteados en vez de reunidos, antagónicos en perpetua pelea unos contra otros, en vez de complementarios).

Así, el que es fiel a sí mismo encaja entre quienes han descubierto que no vinimos a este mundo para encajar en él, sino para donar nuestra cuota –pequeñita o no–que lo ayude a evolucionar hacia una nueva vuelta de espiral consciente.

Renunciar a encajar en la trampa del Sistema es parte de la libertad del ser leal a su Esencia.

No pretende destacarse, pues sabe del enorme valor de ser anónimo para alentar la Vida deslizándose silencioso por el mundo. Pero si su Tarea le pide que sea bien visible, bien audible, bien brillante, tomará con hidalguía esa función y la cumplirá para el bien de todos, sin buscar alabanzas a su persona. Eso también es parte de su libertad: puede callarse y puede hablar, puede estar entre las butacas del público o erguido en el escenario, puede hacer los estribillos del coro o ser la voz cantante enfocada por las luminarias.

Tiene miedos, ¡claro! Pero los miedos no lo tienen a él. No aspira a carecer de temores. Los temores se le vuelven, entonces, consejeros para susurrarles lo que la Prudencia aconseja.

Sufre, padece, ¡claro! Pero no todo él padece: reconoce en sí mismo una parte tan honda que permanece intocada por cualquier acontecimiento, cualquier dolor, cualquier añoranza, cualquier injuria recibida, cualquier resquebrajamiento de su cuerpo carnal. Puede habitar en esa parte serena cuando todo es tempestad. Y cuando le toca irse de este mundo, desde allí se va, diciéndole adiós a lo impermanente, descansando en aquello que no puede morir, porque es donde ha estado siempre –pero siempre– Vivo para servir a la Vida con los demás.

 

 Virginia Gawel...

Es psicóloga, terapeuta y docente especializada desde 1984 en la integración de la Psicología y la Espiritualidad. Dirige el Centro Transpersonal de Buenos Aires y forma parte del Consejo Editorial del Journal of Transpersonal Research y de Oxigeme Asociación Transpersonal Hispanoamericana.

sábado, 9 de noviembre de 2019

Soltar, morir, renacer - Virginia Gawel

Podemos quedar “enganchados” o “atrapados” respecto de situaciones, lugares, personas… El desapego es difícil porque aquello a lo que nos apegamos pasa a ser parte de nosotros mismos, incluso a nivel de nuestras conexiones neuronales. Virginia Gawel presenta este síndrome desde la mirada de Pema Chödrön, monja budista. Una invitación a conectarnos con el verdadero Yo que subyace a todo cambio.

 Pema Chödrön y el síndrome shenpa


Una etapa que termina, una pareja que se disuelve, los hijos que se van de la casa, amigos que quedan en el camino, cambios en nuestro cuerpo, en nuestro entorno, en nuestro trabajo… Algo muy dentro nuestro quisiera que todo se quedara quieto; así estemos anhelando el cambio, le tememos (¡y mucho más cuando no lo anhelamos!) Pero la vida es impermanencia. Y esa impermanencia es, curiosamente, la que, si trabajamos sobre ella, puede vincularnos con algo inmutable que es nuestro núcleo.

En la psicología del budismo tibetano hay una palabra para definir parte de lo que nos sucede ante este tipo de situaciones: shenpa. Se lo considera un síndrome (un conjunto de signos
internos que trastorna nuestra vida emocional y mental). El concepto occidental que más se le aproxima es “apego”. Pero como a los tibetanos les encantan las metáforas (las cuales llegan más profundo que las definiciones meramente racionales), insisten en que la traducción implicaría imágenes como la de “sentimientos pegajosos”, “quedar enganchado” (sí, como con un gancho), y, como dice Pema Chödron, implica un sentimiento de urgencia. Urgencia por controlar al otro, urgencia por disimular el paso del tiempo (cuando nos apegamos a una etapa, un cuerpo que ya no tenemos, un rol que ya no cumplimos), compulsión por actuar de un modo que nos es habitual (sentimiento muy similar al de requerir una sustancia estando en situación de adicción)… Urgencia por lograr que se nos pase la ansiedad del cambio, como quien siente picazón (dice Pema) y quiere rascarse ya para que se le pase ya.

Cuando realmente abordamos el trabajar con un apego determinado (lo cual es una tarea honda, compleja, dolorosa… y liberadora), lo que estamos haciendo, al intentar una y otra vez soltar, es ser pacientes escultores de nuestro cerebro. ¿A qué me refiero? Parte del apego está ligado a que las neuronas se han conectado muchas, muchas veces, de una determinada y única manera en relación a aquello a lo que estamos apegados. Al realizar un proceso interno de desapego estamos (como el adicto en relación a su sustancia) desactivando ese modo habitual (de allí la palabra “hábito”, aunque sea emocional) con el que el cerebro ha ido funcionando. Con ello, estamos retejiendo conexiones neuronales que ya no se ligarán en forma automática en el repetido circuito de siempre.

De modo que cuando alguien logra soltar, cuando alguien consigue tenerse paciencia en ese largo proceso, lo que ha hecho es modificar su cerebro (¡lo cual implica un honroso mérito!) y, con ello, modificar el modo en que cerebralmente está codificada lo que uno llama “mi identidad”. Sí: la noción de “mi identidad” también implica un conjunto de conexiones neuronales, que van desde el esquema corporal registrado en el cerebro al modo en que nos tratamos día tras día, lo que pensamos sobre nosotros, lo que sentimos hacia nosotros, nuestras creencias sobre lo que somos y sobre cómo deberíamos actuar ante cada situación… Cuando estamos bajo el síndrome, eso que no logramos soltar está incluido como si fuera parte del mapa interno al que denominamos “yo”. Por eso no lo soltamos: porque sentimos tanto dolor como si estuviésemos por padecer (o padeciendo) una amputación. Hasta que, si uno trabaja sobre sí, logra ir soltando (prefiero este gerundio) y, con ello, modificar el concepto de “yo”. Y ver que no hubo amputación alguna: se sigue estando entero, pero de otra manera, aunque eso que ya no está, no esté. En síntesis: cambia la sensación de identidad. Y si lo que hacemos es realmente soltar (es decir, no “despegarnos” de una pareja, por ejemplo, para aferrarnos dependientemente a otra), estaremos listos para vincularnos con nosotros mismos y con la vida de una manera diferente: libre. Y el mapa interno de lo que llamamos “yo” será más amplio y certero: tendrá una relación más ajustada y legítima con la realidad, porque ya no estará incluido en él -como parte de ese “yo”- aquello a lo que estábamos apegados.

Soltar es un ejercicio para toda la vida, para cada día, en cada pequeño acto. No significa permanecer inerte, indiferente, como la falsa imagen del yogui que parece estar “más allá del bien y del mal”. Es estar plenamente vivo, relacionándonos intensamente con lo que hoy somos, con lo que hoy hay, con lo que hoy es, y no con lo que éramos, lo que fue, lo que ya no está (o lo que quisiéramos que sea o hubiese sido).

Quiero compartirles un texto de Pema Chödron, a quien vale la pena conocer, por su clara transmisión de estos temas desde un lugar laico, lúcido y sensible:

“Si soltamos, algo morirá. Y precisamente necesitamos que algo muera para gozar del gran beneficio de su muerte. A veces, sin embargo, es muy fácil. Cuando nos embarcamos en este viaje de autodescubrimiento y notamos que hay algo a lo que estamos aferrados, a menudo vemos que no se trata más que de una pequeñez. Una vez me quedé atascada en algo descomunal, y Trungpa Rimpoché me lo advirtió. Me dijo: ‘Es demasiado para ti; todavía no eres capaz de deshacerte de ello, practica primero con las cosas sencillas. Empieza dándote cuenta de todas las pequeñas cosas a las que estás apegada y te resultará más fácil entender qué significa soltar’. Fue un estupendo consejo. No debemos enfrentarnos de entrada con lo más grande, porque no podremos. Es demasiado amenazante. Puede incluso ser demasiado cruel soltar algo ahí mismo, en el acto. Incluso con las pequeñas cosas podemos, aunque sea de forma intelectual, comenzar a ver que el hecho de soltar puede tener una enorme trascendencia, una relajación y una conexión con la suavidad y la ternura del verdadero corazón. Un auténtico gozo emana de esto”.

Virginia Gawel
Fuente: http://www.viviragradecidos.org