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miércoles, 30 de marzo de 2022

Las tres marcas de la existencia

 



Traducido con Amor desde… https://espanol.buddhistdoor.net


La existencia humana tiene tres características principales que están en el sustrato básico de la vida misma: la impermanencia, el sufrimiento y la ausencia de identidad en sí misma, del yo. De estas tres marcas, las dos primeras son situaciones vitales que evidencian lo que tenemos en común los seres humanos, el cambio constante en todos los ámbitos de la vida y el sufrimiento que esto acarrea. En cambio, la ausencia de identidad en sí misma, del yo, no es tan fácilmente comprendida, pero no por esto es una marca menos compartida.

El Buda no se sentó bajo un árbol para acabar sonriendo, siendo vegetariano y respirando atentamente; se sentó para estar con su confusión y su dolor hasta encontrar el origen de todo ello, a sabiendas de que su dolor era el dolor del mundo. Su legado nos anima a salir al encuentro de lo que nos incomoda, inquieta y tememos, y esto implica cierto esfuerzo.

 Los principios de un trabajo interior implican el compromiso de despojarnos de las corazas defensivas y recibir a la realidad en sus propios términos. La vida, al expresarse en sus propios términos, comunica que es impermanente, insatisfactoria y que el yo es insustancial, es decir ausente de identidad propia.

El malestar básico

Hay un modelo básico de relacionarnos con todo lo que nos pasa, sea lo que sea, y ese modelo tiende a retener lo que creemos que nos da seguridad o a rechazar o desconocer lo que nos cuestiona y disgusta.

Aunque materialmente no podemos retener nada, lo hacemos emocionalmente. Nuestra capacidad de imaginar un futuro a nuestra conveniencia alimenta fantasiosamente ese anhelo de felicidad continuada en las relaciones personales, sociales, laborales, etc. Pero lo único que obtenemos al retenerlas es fosilizar esa felicidad quitándole el brillo de su llegada y haciendo más dolorosa su partida. 

Ese mismo malestar básico nos lleva a cerrarnos, empujar o rechazar lo que nos disgusta o incomoda, eludiendo todo aquello que nos cuestiona, nos interpela y defrauda, porque no siempre nos sentimos lo suficientemente capaces de entablar una relación directa con las dificultades. Solemos inclinarnos más hacia la desconfianza en nosotros mismos que hacia una confianza en las cualidades y capacidades propias. Una mentalidad de pobreza que se expresa cuando el lenguaje y la memoria traen al presente lo no resuelto y el temor se apodera del futuro. 

Ponemos en marcha estrategias defensivas de apego y evasión para protegernos porque hemos adoptado la idea de que ser testigos de nuestro propio dolor nos debilita, en vez de usar esa permeable presencia como punto de apoyo para nuestra fortaleza.

Las tres marcas de la existencia 

Presentados estos dos movimientos habituales, apego y rechazo, entro de lleno Enel tema. Las tres marcas de la existencia:

  • Impermanencia
  • Sufrimiento
  • Ausencia de identidad en sí misma, del yo

La primera de las marcas de la existencia: la impermanencia

Definir la impermanencia no es otra cosa que citar el modo cambiante del suceder natural de las cosas. En muchos casos es evidente, en otros, menos, pero sucede en todos, los materiales y los inmateriales, como pensamientos y emociones. Los percibamos o no es lo que sucede constantemente, la vida se expresa a través de la impermanencia.

Consideramos la impermanencia una aliada cuando nos trae bienestar, de enfermo a sano, de solo a enamorado, del trabajo a las vacaciones, pero cuando la impermanencia lleva el recorrido contrario, ya no la consideramos como una amable expresión de la vida sino como un enorme problema. Pero, en realidad, la impermanencia no es un problema, es más, a ella le resultamos indiferentes, es el malestar básico, mencionado más arriba, lo que la convierte en un problema.

¿Cómo gestionar y qué aprender de ese malestar básico y de la impermanencia? Charlotte Joko Beck, en su inspirador libro Zen día a día, * me regala varios puntos de apoyo para abordar el bello mensaje de la impermanencia. Cita un pasaje de la literatura zen: «El cielo y la tierra se encuentran separados por una minúscula distancia», una poética alusión a la verdad absoluta y a la verdad relativa. 

Cuando meditamos y reposamos en la claridad y la no distracción del aspecto lúcido de la mente no dualista, comprobamos la impermanencia y el condicionamiento de todo eso que llamamos problemas y, luego, en el día a día, ese conocimiento puede llevarnos más allá del estremecimiento del malestar básico que solo contempla un escenario de problemas y amenazas a nuestro bienestar.

La segunda de las marcas de la existencia: el sufrimiento

Cuando decimos «pueda verme libre del sufrimiento y de las causas del sufrimiento» relacionamos dos conceptos: libertad y sufrimiento. En este anhelo, tan noble, por cierto, si no lo comprendemos en su intención más profunda y total, pasa desapercibido que afirmamos que algo del exterior nos trae el sufrimiento y abrigamos la esperanza de que algo exterior nos libere de él.

La auténtica libertad es ser libres de los condicionamientos surgidos del malestar básico, apego-rechazo, y entablar una relación abierta y cuidadosa con el dolor y el sufrimiento. Un compromiso muy serio con uno mismo para mirar con honestidad el proceso constante de evasión. 

No tiene mucho sentido, ni final, tratar un sufrimiento por vez, como no tiene sentido cambiar de calzado cada vez que cambia el suelo. Es más efectivo un entrenamiento profundo de la mente porque permite abordar el sufrimiento en su totalidad, en lugar de en sus parcialidades. 

«Cuanto más claramente veamos que no hay nada que hacer, con mayor nitidez sabremos qué es necesario hacer.»  Lo esencial es discernir entre libertad y sufrimiento para que al levantarnos del cojín nos acompañe la disposición a no echar a correr ante nuestros sufrimientos sino de atravesarlos. 

La tercera marca de la existencia: insustancialidad del yo

La evolución nos ha legado la extraordinaria capacidad de ser autoconscientes y, por eso mismo, somos capaces de desarrollar un sentido de identidad propia, con sentimientos nosotros mismos y sobre los demás.

El yo cumple, generalmente de forma eficiente, una tarea organizativa integrando sistemas y capacidades muy complejos, prioriza de alguna forma nuestras distintas potenciales y nos ayuda a conocernos. Sin dejar de señalar la expresión de salud mental y emocional que constituye un yo sano. 

Estas son las razones principales por las que siempre rompo una lanza en favor del yo como preliminar a las enseñanzas sobre el no yo. Pero esto no es desconocer que el sentido del yo también trae problemas. Aunque la autoconciencia es un rasgo evolutivo fantástico, este mismo sentido del yo es la matriz del malestar básico.

El yo egoico tanto se defiende, protege o complace como se juzga, critica y ataca, hace que nos pensemos, casi obsesivamente, en relación con los demás haciéndonos sentir inferiores y fracasados por no gustar, parecer débiles por no estar a la altura de lo que hoy se entiende por éxito. O, por el contrario, orgullosos, vanidosos y competitivos.

Siempre estamos intentando huir del malestar básico, sin darnos cuenta de que el combustible que alimenta esa huida es el mismo que la crea, el yo. En una mirada inclusiva y amable hacia nosotros mismos, podemos considerarlo como una pulsión que tiene como meta llevarnos de la infelicidad a la felicidad. Es necesario reconocerla y obtener algo de felicidad para adentrarnos con ánimo en la causa primera del malestar básico: el desconocimiento de la ausencia de identidad en sí misma del yo.

Comprenderla es atravesar una suerte de portal sin puertas para habitar en un espacio mayor que todo lo nombrable, mensurable y definible; que es mayor que cualquier conflicto y dolor, y por esto mismo es capaz de cobijar, comprender y gestionar. Estabilizar la capacidad para observar y residir en la experiencia de que el yo, siendo operativo y funcional, no es más que un ilusorio dueño de un arcoíris, incrementa las dos cualidades propias de ese espacio mayor, la sabiduría, que nos muestra la vida tal y como es, no como nos gustaría que fuese. Y la compasión, esa bondad esencial que revela el sufrimiento propio y el de los demás, que se completa con el deseo e intento de aliviarlo.

Tal como dice Matthieu Ricard «La cuestión principal aquí es establecer una distinción clara entre un yo fuerte y una mente fuerte. Un yo fuerte va acompañado de un egocentrismo desmesurado y de la percepción cosificada de una entidad que sería el yo. Una mente fuerte es una mente resiliente, libre y sagaz, que sabe gestionar de manera adecuada los sucesos de la vida, sean los que sean; una mente que no se siente insegura, sino abierta a los otros; una mente que no está zarandeada por la cólera, la codicia, la envidia u otros factores mentales perturbadores. Todas esas cualidades llegan cuando hemos logrado reducir la sensación de un yo como identidad. Así pues, podríamos decir, aunque parezca paradójico, que la mente no puede ser fuerte más que a condición de no caer bajo el dominio del apego al ego. En una palabra, una situación óptima sería tener un yo débil y una mente fuerte».

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https://espanol.buddhistdoor.net/las-tres-marcas-de-la-existencia/

 

sábado, 5 de febrero de 2022

Considérate un turista - Dalai Lama

 


Traducido con Amor desde… https://tricycle.org

 

Dentro de menos de cincuenta años, yo, Tenzin Gyatso, el monje budista, no seré más que un recuerdo. De hecho, es dudoso que una sola persona que lea estas palabras viva dentro de un siglo. El tiempo pasa sin obstáculos. Cuando cometemos errores, no podemos hacer retroceder el reloj e intentarlo de nuevo. Todo lo que podemos hacer es usar bien el presente. Por lo tanto, si cuando llegue nuestro último día podemos mirar hacia atrás y ver que hemos vivido vidas plenas, productivas y significativas, eso al menos será de algún consuelo. Si no podemos, podemos estar muy tristes. Pero cuál de estas experiencias depende de nosotros.

La mejor forma de asegurarnos de que cuando nos acercamos a la muerte lo hagamos sin remordimientos es procurar que en el momento presente nos comportemos con responsabilidad y compasión para otros. En realidad, esto es en nuestro propio interés, y no solo porque nos beneficiará en el futuro. Como hemos visto, la compasión es una de las principales cosas que hacen que nuestras vidas tengan sentido. Es la fuente de toda felicidad y gozo duraderos. Y es el fundamento de un buen corazón, el corazón de quien actúa por el deseo de ayudar a los demás. A través de la bondad, del afecto, de la honestidad, de la verdad y la justicia hacia todos los demás, aseguramos nuestro propio beneficio. Este no es un asunto para teorizar complicadamente. Es una cuestión de sentido común. No se puede negar que la consideración de los demás vale la pena. No se puede negar que nuestra felicidad está indisolublemente ligada a la felicidad de los demás. No se puede negar que, si la sociedad sufre, nosotros mismos sufrimos. Tampoco se puede negar que cuanto más nuestros corazones y mentes están afligidos por la mala voluntad, más miserables nos volvemos. Así podemos rechazar todo lo demás: religión, ideología, toda la sabiduría recibida. Pero no podemos escapar de la necesidad del amor y la compasión.

Ésta es, pues, mi verdadera religión, mi fe sencilla. En este sentido, no hay necesidad de templo o iglesia, de mezquita o sinagoga, no hay necesidad de complicada filosofía, doctrina o dogma. Nuestro propio corazón, nuestra propia mente, es el templo. La doctrina es la compasión. Amor por los demás y respeto por sus derechos y dignidad, sin importar quiénes o qué sean: en última instancia, esto es todo lo que necesitamos. Mientras los practiquemos en nuestra vida diaria, no importa si somos eruditos o ignorantes, si creemos en Buda o en Dios, si seguimos alguna otra religión o ninguna, mientras tengamos compasión por los demás y nos comportemos con moderación por sentido de la responsabilidad, no hay duda de que seremos felices.

¿Por qué, entonces, si es tan sencillo ser feliz, nos resulta tan difícil? Desafortunadamente, aunque la mayoría de nosotros nos consideramos compasivos, tendemos a ignorar estas verdades de sentido común. Nos negamos a confrontar nuestros pensamientos y emociones negativas. A diferencia del agricultor que sigue las estaciones y no duda en cultivar la tierra cuando llega el momento, perdemos gran parte de nuestro tiempo en actividades sin sentido. Sentimos un profundo arrepentimiento por asuntos triviales como perder dinero y dejar de hacer lo que es genuinamente importante sin el más mínimo sentimiento de remordimiento. En lugar de regocijarnos en la oportunidad que tenemos de contribuir al bienestar de los demás, simplemente tomamos nuestros placeres donde podemos. Evitamos considerar a los demás porque estamos demasiado ocupados. Corremos de derecha a izquierda, haciendo cálculos y llamadas telefónicas y pensando que esto sería mejor que eso. Hacemos una cosa, pero nos preocupamos de que, si surge otra, será mejor que hagamos otra. Pero en esto nos ocupamos sólo en los niveles más toscos y elementales del espíritu humano. Además, al no estar atentos a las necesidades de los demás, inevitablemente terminamos perjudicándolos.

 Nos creemos muy inteligentes, pero ¿cómo usamos nuestras habilidades? Con demasiada frecuencia los usamos para engañar a nuestros vecinos, para aprovecharnos de ellos y mejorarnos a su costa. Y cuando las cosas no funcionan, llenos de fariseísmo, los culpamos de nuestras dificultades. Al ser desatentos a las necesidades de los demás, inevitablemente terminamos perjudicándolos. Nos creemos muy inteligentes, pero ¿cómo usamos nuestras habilidades? Con demasiada frecuencia los usamos para engañar a nuestros vecinos, para aprovecharnos de ellos y mejorarnos a su costa. Y cuando las cosas no funcionan, llenos de fariseísmo, los culpamos de nuestras dificultades. 

Sin embargo, la satisfacción duradera no puede derivarse de la adquisición de objetos. No importa cuántos amigos adquiramos, no pueden hacernos felices. Y la indulgencia en el placer sensual no es más que una puerta de entrada al sufrimiento. Es como miel untada a lo largo del filo de una espada. Por supuesto, eso no quiere decir que debamos despreciar nuestros cuerpos. Por el contrario, no podemos ayudar a otros sin un cuerpo. Pero debemos evitar los extremos que pueden causar daño.

Al centrarnos en lo mundano, lo esencial permanece oculto para nosotros. Por supuesto, si pudiéramos ser realmente felices haciéndolo, entonces sería completamente razonable vivir así. Sin embargo, no podemos. En el mejor de los casos, pasamos por la vida sin demasiados problemas. Pero luego, cuando los problemas nos asaltan, como deben hacerlo, no estamos preparados. Nos damos cuenta de que no podemos hacerles frente. Nos quedamos desesperados e infelices.

Por lo tanto, con mis dos manos unidas, le pido a usted, lector, que se asegure de que el resto de su vida tenga el mayor sentido posible. Haz esto participando en la práctica espiritual si puedes. Como espero haber dejado claro, no hay nada misterioso en esto. Consiste nada más que en actuar en favor de los demás. Y siempre que emprenda esta práctica con sinceridad y persistencia, poco a poco, paso a paso, podrá reordenar gradualmente sus hábitos y actitudes para que piense menos en sus propias preocupaciones estrechas y más en las de los demás. Al hacerlo, encontrará que usted mismo disfruta de la paz y la felicidad.

Renuncia a tu envidia, deja ir tu deseo de triunfar sobre los demás. En su lugar, trata de beneficiarlos. Con amabilidad, con coraje y confiando en que al hacerlo seguro que alcanzarás el éxito, recibe a los demás con una sonrisa. Se directo. Y trata de ser imparcial. Trata a todos como si fueran amigos cercanos. No digo esto como Dalai Lama ni como alguien que tiene poderes o habilidades especiales. De estos no tengo ninguno. Hablo como un ser humano: uno que, como tú, desea ser feliz y no sufrir.

Si no puedes, por la razón que sea, ayudar a los demás, al menos no les hagas daño. Considérate un turista. Piensa en el mundo tal como se ve desde el espacio, tan pequeño e insignificante pero tan hermoso. ¿Realmente podríamos ganar algo dañando a otros durante nuestra estadía aquí? ¿No es preferible, y más razonable, relajarse y disfrutar tranquilamente, como si visitáramos otro barrio? Por lo tanto, si en medio de su disfrute del mundo tienen un momento, traten de ayudar, aunque sea mínimamente, a aquellos que están oprimidos y aquellos que, por cualquier razón, no pueden o no pueden ayudarse a sí mismos. Traten de no alejarse de aquellos cuya apariencia es inquietante, de los harapientos y enfermos. Traten de nunca pensar en ellos como inferiores.

Para cerrar, me gustaría compartir una breve oración que me da una gran inspiración en mi búsqueda para beneficiar a los demás:

Que me convierta en todo momento, ahora y para siempre,
en un protector para los que no tienen protección,
en una guía para los que se han extraviado, en
un barco para los que tienen que cruzar océanos, en
un puente para los que tienen que cruzar ríos, en
un santuario para los que están en peligro, en
una lámpara. para los que no tienen luz
Un lugar de refugio para los que carecen de techo
Y un servidor para todos los necesitados.

♦

Este es un extracto de Ética para el Nuevo Milenio del Dalai Lama.

https://tricycle.org/magazine/consider-yourself-tourist/

 

viernes, 8 de octubre de 2021

Esta vida, que es maravillosa e impermanente- Blanche Hartman

Traducido con Amor desde… https://www.lionsroar.com/

 

Si lo piensas, ¡es asombroso, asombrosamente maravilloso estar vivo! Es un regalo maravilloso, y especialmente en un hermoso día de primavera como hoy. Pero me tomó varios años de práctica de meditación y un ataque al corazón antes de que realmente entendiera que estar vivo es increíble. Mientras salía del hospital pensé: “¡Vaya! Podría estar muerta. El resto de mi vida es solo un regalo ". Y luego pensé: "Bueno, siempre ha sido un regalo desde el principio y nunca lo noté hasta que casi desapareció".

Creo que es cierto para muchos de nosotros darnos cuenta del regalo que es estar vivo. ¿Cómo no nos damos cuenta? Bueno, lo damos por sentado. Pero este regalo no está exento de problemas. Uno de estos problemas es en realidad lo que me hizo darme cuenta de lo maravillosa que es la vida, el regalo que es y lo mucho que la aprecio. Ese es el hecho de que la vida es evanescente, impermanente. Es preciosa porque no podemos darla por sentado. Cuando nos damos cuenta de esto, podemos preguntarnos: "Bueno, si mi vida es un regalo, ¿cómo la usaré?, ¿cómo expresaré mi agradecimiento por ella o viviré completamente esta vida que es maravillosa e impermanente?"

Suzuki Roshi cuenta la historia de los cuatro caballos. Uno de los caballos comienza a correr solo al ver la sombra del látigo, incluso antes de que lo toque. El siguiente comienza a correr solo con el látigo tocando su piel. El tercer caballo empieza a correr cuando realmente siente el dolor del látigo en la piel. Y el cuarto caballo no se pone realmente en marcha hasta que siente el látigo en la médula de sus huesos.

¿Qué es este látigo? Este látigo es solo esa evanescencia de la vida, solo esa enseñanza de la impermanencia. Una de las enseñanzas más importantes es mantener la impermanencia para que la veamos, pero en realidad así son las cosas: cualquier cosa, en cualquier momento y en cualquier lugar. Hay un canto Pali que expresa esto:

Todas las cosas son impermanentes.
Surgen y desaparecen.
Vivir en armonía con esta verdad
trae gran felicidad.

Si ves cómo son las cosas, “las cosas como son” como solía decir Suzuki-roshi, ves que surgen y pasan. El truco consiste en vivir en armonía con las cosas como son en realidad; nuestro sufrimiento proviene de querer que las cosas sean diferentes de lo que son.

Quizás sea como el cuarto caballo. No lo entendí hasta que realmente llegó a la médula. Pero tal vez no sea tan malo ser el cuarto caballo porque cuando llega a la médula, lo logras hasta la médula. No piensas: “Bueno, tal vez algunas cosas sean impermanentes, tal vez, pero yo no. Tal vez viviré para siempre, o tal vez todo lo que amo vivirá para siempre, o tal vez la impermanencia no sea realmente la verdad ".

Así que podemos tratar de negociar con la impermanencia o negarla. Pero de alguna manera, si tenemos suerte, llegamos a entender “las cosas como son” y que esta es realmente la vida que estamos viviendo. Entonces la cuestión de cómo lo vivimos se vuelve realmente urgente para nosotros. No va a durar para siempre; Solo tengo una cantidad limitada de tiempo para vivir de una manera que me satisfaga, que se sienta bien, que se sienta en consonancia con la forma en que son las cosas. “Vivir en armonía con esta verdad trae una gran felicidad”, dice el canto Pali.

Cuando llegué por primera vez al Centro Zen, escuché a Suzuki-roshi decir: "Solo el estar vivo es suficiente". Eso pasó por delante de mí y puede que esté pasando por delante de ti. Simplemente lo publiqué para que puedas echarle un vistazo y decidir qué significa para ti. 

El maestro Zen chino Kobun dijo una vez que cuando te das cuenta de lo preciosa que es tu vida, y que es completamente tu responsabilidad cómo la manifiestas y cómo la vives, esa es una responsabilidad tan grande que al darse cuenta algunos decaen por un tiempo

Recientemente me invitaron a participar en un grupo de discusión sobre espiritualidad. Mi amigo dijo que el grupo iba a prestar atención a lo que hacemos en situaciones en las que ha habido una pérdida real, donde las cosas nunca volverán a ser las mismas. Alguien que conoces y amas ha muerto; ha tenido una enfermedad grave o un accidente. Ha ocurrido algo que se siente como una pérdida terrible que no se puede recuperar. ¿Cómo gestionas esas circunstancias?

Algunas de las personas allí habían experimentado pérdidas que podían relacionar con la pregunta, pero la discusión fue realmente sobre cómo iban nuestras vidas ahora y sobre cómo llegar a una sensación de tranquilidad o compostura en nuestras vidas. Una persona dijo: "Las cosas me están yendo bastante bien ahora, pero acabo de notar hoy que, aunque todo está bien, tengo este tipo de inquietud preocupante, no por nada en particular, y parece extraño cuando todo va bien".

La enseñanza de que hay sufrimiento en medio de la alegría estaba ahí en lo que estaba diciendo: la inquietud preocupada de que, aunque todo está bien ahora, algo podría suceder y no estará bien. ¿Alguno de ustedes ha tenido alguna vez ese tipo de experiencia? Es una experiencia humana muy común.

Muchos de nosotros no nos damos cuenta del regalo que es estar vivo.

Tenemos todo tipo de formas de imaginar el futuro que nos distraen de vivir realmente en el presente. De lo que se trata simplemente es de vivir en el presente para que podamos manifestar esta preciosa vida de una manera que se sienta correcta, de una manera que esté en consonancia con nuestra comprensión interna.

Podemos expresarnos con este cuerpo. Podemos sentir en nuestro cuerpo cuando estamos fuera alineación o coherencia con él. Es por eso que Kobun chino dice que es una responsabilidad tan grande que, naturalmente, una persona se siente decaída. Queremos sintonizarnos cuidadosamente con nuestro cuerpo y mente para que podamos notar cuándo estamos desalineados con nuestra intención más profunda. Queremos cultivar ese conocimiento íntimo sin palabras e ideas, una intimidad con nosotros mismos, de modo que podamos saber si estamos viviendo nuestra vida de la manera que realmente queremos o si está falta de coherencia.

Podemos hacer esto simplemente sintonizándonos con nosotros mismos, con nuestra naturaleza humana fundamental, que a veces en el budismo se llama naturaleza búdica.  La naturaleza de Buda no es algo misterioso o arcano. Buda simplemente significa despierto; uno que está despierto. Descubrimos cómo estar despiertos y alinearnos con nuestra verdadera intención, con nuestro verdadero ser, con la sabiduría y la compasión que ya es inherente a cada ser, incluyéndonos a nosotros mismos y a la vez nos mantenemos conscientes de la impermanencia de la vida en este plano de conciencia. 

Zenkei Blanche Hartman (1926-2016) fue maestra principal de Dharma y la primera mujer abad del Centro Zen de San Francisco.

 

PÁJAROS EN EL CIELO - Allan Watts

 

Al cruzar el cielo, una flecha o un pájaro no dejan huella. En la filosofía china e hindú esta recurrente metáfora se utiliza, aunque parezca extraño, para cosas que aparentemente no se asemejan en nada. La veloz trayectoria de una flecha que no deja huella se utiliza como imagen de la impermanencia, del paso de la vida humana a través del tiempo, de la verdad inevitable de que todas las cosas acaban por disolverse «sin dejar ninguna huella». Sin embargo, en uno de los dichos de Buda, la invisible trayectoria de los pájaros en el cielo se compara al modo de vivir de un sabio, la perfecta clase de persona que ha conseguido disolver su ego, como este poema chino lo define:

“Al penetrar en el bosque,

no perturba ni una brizna de hierba;

al penetrar en el agua,

no ocasiona ni la más leve ondulación”.

La imagen representa cierto número de cualidades que son, en realidad, diferentes aspectos de una misma cosa. Representan la libertad y el desapego de la mente del sabio, una conciencia que se asemeja al cielo, en la que la experiencia se mueve sin dejar mancha alguna. Como dice otro poema:

“Las sombras del bambú barren los peldaños,

pero no levantan polvo”.

Y sin embargo, paradójicamente, este «desapego de» es también una «armonía con», ya que el ser humano que penetra en el bosque sin perturbar ni una brizna de hierba es un ser que no está en conflicto con la naturaleza. De manera parecida a los exploradores hindúes, avanza sin que se le oiga quebrar con sus pies ni una simple ramita. Al igual que los arquitectos japoneses, construye una casa que parece formar parte del entorno natural. La imagen también representa el hecho de que no es posible trazar ni seguir el camino del sabio, ya que la auténtica sabiduría no puede ser imitada. Cada ser humano debe hallarla por sí mismo, pues no hay modo de expresarla por medio de palabras, o alcanzarla mediante unos métodos o unas directrices específicas.

 Pero en realidad existe una estrecha conexión entre esos dos usos de la metáfora en apariencia diferentes, el camino del sabio, por un lado, y la impermanencia de la vida, por otro. Y la conexión revela el principio más profundo y principal de aquellas filosofías orientales que tanto desconciertan la mente occidental al identificar la sabiduría más elevada con lo que a nosotros nos parece la doctrina de la lamentable desesperanza. De hecho, la palabra desesperanza, en un sentido particular, es la traducción adecuada del término hindú y budista de nirvana: despirate. expirar, morir.

No podemos entender cómo los orientales comparan esta desesperanza con el gozo supremo, a menos que, tal como tendemos a suponer, se trate tan sólo de gente depravada y pusilánime acostumbrada durante mucho tiempo al fatalismo y a la resignación.

No deja de sorprenderme ver el modo en que los reflexivos occidentales, en particular los cristianos, parecen estar determinados a pasar por alto el punto esencial de esta conexión. Ya que ¿no es cierto que en la imaginería cristiana prolifera el tema de la muerte como preludio esencial de la vida eterna? ¿No se ha escrito que el mismo Cristo «murió» después de haber exclamado que Dios le había abandonado? Y en las escrituras cristianas ¿no hay abundancia suficiente de paradojas sobre «no tener nada y, sin embargo, poseerlo todo», acerca de encontrar nuestra alma al perderla, y sobre el grano de trigo que fructifica mediante su propia muerte?

«En efecto, así es, —dice el cura—, pero el cristiano nunca llega realmente a perder la esperanza, nunca muere realmente. A lo largo de toda la tragedia, a lo largo de toda la muerte y desesperanza exteriores, le fortalece la fe y esperanza interior de que “lo mejor está por llegar”. Se enfrenta a lo peor que la vida puede ofrecerle con la firme convicción de que la realidad última es el Dios de amor y de justicia en el que ha puesto toda su esperanza para “la vida del mundo venidero”.»

Ahora bien, creo que decimos, sentimos y pensamos tanto sobre esta esperanza que nos perdemos la increíble elocuencia del silencio budista relacionado con esta materia. En lo que se refiere a palabras, pensamientos, ideas e imágenes, las doctrinas budistas y la mayoría de las formas del hinduismo son tan negativas y desesperanzadoras que parecen una especie de alabanza del nihilismo.

No sólo insisten en que la vida humana es impermanente, en que el ser humano no tiene un alma inmortal y en que, llegado el momento, cualquier huella de nuestra existencia está predestinada a desaparecer, sino que además vienen a indicarnos, como meta del hombre sabio, la liberación de esta vida transitoria, lo cual parece sumamente difícil, un estado llamado nirvana que puede traducirse como desesperanza, y el alcanzar una condición metafísica llamada shunyata, una vacuidad tan vacía que no es existente ni inexistente. Ya que inexistencia implica existencia, su lógica contraparte, mientras que la vacuidad de shunyata no implica nada en absoluto.

Aunque parezca imposible, aún van más lejos. El nirvana, que en sí mismo ya es negación suficiente, es descrito en uno de los textos como no mejor que un tocón muerto al que atar tu burro, e insiste en que, cuando lo alcanzas, te das cuenta de que nadie ha alcanzado nada.

Quizá pueda explicarlo de modo más inteligible. Esas doctrinas enfatizan primero el hecho triste y evidente de que el ser humano no tiene un futuro perdurable. Todo aquello que alcanzamos o creamos, sin excepción, incluso los monumentos que sobreviven a nuestra muerte, están predestinados a desaparecer sin dejar huella, y nuestro afán de permanencia es totalmente inútil. Porque, es más, la felicidad existe sólo en relación al sufrimiento, el placer en relación al dolor, por lo que el individuo perspicaz no intenta separarlos. La relación es tan estrecha que de cierto modo, la felicidad es sufrimiento, y el placer sólo existe porque implica dolor. Consciente de ello, la persona dotada de perspicacia aprende a abandonar el deseo de cualquier tipo de felicidad al margen del sufrimiento, o de placer que no acarree dolor.

Pero, naturalmente, esto es difícil de llevar a cabo. Quizá pueda entender de un modo verbal e intelectual que al desear el placer estoy tratando de saciar mi sed con agua salada, ya que cuanto más placer, más deseo. (¡Recordemos el antiguo significado de desear como «carecer»!) Desear placer es no tenerlo. Pero parece que aún soy incapaz de deshacerme del hábito emocional de desearlo. Si entonces me doy cuenta de que me consume un deseo de placer que lleva implícita su carga de dolor, empiezo a desear no desear, a desear el nirvana, a intentar abandonar toda esperanza. Sin embargo, con esta actitud, simplemente he convertido el nirvana en otro nombre que designa el placer. Ya que placer, por definición, es el objeto del deseo. Es lo que nos gusta, es decir, lo que deseamos. Si descubro que este deseo es sufrimiento, y entonces deseo no desearlo…, bien, empiezo a experimentar la sensación de que «¿no habíamos estado ya aquí antes?». Por eso el budismo sugiere el nirvana en términos que son negativos y vacíos, y no con la imagen positiva y atractiva que envuelve la noción de Dios.

Nirvana se equipara a shunyata, la Nada más allá de nada, para sugerir la imposibilidad de desearlo. Todo cuanto seamos capaces de desear lleva implícita una carga de dolor. El nirvana, la liberación del sufrimiento y el deseo, se denomina inalcanzable, no porque no pueda acaecer, sino porque no hay modo de buscarlo.

El punto de énfasis sobre la impermanencia es que cada objeto de búsqueda, de deseo, es en última instancia inalcanzable e inútil. Para librarnos de esta inutilidad, debemos cesar de buscarlo. Buscar a Dios, desearlo, es simplemente llevarlo al nivel de las metas inútiles o, en el lenguaje cristiano, confundir al Creador con sus criaturas. De igual modo, desear el nirvana es simplemente llamar con otro nombre el placer inaccesible. Mientras sigamos pensando en Dios, hablando de Dios o buscando a Dios, no podremos encontrarlo.

Ahora bien, desde el punto de vista de la cultura occidental, ya sea antigua o moderna, cristiana o laica, capitalista o comunista, esto constituye la gran herejía. Ya que la cultura occidental vive consagrada a la creencia de que hay una fórmula para la felicidad, una respuesta a la pregunta: «¿Qué debo hacer para salvarme?».

Toda la propaganda política, toda la publicidad y la mayoría de lo que llamamos educación se basan en la asunción de que «existe un camino», y que tan sólo es cuestión de «saber cómo». (Si algunos detalles no se han acabado de matizar todavía, sólo hay que dar unos meses más a los científicos y seguro que lo harán.)

Pero ¿cuándo crecemos? En una profesión que combina filosofía, religión, psicología y educación, te encuentras con tanta gente que tiene la respuesta, la gran fórmula para la felicidad humana… si tan sólo pudiéramos ponerla en práctica, aunque, por una razón u otra, no lo hacemos. Así que cualquier persona que hable mucho sobre filosofía y psicología se supone que tiene las respuestas, y más o menos automáticamente se le adjudica el papel social de salvador, predicador, consejero y guía. ¡La persona que conoce el camino!

Pero no hay ningún camino. Nadie conoce el camino. El único camino que existe es la trayectoria de un pájaro en el cielo, ahora la ves, ahora no la ves. No deja la menor huella. La vida no se dirige a ninguna parte, no hay nada que alcanzar. Toda lucha y esfuerzo por aferrarse a algo es como el humo que intenta agarrar una mano que se disuelve. Todos estamos perdidos, arrojados al vacío desde que nacemos, y el único camino es caer en el olvido. Esto suena muy mal, pero es así porque es una verdad a medias. La otra mitad no puede expresarse en palabras. Ni tampoco se puede describir, imaginar ni pensar. En palabras, podría resumirse de este modo: todo el mundo está disolviéndose en la nada, y nadie puede remediarlo.

¿Es posible, sólo por un momento, darse cuenta de ello sin lanzarse a conclusiones, sin caer en el pesimismo, la desesperación o el nihilismo? ¿Cuesta demasiado admitir que todas nuestras bien tendidas trampas para la felicidad son sólo distintas maneras de engañarnos al creer que con la meditación, el psicoanálisis, la dianética, el raja yoga, el budismo zen o la ciencia mental lograremos de algún modo salvarnos de este final caer en la nada?

Porque si no nos damos cuenta de esto, todo lo demás de la filosofía oriental, el hinduismo, el budismo y el taoísmo seguirá siendo un libro cerrado.

 Saber que no podemos hacer nada es el comienzo. La primera lección es: «Yo pierdo la esperanza».

¿Y entonces qué ocurre? Te descubres a ti mismo en un estado mental quizá más bien desconocido, en el que simplemente observas, sin pretender alcanzar, esperar, desear ni buscar nada, o intentar relajarte. Sólo observas, sin ningún propósito.

No debo decir nada sobre lo que sigue a continuación. Ya que tener expectativas, prometer un resultado lo estropea todo. Las últimas palabras deben ser: «No hay esperanza, ni camino». Pero no hay ningún mal en añadir algo más, lo que yace al otro lado de la desesperación, siempre y cuando todos entendamos que ese algo al otro lado de la desesperación no puede ser deseado, y que, en todo caso, si se tienen expectativas, se pierde.

El proverbio dice: «El que espera, desespera». Seguro que estamos familiarizados con los numerosos actos involuntarios del cuerpo humano que, cuanto más los deseemos, mientras estemos ansiosos por conseguirlos, nunca se presentarán, como conciliar el sueño, recordar un nombre o, bajo ciertas circunstancias, la excitación sexual. Bien, hay algo que, como todo esto, sólo ocurre con una condición: que no intentemos conseguirlo, que nos demos cuenta claramente de que no podemos hacer que suceda. En zen se denomina satori, el súbito despertar.

Quizás ahora podamos ver la razón del doble significado de la metáfora de la trayectoria del pájaro en el cielo. Igual que el pájaro no deja huella, ningún rastro de su vuelo en el vacío, el deseo humano no puede obtener nada de la vida. Pero ser conscientes de ello es convertirse en sabio, ya que la mayor sabiduría reside al otro lado, inmediatamente al otro lado de la mayor desesperanza.Naturalmente, es algo más que desesperanza, es una dicha, un sentido de vida creativa y poder, podría incluso decir una seguridad y certidumbre más allá de lo imaginable. Pero es un modo de sentir que ni la voluntad ni la imaginación pueden provocar, igual que somos incapaces de obligar a nuestros huesos a que crezcan, o de hacer que disminuya la velocidad del pulso. Todo esto debe ocurrir por sí mismo.

Del mismo modo, todo lo que es positivo, el total contenido creativo de esa experiencia espiritual que se denomina despertar, nirvana, debe necesariamente ocurrir por sí mismo. No sólo no puede, sino que no debe ser inducido por desearlo o intentar alcanzarlo, ya que si uno lo puede desear, no se tratará realmente de esto.

 

FUENTE: “Conviértete en lo que eres” de Alan Watts

miércoles, 29 de septiembre de 2021

La ambigüedad fundamental del ser humano -Pema Chödrön

Traducido con Amor desde...https://tricycle.org/magazine

 

 

Como seres humanos, compartimos la tendencia a luchar por la certeza cada vez que nos damos cuenta de que todo lo que nos rodea está cambiando. En tiempos difíciles, el estrés de tratar de encontrar un terreno sólido, algo predecible sobre lo que pararse, parece intensificarse. Pero, en verdad, la naturaleza misma de nuestra existencia está en constante cambio. Todo sigue cambiando, seamos conscientes de ello o no.

¡Qué apuro! Parece que estamos condenados a sufrir simplemente porque tenemos un miedo profundamente arraigado a cómo son realmente las cosas. Nuestros intentos de encontrar un placer duradero, una seguridad duradera, están en desacuerdo con el hecho de que somos parte de un sistema dinámico en el que todo y todos están en proceso.

Así que aquí es donde nos encontramos: justo en medio de un dilema. Y nos deja con algunas preguntas provocadoras: ¿Cómo podemos vivir con entusiasmo ante la impermanencia, sabiendo que un día vamos a morir? ¿Qué se siente al darse cuenta de que nunca podremos conseguirlo todo del todo finalmente? ¿Es posible aumentar nuestra tolerancia a la inestabilidad y al cambio? ¿Cómo podemos hacernos amigos de la imprevisibilidad y la incertidumbre, y aceptarlos como vehículos para transformar nuestras vidas?

El Buda llamó a la impermanencia una de las tres marcas distintivas de nuestra existencia, un hecho incontrovertible de la vida. Pero es algo a lo que parecemos resistirnos con bastante fuerza. Pensamos que, si hiciéramos esto o no hiciéramos aquello, de alguna manera podríamos lograr una vida segura, confiable y controlable. Qué decepcionados nos sentimos cuando las cosas no salen como las planeamos.

No hace mucho, leí una entrevista con el corresponsal de guerra Chris Hedges en la que usaba una frase que parecía una descripción perfecta de nuestra situación: “la ambigüedad moral de la existencia humana”. Esto se refiere, creo, a una elección esencial a la que todos nos enfrentamos: si aferrarnos a la falsa seguridad de nuestras ideas fijas y puntos de vista tribales, aunque solo nos traen una satisfacción momentánea, o superar nuestro miedo y dar el salto a la vida. una vida auténtica. Esa frase, "la ambigüedad moral de la existencia humana", resonó fuertemente en mí porque es lo que he estado explorando durante años: ¿Cómo podemos relajarnos y tener una relación genuina y apasionada con la incertidumbre fundamental, la falta de fundamento del ser humano?

Mi primer maestro, Chögyam Trungpa, solía hablar sobre la ansiedad fundamental de ser humano. Esta ansiedad frente a la impermanencia no es algo que aflija a unos pocos de nosotros; es un estado omnipresente que comparten los seres humanos. Pero en lugar de desanimarnos por la ambigüedad, la incertidumbre de la vida, ¿y si la aceptamos y nos relajamos? ¿Y si dijéramos: “Sí, así es; esto es lo que significa ser humano” y decidimos sentarnos y disfrutar del viaje?

Pero, ¿qué significa la ambigüedad fundamental del ser humano en términos de la vida cotidiana? Significa, sobre todo, entender que todo cambia. Como escribió el maestro budista del siglo VIII, Shantideva, en The Way of the Bodhisattva:

Todo lo que poseo y uso
es como la visión fugaz de un sueño.
Se desvanece en los reinos de la memoria,
y desvaneciéndose, no lo veré más.

Seamos conscientes de ello o no, el terreno siempre está cambiando. Nada dura, incluyéndonos a nosotros. Probablemente hay muy pocas personas que, en un momento dado, se consuman con la idea de “voy a morir”, pero hay muchas pruebas de que este pensamiento, este miedo, nos persigue constantemente. “Yo también soy algo breve y pasajero”, observó Shantideva.

Cuando nos resistimos al cambio, nos dirigimos al sufrimiento. Pero cuando podemos soltarnos y no luchar contra eso, nos dirigimos a la iluminación.

Entonces, ¿qué se siente ser humano en este estado ambiguo e infundado? Por un lado, nos aferramos al placer y tratamos de evitar el dolor, pero a pesar de nuestros esfuerzos, siempre estamos alternando entre los dos. Bajo la ilusión de que experimentar una seguridad y un bienestar constantes es el estado ideal, hacemos todo tipo de cosas para intentar lograrlo: comer, beber, drogarnos, trabajar demasiado, pasar horas en línea o viendo la televisión. Pero de alguna manera nunca logramos el estado de satisfacción inquebrantable que estamos buscando. A veces nos sentimos bien: físicamente nada duele y mentalmente todo está bien. Luego cambia y nos golpea el dolor físico o la angustia mental. Imagino que incluso sería posible graficar cómo el placer y el dolor se alternan en nuestras vidas, hora tras hora, día tras día, año tras año, predominando primero uno y luego el otro.

Pero no es la impermanencia per se, o incluso saber que vamos a morir, la causa de nuestro sufrimiento, enseñó el Buda. Más bien, es nuestra resistencia a la incertidumbre fundamental de nuestra situación. Nuestra incomodidad surge de todo nuestro esfuerzo por poner tierra bajo nuestros pies, para realizar nuestro sueño de estar constantemente bien. Cuando nos resistimos al cambio, llega el sufrimiento. Pero cuando podemos soltarnos por completo y no luchar contra ella, cuando podemos abrazar la falta de fundamento de nuestra situación y relajarnos en su cualidad dinámica, vamos hacia la iluminación o despertar a nuestra verdadera naturaleza, a nuestra bondad fundamental. Otra palabra para esto es libertad: libertad de dejar la ambigüedad fundamental del ser humano.

Lo que señala la ambigüedad fundamental del ser humano es que, por mucho que queramos, nunca podemos decir: “Ésta es la única forma verdadera. Así es como es. Fin de la discusión." En la entrevista de Chris Hedges que leí, habló sobre el dolor que se produce cuando un grupo o religión insiste en que su punto de vista es el único punto de vista verdadero. Como individuos, nosotros también tenemos muchas tendencias fundamentalistas. Las usamos para consolarnos. Nos aferramos a una posición o creencia como una forma de explicar claramente la realidad, sin estar dispuestos a tolerar la incertidumbre y la incomodidad de permanecer abiertos a otras posibilidades. Nos aferramos a esa posición como nuestra plataforma personal y nos volvemos muy dogmáticos al respecto.

La raíz de estas tendencias fundamentalistas, estas tendencias dogmáticas, es una identidad fija, una visión fija que tenemos de nosotros mismos como buenos o malos, valiosos o indignos, esto o aquello. Con una identidad fija, tenemos que ocuparnos de tratar de reorganizar la realidad, porque la realidad no siempre se ajusta a nuestra visión. La incomodidad asociada con la ambigüedad fundamental del ser humano proviene de nuestro apego a querer que las cosas sean de cierta manera. La palabra tibetana para apego es shenpa. Mi maestro Dzigar Kongtrül llama a shenpa el barómetro del apego al ego, un indicador de nuestra participación e importancia personal. Shenpa tiene una cualidad visceral asociada con agarrar o, por el contrario, empujar. Este es el sentimiento de me gusta, quiero, necesito y No me gusta, no quiero, no necesito, quiero que se vaya. Pienso en shenpa como :"engancharse". Es esa sensación de estancamiento, ese endurecimiento, cierre o retraimiento que experimentamos cuando nos sentimos incómodos con lo que está sucediendo. Shenpa es también el impulso de encontrar alivio a esos sentimientos aferrándose a algo que nos da placer.

En su mayor parte, nuestro apego, nuestro shenpa, surge involuntariamente, es nuestra respuesta habitual al sentimiento de inseguridad. Cuando estamos enganchados, recurrimos a cualquier cosa para aliviar la incomodidad: comida, alcohol, sexo, compras, ser críticos o desagradables. Pero hay algo más fructífero que podemos hacer cuando surge ese sentimiento de nerviosismo. Es similar a la forma en que podemos lidiar con el dolor. Una forma popular de relacionarse con el dolor físico es la meditación de atención plena. Implica dirigir toda nuestra atención al dolor y respirar dentro y fuera del lugar que duele. En lugar de tratar de evitar la incomodidad, te abres completamente a ella. Te vuelves receptivo a la sensación dolorosa sin detenerte en la historia que tu mente ha inventado: es malo; No debería sentirme así; tal vez nunca desaparezca.

Cuando te pones en contacto con el sentimiento de shenpa, la instrucción básica es la misma que para tratar el dolor físico. Ya sea un sentimiento de que me gusta o no me gusta, o un estado emocional como la soledad, la depresión o la ansiedad: te abres completamente a la sensación, libre de interpretación. Si has probado este método con dolor físico, sabes que el resultado puede ser bastante milagroso. Cuando prestas toda tu atención a la rodilla, la espalda o la cabeza, lo que sea que te duela, y dejas caer el argumento de…bueno / malo, correcto / incorrecto y simplemente experimentas el dolor directamente, aunque sea por un breve período de tiempo, entonces tus ideas sobre el dolor, y a menudo el dolor mismo se disolverán

En My Stroke of Insight , el libro de la científica del cerebro Jill Bolte Taylor sobre su recuperación de un derrame cerebral masivo, ella explica el mecanismo fisiológico detrás de la emoción: una emoción como la ira que es una respuesta automática dura solo 90 segundos desde el momento en que se activa hasta que se ejecuta.  Un minuto y medio, eso es todo. Cuando dura más, lo que suele suceder, es porque hemos elegido reavivarla.

El hecho de la naturaleza cambiante de nuestras emociones es algo que podríamos aprovechar. En cambio, cuando surge una emoción, la alimentamos con nuestros pensamientos, y lo que debería durar un minuto y medio puede prolongarse durante 10 o 20 años. Seguimos reciclando la historia. Seguimos fortaleciendo nuestros viejos hábitos.

La mayoría de nosotros tenemos condiciones físicas o mentales que nos han causado angustia en el pasado. Y cuando percibimos el olor de una que viene —un ataque de asma incipiente, un síntoma de fatiga crónica, una punzada de ansiedad— nos entra el pánico. En lugar de relajarnos con la sensación y dejar que tenga su minuto y medio mientras estamos completamente abiertos y receptivos a ella, decimos: "Oh no, oh no, aquí está de nuevo". Nos negamos a sentir una ambigüedad fundamental cuando se presenta de esta forma, por lo que hacemos lo que nos será más perjudicial: aceleramos nuestros pensamientos al respecto. ¿Y si pasa esto? ¿Y si eso pasa? Estimulamos mucha actividad mental. El cuerpo, el habla y la mente se comprometen a huir del sentimiento, lo que solo lo sostiene y sigue y sigue.

Podemos contrarrestar esta respuesta entrenando para estar presentes. Cuando te pones en contacto con la falta de fundamento, una forma de lidiar con esa sensación nerviosa y es hacer la práctica de un minuto y medio:

Reconoce el sentimiento, dedícale toda tu atención compasiva e incluso acogedora, y aunque sea solo por unos segundos, deja caer la trama sobre el sentimiento. Esto te permite tener una experiencia directa, libre de interpretación. No lo alimentes con conceptos u opiniones sobre si es bueno o malo. Solo estate presente con la sensación. ¿Dónde se encuentra en tu cuerpo? ¿Sigue siendo el mismo por mucho tiempo? ¿Cambia?

El ego o la identidad fija no solo significa que tenemos una idea fija sobre nosotros mismos. También significa que tenemos una idea fija sobre todo lo que percibimos. Tengo una idea fija sobre ti; tienes una idea fija sobre mí. Y una vez que existe ese sentimiento de separación, da lugar a fuertes emociones. En el budismo, las emociones fuertes como la ira, el deseo, el orgullo y los celos se conocen como kleshas, emociones en conflicto que nublan la mente. Las kleshas son nuestro vehículo para escapar de la falta de fundamento y, por lo tanto, cada vez que cedemos a ellas, nuestros hábitos preexistentes se refuerzan. En el budismo, dar vueltas y vueltas, reciclando los mismos patrones, se llama samsara. Y samsara es igual a dolor.

Seguimos intentando alejarnos de la ambigüedad fundamental del ser humano, y no podemos. No podemos escapar de él como tampoco podemos escapar del cambio, como tampoco podemos escapar de la muerte. La causa de nuestro sufrimiento es nuestra reacción a la realidad de que no hay escapatoria: el ego aferrado y todos los problemas que se derivan de él, todas las cosas que nos dificultan estar cómodos en nuestra propia piel y llevarnos bien unos con otros.

Si la forma de lidiar con esos sentimientos es permanecer presente sin alimentar la trama, entonces surge la pregunta: ¿Cómo nos ponemos en contacto con la ambigüedad fundamental del ser humano en primer lugar? De hecho, no es difícil, porque el malestar subyacente suele estar presente en nuestras vidas. Es bastante fácil de reconocer, pero no tan fácil de interrumpir. Podemos experimentar esta inquietud como cualquier cosa, desde un ligero nerviosismo hasta puro terror. La ansiedad nos hace sentir vulnerables, lo que generalmente no nos gusta. La vulnerabilidad se presenta de muchas formas. Es posible que nos sintamos fuera de balance, como si no supiéramos lo que está pasando, no tenemos control sobre las cosas. Podemos sentirnos solos, deprimidos o enojados. La mayoría de nosotros queremos evitar las emociones que nos hacen sentir vulnerables, por lo que haremos casi cualquier cosa para alejarnos de ellas.

Pero si en lugar de pensar en estos sentimientos como malos, pudiéramos pensar en ellos como señales de tráfico o barómetros que nos dicen que estamos en contacto con la falta de fundamento, entonces veríamos los sentimientos como lo que realmente son: la puerta de entrada a la liberación, una puerta abierta a la libertad del sufrimiento, el camino hacia nuestro más profundo bienestar y alegría. Tenemos una opción. Podemos pasar toda nuestra vida sufriendo porque no podemos relajarnos con cómo son realmente las cosas, o podemos relajarnos y abrazar el final abierto de la situación humana, que es fresca, sin arreglos, imparcial.

Entonces, el desafío es notar el tirón emocional de shenpa cuando surge y permanecer con él durante un minuto y medio sin la historia. ¿Puedes hacer esto una vez al día, o muchas veces durante el día, según surja la sensación? Este es el desafío. Este es el proceso de desenmascarar, soltar, abrir la mente y el corazón.

 

De  vivir bellamente con incertidumbre y cambio, de Pema Chödrön

https://tricycle.org/magazine/fundamental-ambiguity-being-human/

 

jueves, 15 de abril de 2021

LOS OCHO VIENTOS

 

“Estas ocho condiciones del mundo siguen al mundo y el mundo no se separa de estas ocho condiciones . ¿Cuáles ocho? Ganancia y pérdida, fama y fracaso, crítica y elogio, felicidad y dolor.”

“El ser ordinario no conocedor experimenta los ocho vientos mundanos. También el discípulo con conocimiento. ¿Cuál es la diferencia? ¿Cuál es la diferencia de esfuerzo? ¿Cuál es la diferencia entre el ser sin conocimiento y el ser con conocimiento?”

Claro, todos los experimentamos. Vienen y van, a veces sopla uno y a veces otro. A veces son brisas, a veces ráfagas, a veces vendavales. Nos elogian, llega la fama o ganamos lo que deseamos, para luego ser criticados, fracasar o perder lo que hemos ganado. La felicidad y el dolor nos sacuden.

“Cuando el ser  sin conocimiento obtiene ganancia, él no considera así, ‘He obtenido esta ganancia. Pero esta es impermanente y de naturaleza transitoria.’ No comprende esto de acuerdo con la realidad. Cuando obtiene pérdida … cuando obtiene fama … cuando obtiene fracaso … cuando obtiene crítica … cuando obtiene elogio … cuando obtiene felicidad … cuando obtiene dolor, él no considera esto. No comprende esto de acuerdo con la realidad.”

“La ganancia se apodera de su mente, la pérdida se apodera de su mente. La fama se apodera de su mente, el fracaso se apodera de su mente. La crítica se apodera de su mente, el elogio se apodera de su mente. La felicidad se apodera de su mente, el dolor se apodera de su mente. Él se deleita con la ganancia obtenida, se contraría con la pérdida obtenida. Se deleita con la fama obtenida, se contraría con el fracaso obtenido. Se contraría con la crítica obtenida, se deleita con el elogio obtenido. Se deleita con la felicidad obtenida, se contraría con el dolor obtenido. Él así, deleitándose y contrariándose, no se libera del sufrimiento.”

¿Entonces?

“Cuando el discípulo con conocimiento obtiene ganancia, él considera que, ‘He obtenido ganancia. Ésta es impermanente, y de naturaleza transitoria.’ Comprende esto de acuerdo con la realidad. Cuando obtiene pérdida … cuando obtiene fama … cuando obtiene fracaso … cuando obtiene crítica … cuando obtiene elogio … cuando obtiene felicidad … cuando obtiene dolor, él considera: ‘He obtenido este sufrimiento. Éste es impermanente de naturaleza transitoria’. Comprende esto de acuerdo con la realidad.”

Los ocho vientos no se apoderan de su mente-corazón. Ni la ganancia, ni la pérdida, ni la fama, ni el fracaso, ni la crítica, ni el elogio, ni la felicidad, ni el dolor.

“Así, no deleitándose y no contrariándose, se libera del sufrimiento. Ésta es la diferencia, ésta es la diferencia, ésta es la diferencia entre el ser con conocimiento de la impermanencia y el que no lo tiene”.

Ganancia y pérdida, fama y fracaso, crítica y elogio, felicidad y dolor, son condiciones de la vida humana. Existe un sendero de paz, de claridad, de bondad, de creatividad, de lealtad, de comprensión ... y pasa justo en medio de ellos. Es difícil de vislumbrar y requiere compromiso al caminar. Pero así, y sólo así, se vive sin ser sacudido tan duramente por estos ocho vientos.

 

http://moksananda.blogspot.com/2008/02/los-ocho-vientos-mundanos.html

sábado, 10 de abril de 2021

Esta vida, que es maravillosa e impermanente- Blanche Hartman

Traducido con Amor desde… https://www.lionsroar.com/

 

Si lo piensas, ¡es asombroso, asombrosamente maravilloso estar vivo! Es un regalo maravilloso, y especialmente en un hermoso día de primavera como hoy. Pero me tomó varios años de práctica de meditación y un ataque al corazón antes de que realmente entendiera que estar vivo es increíble. Mientras salía del hospital pensé: “¡Vaya! Podría estar muerta. El resto de mi vida es solo un regalo ". Y luego pensé: "Bueno, siempre ha sido un regalo desde el principio y nunca lo noté hasta que casi desapareció".

Creo que es cierto para muchos de nosotros darnos cuenta del regalo que es estar vivo. ¿Cómo no nos damos cuenta? Bueno, lo damos por sentado. Pero este regalo no está exento de problemas. Uno de estos problemas es en realidad lo que me hizo darme cuenta de lo maravillosa que es la vida, el regalo que es y lo mucho que la aprecio. Ese es el hecho de que la vida es evanescente, impermanente. Es preciosa porque no podemos darla por sentado. Cuando nos damos cuenta de esto, podemos preguntarnos: "Bueno, si mi vida es un regalo, ¿cómo la usaré?, ¿cómo expresaré mi agradecimiento por ella o viviré completamente esta vida que es maravillosa e impermanente?"

Suzuki Roshi cuenta la historia de los cuatro caballos. Uno de los caballos comienza a correr solo al ver la sombra del látigo, incluso antes de que lo toque. El siguiente comienza a correr solo con el látigo tocando su piel. El tercer caballo empieza a correr cuando realmente siente el dolor del látigo en la piel. Y el cuarto caballo no se pone realmente en marcha hasta que siente el látigo en la médula de sus huesos.

¿Qué es este látigo? Este látigo es solo esa evanescencia de la vida, solo esa enseñanza de la impermanencia. Una de las enseñanzas más importantes es mantener la impermanencia para que la veamos, pero en realidad así son las cosas: cualquier cosa, en cualquier momento y en cualquier lugar. Hay un canto Pali que expresa esto:

Todas las cosas son impermanentes.
Surgen y desaparecen.
Vivir en armonía con esta verdad
trae gran felicidad.

Si ves cómo son las cosas, “las cosas como son” como solía decir Suzuki-roshi, ves que surgen y pasan. El truco consiste en vivir en armonía con las cosas como son en realidad; nuestro sufrimiento proviene de querer que las cosas sean diferentes de lo que son.

Quizás sea como el cuarto caballo. No lo entendí hasta que realmente llegó a la médula. Pero tal vez no sea tan malo ser el cuarto caballo porque cuando llega a la médula, lo logras hasta la médula. No piensas: “Bueno, tal vez algunas cosas sean impermanentes, tal vez, pero yo no. Tal vez viviré para siempre, o tal vez todo lo que amo vivirá para siempre, o tal vez la impermanencia no sea realmente la verdad ".

Así que podemos tratar de negociar con la impermanencia o negarla. Pero de alguna manera, si tenemos suerte, llegamos a entender “las cosas como son” y que esta es realmente la vida que estamos viviendo. Entonces la cuestión de cómo lo vivimos se vuelve realmente urgente para nosotros. No va a durar para siempre; Solo tengo una cantidad limitada de tiempo para vivir de una manera que me satisfaga, que se sienta bien, que se sienta en consonancia con la forma en que son las cosas. “Vivir en armonía con esta verdad trae una gran felicidad”, dice el canto Pali.

Cuando llegué por primera vez al Centro Zen, escuché a Suzuki-roshi decir: "Solo el estar vivo es suficiente". Eso pasó por delante de mí y puede que esté pasando por delante de ti. Simplemente lo publiqué para que puedas echarle un vistazo y decidir qué significa para ti. 

El maestro Zen chino Kobun dijo una vez que cuando te das cuenta de lo preciosa que es tu vida, y que es completamente tu responsabilidad cómo la manifiestas y cómo la vives, esa es una responsabilidad tan grande que al darse cuenta algunos decaen por un tiempo

Recientemente me invitaron a participar en un grupo de discusión sobre espiritualidad. Mi amigo dijo que el grupo iba a prestar atención a lo que hacemos en situaciones en las que ha habido una pérdida real, donde las cosas nunca volverán a ser las mismas. Alguien que conoces y amas ha muerto; ha tenido una enfermedad grave o un accidente. Ha ocurrido algo que se siente como una pérdida terrible que no se puede recuperar. ¿Cómo gestionas esas circunstancias?

Algunas de las personas allí habían experimentado pérdidas que podían relacionar con la pregunta, pero la discusión fue realmente sobre cómo iban nuestras vidas ahora y sobre cómo llegar a una sensación de tranquilidad o compostura en nuestras vidas. Una persona dijo: "Las cosas me están yendo bastante bien ahora, pero acabo de notar hoy que, aunque todo está bien, tengo este tipo de inquietud preocupante, no por nada en particular, y parece extraño cuando todo va bien".

La enseñanza de que hay sufrimiento en medio de la alegría estaba ahí en lo que estaba diciendo: la inquietud preocupada de que, aunque todo está bien ahora, algo podría suceder y no estará bien. ¿Alguno de ustedes ha tenido alguna vez ese tipo de experiencia? Es una experiencia humana muy común.

Muchos de nosotros no nos damos cuenta del regalo que es estar vivo.

Tenemos todo tipo de formas de imaginar el futuro que nos distraen de vivir realmente en el presente. De lo que se trata simplemente es de vivir en el presente para que podamos manifestar esta preciosa vida de una manera que se sienta correcta, de una manera que esté en consonancia con nuestra comprensión interna.

Podemos expresarnos con este cuerpo. Podemos sentir en nuestro cuerpo cuando estamos fuera alineación o coherencia con él. Es por eso que Kobun chino dice que es una responsabilidad tan grande que, naturalmente, una persona se siente decaída. Queremos sintonizarnos cuidadosamente con nuestro cuerpo y mente para que podamos notar cuándo estamos desalineados con nuestra intención más profunda. Queremos cultivar ese conocimiento íntimo sin palabras e ideas, una intimidad con nosotros mismos, de modo que podamos saber si estamos viviendo nuestra vida de la manera que realmente queremos o si está falta de coherencia.

Podemos hacer esto simplemente sintonizándonos con nosotros mismos, con nuestra naturaleza humana fundamental, que a veces en el budismo se llama naturaleza búdica.  La naturaleza de Buda no es algo misterioso o arcano. Buda simplemente significa despierto; uno que está despierto. Descubrimos cómo estar despiertos y alinearnos con nuestra verdadera intención, con nuestro verdadero ser, con la sabiduría y la compasión que ya es inherente a cada ser, incluyéndonos a nosotros mismos y a la vez nos mantenemos conscientes de la impermanencia de la vida en este plano de conciencia. 

Zenkei Blanche Hartman (1926-2016) fue maestra principal de Dharma y la primera mujer abad del Centro Zen de San Francisco.