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domingo, 6 de marzo de 2022

El Sentido de la Ligereza- Alan Watts

 



Una vez Chesterton dijo que los ángeles saben volar porque se toman a sí mismos a la ligera.

Uno ve tantos rostros ensombrecidos por la seriedad que sería comprensible si estuviera provocada por el dolor. Pero esta clase de seriedad que arrastra al ser humano a la tierra y mata la vida de su espíritu no es hija del dolor, sino de cierto tipo de representación en la que el actor se engaña al identificarse con su papel.

Cuando los niños participan en la representación también lo hacen con seriedad, pero es diferente, porque el niño es consciente de que solamente es un juego y su seriedad es una forma indirecta de divertirse. Pero en el adulto esta seriedad se convierte en vicio, porque transforma el juego en religión, identificándose con el papel o posición en la vida que tanto teme perder.

Esto ocurre especialmente cuando la persona no iluminada alcanza cualquier nivel de responsabilidad; desarrolla una falta de ligereza, de abandono, y una rigidez que indica que está utilizando su dignidad como unos zancos para mantener la cabeza por encima de la adversidad.

El problema estriba en que, en lugar de representar su papel, es éste el que lo representa a él, convirtiéndole en el hazmerreír de todos cuantos le observan a través de su disfraz.

El mensaje de la sabiduría oriental es que las formas de la vida son ilusión (maya)y, por lo tanto, desde el punto de vista de la realidad, carecen profundamente de seriedad. Pues el mundo de la forma y de la ilusión que la mayoría toma como reales, no es otra cosa que una especie de representación teatral del Espíritu, o, como lo han denominado los hindúes, la danza de Siva.

Él es el iluminado que se une a ella siendo consciente de que es un juego, ya que el ser humano sufre sólo porque se toma en serio lo que los dioses han creado por pura diversión.

De ahí que el ser humano sólo se convierte en un ser humano cuando pierde el sentido de la ligereza de los dioses.

Pues los dioses (o budas, o lo que prefiráis) son simplemente nuestra propia y más íntima esencia, que podría hacer añicos y reducir a la nada el universo en un momento si quisiera.

Pero no es así, y los mundos continúan moviéndose con el propósito divino de un juego, porque, al igual que un músico, es un creador que se deleita en confeccionar un ritmo y una melodía.

Unirse a su juego no es un deber, sino un goce, y quien no lo vea de ese modo no podrá participar en él ni comprenderlo

 

Alan Watts

 

Observar es mejor que pensar: Alan Watts sobre lo nocivo del pensamiento compulsivo

 


“Una persona que piensa todo el tiempo, no tiene más en qué pensar que en los pensamientos mismos, de esta manera pierde el contacto con la realidad y está destinado a vivir en un mundo de ilusiones”, afirma Alan Watts —filósofo del espíritu y uno de los principales responsables de acercar el budismo zen al pensamiento occidental— en una iluminadora conferencia.

Al momento de explicar a qué se refiere exactamente con “pensamientos”, Watts los describe como esas “charlas dentro del cráneo”, una manera simple y precisa de hablar sobre nuestros frecuentes (y también evitables) diálogos y cálculos internos, repeticiones esclavizantes de palabras que, al presentarse compulsivamente, son la fuente principal de la angustia en la que muchas personas viven cotidianamente.

El pensamiento, reflejo de nuestra mente racional (“un buen sirviente, pero un mal amo”), como afirma Watts y también lo hace la filosofía budista, no es malo por sí mismo; es quizá una de las herramientas más poderosas que un hombre tiene a la mano, pero debe ser usada con moderación, como un instrumento que podemos utilizar para resolver problemas y dejar a un lado cuando no nos sirve más, y de esta manera, vivir el resto del tiempo habitando la realidad. De otra forma, esto sólo puede llevarnos a confundir los símbolos, las palabras, las ideas y los números con el mundo real.

Pensamientos de dimensiones épicas y tan comunes como la idea de que tenemos que sobrevivir en el mundo, seguir adelante, no fallar, mantenernos vivos (aún cuando sabemos que la muerte se avecina) y para ello hacer dinero, o, simplemente, la noción de que tenemos que no ser lo que somos, agotan nuestra mente impidiéndonos disfrutar del mundo que habitamos, ese que existe afuera de nuestra mente.

Para Watts, la respuesta es simple: no tenemos que ser algo más que lo que somos o sentir una cosa distinta a  la que sentimos. Cuando nos rendimos a lo que estamos siendo y estamos sintiendo en el presente, el callejón sin salida te permite el paso, te dice algo, un mensaje que vale la pena escuchar.

El ego y la idea del yo son, según el filósofo estadounidense, el principal problema: esa pesada imagen de nosotros mismos que está hecha de lo que nos han dicho que somos o que tenemos que ser, de nuestra educación y nuestro estilo de vida. No hay nada más alejado de lo que realmente somos que todas estas ideas. Nosotros somos el universo, de la misma forma que un río, una galaxia o una nube lo son; somos el universo expresado en el lugar que sentimos como aquí y ahora. En otras palabras, a través de nuestros ojos, el universo se observa a sí mismo

La observación en calma del universo es la respuesta, y es también el principio de la meditación. Si no sabemos qué hacer, hay que observar. Watts utiliza como ejemplo el acto de escuchar música, escucharla hasta que eventualmente la entendemos, no en palabras, pero sí de otra forma, porque el punto es la música, hasta que nos convertimos en la música. De la misma manera, la vida adquiere un sentido insospechado con el simple acto de observarla, no solamente lo que pasa afuera de nosotros, sino también lo que pasa dentro. Los pensamientos, las emociones, los miedos deben observarse desde el punto de vista de un espectador, sin querer cambiarlos o juzgarlos, como nubes que pasan velozmente por el cielo.

Es preciso despertar a la realidad y vivir en el presente, observar la vida hasta que logremos transformarnos en ella, dejar de pensarla y codificarla, para finalmente vivirla.

 

http://culturainquieta.com/es/inspiring/item/12811-observar-es-mejor-que-pensar-alan-watts-sobre-lo-nocivo-del-pensamiento-compulsivo.html

 

 

 


miércoles, 26 de enero de 2022

CONVIÉRTETE EN LO QUE ERES- Alan Watts




 Se ha dicho que la sabiduría más elevada estriba en el desapego, o, según palabras de Chuang Tse:”El hombre perfecto utiliza su mente como un espejo; no se aferra a nada, no rechaza nada; solo recibe, pero no retiene”

El desapego significa no sentir ningún remordimiento por el pasado ni miedo por el futuro; dejar que la vida siga su curso sin intentar interferir en su movimiento y cambio, sin intentar prolongar las cosas placenteras ni provocar la desaparición de las desagradables.

Actuar de éste modo es moverse al ritmo de la vida, estar en perfecta armonía con su música cambiante, a esto se llama iluminación.

Dicho brevemente: es no apegarse al pasado ni al futuro y VIVIR EN EL ETERNO AHORA. Ya que en realidad, ni el pasado ni el futuro tienen una existencia separada de éste ahora; por sí mismos son una ilusión.

La vida existe solo en éste preciso momento, y es en éste momento cuando es infinita y eterna.

Ya que el momento presente es infinitamente pequeño, antes de que podamos medirlo ha desaparecido, y sin embargo, persiste para siempre.

Éste movimiento y éste cambio ha sido llamado Tao por los chinos, pero en realidad, no hay movimiento, ya que el movimiento es la única realidad y no existe nada más allá en relación a lo cual pueda decirse que se mueve. De ahí que, en definitiva, pueda denominarse el eterno movimiento y el eterno reposo.

¿Cómo podemos vivir en armonía con el Tao? Un sabio dijo que si pretendemos vivir en armonía con el Tao, debemos alejarnos de él. Lo curioso del caso es que no podemos alejarnos de él aunque querramos.

Aunque tus pensamientos huyan hacia el pasado o corran hacia el futuro, no pueden escapar del momento presente. Por mucho que quieran retroceder o avanzar para escapar, nunca pueden separarse del momento, ya que esos pensamientos se hallan en el momento, al igual que todo cuanto comparten. De hecho, son el movimiento de la vida, que no es otra cosa que el Tao.

Quizás te creas fuera de la armonía de la vida y de su eterno ahora, pero no podrías existir, ya que tú eres vida y existes ahora, de otro modo, no estarías aquí.

De ahí que no sea posible escapar ni atrapar el Tao infinito; no hay ni un acercarse a él…simplemente ES y tú  LO ERES.

Por lo tanto…CONVIÉRTETE EN LO QUE ERES.

 

Tipiado por Tahíta del libro de Alan Watts Conviértete en lo que EresConviértete en 

martes, 30 de noviembre de 2021

A Dios le encanta jugar al escondite - Alan Watts

 





La mayoría de nosotros tiene la idea de que "Yo mismo" es un centro separado de sensación y acción, que vive dentro del cuerpo físico y está limitado por él; este centro "enfrenta" un mundo "exterior" de gentes y cosas, toma contacto por medio de sus sentidos con un universo ajeno y extraño. Algunas frases de uso diario reflejan esta ilusión: "Vine a este mundo..." "Debes enfrentar la realidad..." "La conquista de la naturaleza".

Esta impresión de no ser más que visitantes solitarios y bastante fugaces, en el universo, está en lisa y llana contradicción con todo lo que las ciencias saben sobre el hombre y otros organismos vivientes. Nosotros no "venimos a" este mundo; más bien salimos, crecemos de él como las hojas de un árbol. Así como el océano genera olas, el universo produce gente. Cada individuo es una expresión de todo el reino natural, una acción única del universo total. Pocas veces, o nunca, los seres humanos pueden experimentar concretamente este hecho. Aun aquellos que teóricamente lo dan por cierto suelen ser incapaces de sentirlo "sensorialmente", y continúan actuando como "egos", aislados en sus bolsas de piel.

El primer efecto de esta ilusión es una actitud marcadamente hostil hacia el mundo "exterior". Siempre estamos "conquistando" la naturaleza, el espacio, las montañas, los desiertos, las bacterias o los insectos en lugar de aprender a cooperar con ellos en un orden armónico.

La segunda consecuencia de sentirnos mentes separadas en un universo ajeno y en general estúpido es que carecemos de sentido común, esto es una forma de comprender el mundo sobre el cual hemos sido reunidos en comunidad. Las opiniones son muchas y muy distintas, y por lo tanto quien toma las decisiones es el más agresivo y violento ―por lo tanto, insensible― de los propagandistas.

Podría creerse que lo que necesitamos es algún genio que invente una nueva religión, una filosofía de la vida, una visión del mundo plausible y genéricamente aceptable para los finales del siglo veinte, a través de la cual todo individuo pueda sentir que la realidad en general y su vida en particular tienen significación. Pero esto, como la historia ha demostrado muchas veces, no es suficiente. Las religiones producen divisiones y reyertas. Son, ellas también, una forma de esa ilusoria "separatividad" porque proceden a separar justos y pecadores, creyentes y herejes, propios y extraños. Aún los liberales religiosos juegan al juego de "nosotros somos más tolerantes que ustedes". Además, como sistemas de doctrina, simbolismo y moral, las religiones se ajustan a instituciones que exigen lealtad, que deben ser defendidas en su "pureza" y ―desde que toda creencia es fervorosa esperanza, y por lo tanto un disfraz para la duda y la incertidumbre― reclaman conversos. Cuanta más gente coincide con nosotros, menos duele la inseguridad de nuestra posición. Al final, uno es comprometido a permanecer cristiano o budista, "venga lo que sea" en materia de nuevos conocimientos. Ideas nuevas e indigeribles son contrabandeadas dentro de la tradición religiosa, aunque resulten inconsistentes con sus doctrinas originales, para que el creyente pueda mantener su posición y declarar - "Ante todo y sobre todo soy un seguidor de Cristo/Mahoma/ Buda/o cualquier otro". El compromiso irrevocable con cualquier religión no es sólo un suicidio intelectual: también un signo de profunda falta de fe, pues cierra la mente a cualquier nuevo enfoque sobre el mundo. La Fe es, por sobre todo, apertura: un acto de confianza hacia lo desconocido.

A Dios le encanta jugar al escondite - Alan Watts

No necesitamos una nueva religión, ni una nueva Biblia. Lo que precisamos es una nueva experiencia, una nueva sensación de lo que es "yo". La percepción ―es decir, la visión profunda y secreta― de esta vida descubre que nuestra normal sensación de uno-mismo es una trampa o, en el mejor de los casos, un papel temporario que estamos jugando, o que hemos sido persuadidos de jugar, con nuestro tácito consentimiento, del mismo modo que toda persona hipnotizada está, básicamente, deseando que la hipnoticen. El tabú más firmemente establecido de todos los que conocemos es ese que le impide a usted saber quién o qué es, detrás de la máscara de su ego aparentemente separado, aislado e independiente.

La percepción del "Yo" como un centro de ser solitario y aislado es tan poderosa y sensata, tan fundamental para nuestros hábitos en el pensamiento y el habla, para nuestras leyes e instituciones sociales, que no podemos experimentar nuestro sí-mismo más que como algo superficial en el esquema del universo. Yo parezco una breve luz que restalla una sola vez en la eternidad del tiempo: un organismo raro, delicado y complejo en la gama de la evolución biológica, en esa zona donde la ola de la vida se desperdiga en brillantes gotas individuales de distintos colores, que resplandecen por un momento tan sólo, para luego desaparecer por siempre. Bajo ese condicionamiento parece imposible, y aun absurdo, entender que el yo no reside en una sola gota, sino en todo el curso de energía que va desde las galaxias hasta los campos nucleares de mi cuerpo. A este nivel, el "Yo" es inconmensurablemente viejo; "Yo" tengo formas infinitas, mis idas y venidas son tan sólo pulsiones o vibraciones de un único y eterno torrente de energía.

La dificultad en comprender esto reside en que el pensamiento conceptual no lo puede apresar. Es como si los ojos estuviesen tratando de mirarse a sí mismos directamente, o como si uno intentara describir el color de un espejo en términos de colores reflejados en él. Así como la vista es algo más que todas las cosas que se ven, el cimiento o "campo" de nuestra existencia y nuestra percepción no puede ser descrito en función de cosas conocidas. Estamos obligados a hablar de ello a través del mito, esto es, a través de metáforas, analogías e imágenes especiales que no dicen lo que es sino a qué se parece. Al usar el mito deben extremarse las precauciones para no confundir la imagen con el hecho, lo cual equivaldría a trepar por una señal en lugar de seguir la ruta que ella indica.

Es el mito, entonces, la forma en que yo trato de responder cuando los niños me formulan esas preguntas metafísicas, fundamentales, que con tanta frecuencia aparecen en sus mentes: ¿De dónde vine al mundo? ¿Cuándo lo hizo Dios? ¿Dónde estaba yo antes de nacer? ¿Adónde va la gente cuando muere? Una y otra vez me ha parecido que se quedan satisfechos con una historia muy vieja y simple, que reza más o menos así:

«No hubo nunca un momento en que el tiempo comenzara, pues va en redondo como un círculo, y en un círculo no existe el lugar donde la línea comienza. Mirad el reloj, que nos dice la hora: gira, y asimismo gira el mundo, repitiéndose una y otra vez. Pero, así como la manecilla del reloj sube hasta doce y baja hasta seis, se suceden la noche y el día, el sueño y la vigilia, la vida y la muerte, el verano y el invierno. No puedes tener ninguna de estas cosas sin la otra, porque no podrías saber lo que es el negro si no lo hubieras visto al lado del blanco, o el blanco si no lo hubieras comparado con el negro.

» Del mismo modo, hay veces en que el mundo es, y otras en que no es, pues si el mundo fuera, sin descanso, por siempre jamás, se cansaría horriblemente de sí mismo. Viene y va. Ahora lo ves; ahora no lo ves. De ese modo no se cansa de sí mismo, y regresa siempre, después de desaparecer. Es como tu aliento; entra y sale, entra y sale, y si tratas de retenerlo te sientes mal. Es también parecido al juego del escondite, porque resulta siempre divertido encontrar nuevos escondites, y buscar a una persona que no se esconde cada vez en el mismo lugar.

» A Dios le encanta jugar al escondite; pero como no hay nada fuera de Dios, no se tiene más que a sí mismo para jugar. Esta dificultad la supera simulando que él no es él. Esta es su manera de esconderse de sí mismo; simula que es tú, y yo, y toda la gente en el mundo, y todos los animales y las plantas, las piedras, y todas las estrellas. De este modo le ocurren aventuras extrañas y maravillosas, algunas de las cuales son terroríficas. Pero estas últimas son simplemente como malos sueños, que desaparecen cuando él se despierta.

» Ahora bien: cuando Dios juega al escondite y pretende ser tú y yo, lo hace tan bien que le lleva mucho tiempo recordar cuándo y cómo se inventó a sí mismo. Pero esa es justamente la gracia del juego, eso es lo que él quería conseguir. No quiere encontrarse a sí mismo demasiado pronto, pues eso estropearía el juego. Por eso es tan difícil para ti y para mi darnos cuenta de que somos Dios disfrazado y oculto. Pero cuando el juego se ha prolongado el tiempo suficiente, todos nosotros despertamos, o dejamos de simular, y recordamos que no somos más que el único Sí-mismo, el Dios que es todo lo que es y que vive por siempre jamás.

» Por supuesto, debes recordar que Dios no tiene forma de persona. La gente tiene piel, y siempre hay algo fuera de nuestra piel. Si no lo hubiera, sería imposible saber la diferencia entre lo que está dentro y lo que está fuera de nuestros cuerpos. Pero Dios no tiene piel ni forma, porque no hay nada fuera de él. El interior y el exterior de Dios son una misma cosa. Dios no es un hombre ni una mujer, aunque he estado hablando de "él", y no de "ella". No dije "ello" porque siempre nos referimos así a cosas que no están vivas.

»Dios es el yo-mismo del mundo, pero no puedes ver a Dios por la misma razón por la que no puedes ver tus propios ojos sin un espejo, y sin duda no puedes morder tus propios dientes o mirar dentro de tu cabeza. Tu yo-mismo está muy bien escondido, porque es Dios quien se esconde.

» Puedes preguntarte por qué Dios, a veces, se oculta bajo la forma de gente horrible, o simula ser personas que sufren enfermedades y dolores. Primero, recuerda que él no hace esto más que a sí mismo. Y también que en todos los cuentos que te gustan debe haber gente mala tanto como buena, pues la emoción de la historia consiste en enterarse de cómo los buenos salen con bien de su encuentro con los malos. Es como cuando jugamos a los naipes. Al principio de la partida los revolvemos todos en un montón, lo cual es similar a la forma en que se dan las cosas malas en este mundo; pero el objeto del juego es poner la mezcla en orden, y el que mejor lo hace es el ganador. Luego volvemos a mezclar, y a jugar, y así también ocurre con el mundo.»

 

Alan Watts






viernes, 8 de octubre de 2021

Sobre la búsqueda de Dios - Alan Watts

 

“Seguramente es absurdo buscar a Dios en términos de una idea preconcebida de lo que Dios es. Buscar así es sólo encontrar lo que ya sabemos, razón por la cual es tan fácil engañarse a uno mismo con todo tipo de experiencias y visiones "sobrenaturales". 

Creer en Dios y buscar al Dios en el que crees es simplemente buscar la confirmación de una opinión.

 Pedir una revelación de la voluntad de Dios y luego “probarla” por referencia a sus normas morales preconcebidas es burlarse de pedir. Ya sabías la respuesta. Buscar a “Dios” de esta manera no es más que pedir el sello de absoluta autoridad y certeza sobre lo que crees, en cualquier caso, una garantía de que lo desconocido y el futuro serán una continuación de lo que quieres retener del pasado: una fortaleza mejor y más grande para el "yo". 

Si sólo estamos abiertos a descubrimientos que concuerden con lo que ya sabemos, es mejor que nos quedemos cerrados. 

Por eso los maravillosos logros de la ciencia y la tecnología son de tan poca utilidad para nosotros. Es en vano que podamos predecir y controlar el curso de los acontecimientos en el futuro, a menos que sepamos cómo vivir en el presente. 

Es en vano que los médicos prolonguen la vida si pasamos el tiempo extra ansiosos por vivir aún más. Es en vano que los ingenieros conciban medios de transporte más rápidos y fáciles si las nuevas vistas que vemos se clasifican y comprenden simplemente en términos de viejos prejuicios. Es en vano que obtengamos el poder del átomo si solo queremos continuar en la rutina de hacer estallar a la gente ".

 

- Alan Watts, extracto de La sabiduría de la inseguridad

 

PÁJAROS EN EL CIELO - Allan Watts

 

Al cruzar el cielo, una flecha o un pájaro no dejan huella. En la filosofía china e hindú esta recurrente metáfora se utiliza, aunque parezca extraño, para cosas que aparentemente no se asemejan en nada. La veloz trayectoria de una flecha que no deja huella se utiliza como imagen de la impermanencia, del paso de la vida humana a través del tiempo, de la verdad inevitable de que todas las cosas acaban por disolverse «sin dejar ninguna huella». Sin embargo, en uno de los dichos de Buda, la invisible trayectoria de los pájaros en el cielo se compara al modo de vivir de un sabio, la perfecta clase de persona que ha conseguido disolver su ego, como este poema chino lo define:

“Al penetrar en el bosque,

no perturba ni una brizna de hierba;

al penetrar en el agua,

no ocasiona ni la más leve ondulación”.

La imagen representa cierto número de cualidades que son, en realidad, diferentes aspectos de una misma cosa. Representan la libertad y el desapego de la mente del sabio, una conciencia que se asemeja al cielo, en la que la experiencia se mueve sin dejar mancha alguna. Como dice otro poema:

“Las sombras del bambú barren los peldaños,

pero no levantan polvo”.

Y sin embargo, paradójicamente, este «desapego de» es también una «armonía con», ya que el ser humano que penetra en el bosque sin perturbar ni una brizna de hierba es un ser que no está en conflicto con la naturaleza. De manera parecida a los exploradores hindúes, avanza sin que se le oiga quebrar con sus pies ni una simple ramita. Al igual que los arquitectos japoneses, construye una casa que parece formar parte del entorno natural. La imagen también representa el hecho de que no es posible trazar ni seguir el camino del sabio, ya que la auténtica sabiduría no puede ser imitada. Cada ser humano debe hallarla por sí mismo, pues no hay modo de expresarla por medio de palabras, o alcanzarla mediante unos métodos o unas directrices específicas.

 Pero en realidad existe una estrecha conexión entre esos dos usos de la metáfora en apariencia diferentes, el camino del sabio, por un lado, y la impermanencia de la vida, por otro. Y la conexión revela el principio más profundo y principal de aquellas filosofías orientales que tanto desconciertan la mente occidental al identificar la sabiduría más elevada con lo que a nosotros nos parece la doctrina de la lamentable desesperanza. De hecho, la palabra desesperanza, en un sentido particular, es la traducción adecuada del término hindú y budista de nirvana: despirate. expirar, morir.

No podemos entender cómo los orientales comparan esta desesperanza con el gozo supremo, a menos que, tal como tendemos a suponer, se trate tan sólo de gente depravada y pusilánime acostumbrada durante mucho tiempo al fatalismo y a la resignación.

No deja de sorprenderme ver el modo en que los reflexivos occidentales, en particular los cristianos, parecen estar determinados a pasar por alto el punto esencial de esta conexión. Ya que ¿no es cierto que en la imaginería cristiana prolifera el tema de la muerte como preludio esencial de la vida eterna? ¿No se ha escrito que el mismo Cristo «murió» después de haber exclamado que Dios le había abandonado? Y en las escrituras cristianas ¿no hay abundancia suficiente de paradojas sobre «no tener nada y, sin embargo, poseerlo todo», acerca de encontrar nuestra alma al perderla, y sobre el grano de trigo que fructifica mediante su propia muerte?

«En efecto, así es, —dice el cura—, pero el cristiano nunca llega realmente a perder la esperanza, nunca muere realmente. A lo largo de toda la tragedia, a lo largo de toda la muerte y desesperanza exteriores, le fortalece la fe y esperanza interior de que “lo mejor está por llegar”. Se enfrenta a lo peor que la vida puede ofrecerle con la firme convicción de que la realidad última es el Dios de amor y de justicia en el que ha puesto toda su esperanza para “la vida del mundo venidero”.»

Ahora bien, creo que decimos, sentimos y pensamos tanto sobre esta esperanza que nos perdemos la increíble elocuencia del silencio budista relacionado con esta materia. En lo que se refiere a palabras, pensamientos, ideas e imágenes, las doctrinas budistas y la mayoría de las formas del hinduismo son tan negativas y desesperanzadoras que parecen una especie de alabanza del nihilismo.

No sólo insisten en que la vida humana es impermanente, en que el ser humano no tiene un alma inmortal y en que, llegado el momento, cualquier huella de nuestra existencia está predestinada a desaparecer, sino que además vienen a indicarnos, como meta del hombre sabio, la liberación de esta vida transitoria, lo cual parece sumamente difícil, un estado llamado nirvana que puede traducirse como desesperanza, y el alcanzar una condición metafísica llamada shunyata, una vacuidad tan vacía que no es existente ni inexistente. Ya que inexistencia implica existencia, su lógica contraparte, mientras que la vacuidad de shunyata no implica nada en absoluto.

Aunque parezca imposible, aún van más lejos. El nirvana, que en sí mismo ya es negación suficiente, es descrito en uno de los textos como no mejor que un tocón muerto al que atar tu burro, e insiste en que, cuando lo alcanzas, te das cuenta de que nadie ha alcanzado nada.

Quizá pueda explicarlo de modo más inteligible. Esas doctrinas enfatizan primero el hecho triste y evidente de que el ser humano no tiene un futuro perdurable. Todo aquello que alcanzamos o creamos, sin excepción, incluso los monumentos que sobreviven a nuestra muerte, están predestinados a desaparecer sin dejar huella, y nuestro afán de permanencia es totalmente inútil. Porque, es más, la felicidad existe sólo en relación al sufrimiento, el placer en relación al dolor, por lo que el individuo perspicaz no intenta separarlos. La relación es tan estrecha que de cierto modo, la felicidad es sufrimiento, y el placer sólo existe porque implica dolor. Consciente de ello, la persona dotada de perspicacia aprende a abandonar el deseo de cualquier tipo de felicidad al margen del sufrimiento, o de placer que no acarree dolor.

Pero, naturalmente, esto es difícil de llevar a cabo. Quizá pueda entender de un modo verbal e intelectual que al desear el placer estoy tratando de saciar mi sed con agua salada, ya que cuanto más placer, más deseo. (¡Recordemos el antiguo significado de desear como «carecer»!) Desear placer es no tenerlo. Pero parece que aún soy incapaz de deshacerme del hábito emocional de desearlo. Si entonces me doy cuenta de que me consume un deseo de placer que lleva implícita su carga de dolor, empiezo a desear no desear, a desear el nirvana, a intentar abandonar toda esperanza. Sin embargo, con esta actitud, simplemente he convertido el nirvana en otro nombre que designa el placer. Ya que placer, por definición, es el objeto del deseo. Es lo que nos gusta, es decir, lo que deseamos. Si descubro que este deseo es sufrimiento, y entonces deseo no desearlo…, bien, empiezo a experimentar la sensación de que «¿no habíamos estado ya aquí antes?». Por eso el budismo sugiere el nirvana en términos que son negativos y vacíos, y no con la imagen positiva y atractiva que envuelve la noción de Dios.

Nirvana se equipara a shunyata, la Nada más allá de nada, para sugerir la imposibilidad de desearlo. Todo cuanto seamos capaces de desear lleva implícita una carga de dolor. El nirvana, la liberación del sufrimiento y el deseo, se denomina inalcanzable, no porque no pueda acaecer, sino porque no hay modo de buscarlo.

El punto de énfasis sobre la impermanencia es que cada objeto de búsqueda, de deseo, es en última instancia inalcanzable e inútil. Para librarnos de esta inutilidad, debemos cesar de buscarlo. Buscar a Dios, desearlo, es simplemente llevarlo al nivel de las metas inútiles o, en el lenguaje cristiano, confundir al Creador con sus criaturas. De igual modo, desear el nirvana es simplemente llamar con otro nombre el placer inaccesible. Mientras sigamos pensando en Dios, hablando de Dios o buscando a Dios, no podremos encontrarlo.

Ahora bien, desde el punto de vista de la cultura occidental, ya sea antigua o moderna, cristiana o laica, capitalista o comunista, esto constituye la gran herejía. Ya que la cultura occidental vive consagrada a la creencia de que hay una fórmula para la felicidad, una respuesta a la pregunta: «¿Qué debo hacer para salvarme?».

Toda la propaganda política, toda la publicidad y la mayoría de lo que llamamos educación se basan en la asunción de que «existe un camino», y que tan sólo es cuestión de «saber cómo». (Si algunos detalles no se han acabado de matizar todavía, sólo hay que dar unos meses más a los científicos y seguro que lo harán.)

Pero ¿cuándo crecemos? En una profesión que combina filosofía, religión, psicología y educación, te encuentras con tanta gente que tiene la respuesta, la gran fórmula para la felicidad humana… si tan sólo pudiéramos ponerla en práctica, aunque, por una razón u otra, no lo hacemos. Así que cualquier persona que hable mucho sobre filosofía y psicología se supone que tiene las respuestas, y más o menos automáticamente se le adjudica el papel social de salvador, predicador, consejero y guía. ¡La persona que conoce el camino!

Pero no hay ningún camino. Nadie conoce el camino. El único camino que existe es la trayectoria de un pájaro en el cielo, ahora la ves, ahora no la ves. No deja la menor huella. La vida no se dirige a ninguna parte, no hay nada que alcanzar. Toda lucha y esfuerzo por aferrarse a algo es como el humo que intenta agarrar una mano que se disuelve. Todos estamos perdidos, arrojados al vacío desde que nacemos, y el único camino es caer en el olvido. Esto suena muy mal, pero es así porque es una verdad a medias. La otra mitad no puede expresarse en palabras. Ni tampoco se puede describir, imaginar ni pensar. En palabras, podría resumirse de este modo: todo el mundo está disolviéndose en la nada, y nadie puede remediarlo.

¿Es posible, sólo por un momento, darse cuenta de ello sin lanzarse a conclusiones, sin caer en el pesimismo, la desesperación o el nihilismo? ¿Cuesta demasiado admitir que todas nuestras bien tendidas trampas para la felicidad son sólo distintas maneras de engañarnos al creer que con la meditación, el psicoanálisis, la dianética, el raja yoga, el budismo zen o la ciencia mental lograremos de algún modo salvarnos de este final caer en la nada?

Porque si no nos damos cuenta de esto, todo lo demás de la filosofía oriental, el hinduismo, el budismo y el taoísmo seguirá siendo un libro cerrado.

 Saber que no podemos hacer nada es el comienzo. La primera lección es: «Yo pierdo la esperanza».

¿Y entonces qué ocurre? Te descubres a ti mismo en un estado mental quizá más bien desconocido, en el que simplemente observas, sin pretender alcanzar, esperar, desear ni buscar nada, o intentar relajarte. Sólo observas, sin ningún propósito.

No debo decir nada sobre lo que sigue a continuación. Ya que tener expectativas, prometer un resultado lo estropea todo. Las últimas palabras deben ser: «No hay esperanza, ni camino». Pero no hay ningún mal en añadir algo más, lo que yace al otro lado de la desesperación, siempre y cuando todos entendamos que ese algo al otro lado de la desesperación no puede ser deseado, y que, en todo caso, si se tienen expectativas, se pierde.

El proverbio dice: «El que espera, desespera». Seguro que estamos familiarizados con los numerosos actos involuntarios del cuerpo humano que, cuanto más los deseemos, mientras estemos ansiosos por conseguirlos, nunca se presentarán, como conciliar el sueño, recordar un nombre o, bajo ciertas circunstancias, la excitación sexual. Bien, hay algo que, como todo esto, sólo ocurre con una condición: que no intentemos conseguirlo, que nos demos cuenta claramente de que no podemos hacer que suceda. En zen se denomina satori, el súbito despertar.

Quizás ahora podamos ver la razón del doble significado de la metáfora de la trayectoria del pájaro en el cielo. Igual que el pájaro no deja huella, ningún rastro de su vuelo en el vacío, el deseo humano no puede obtener nada de la vida. Pero ser conscientes de ello es convertirse en sabio, ya que la mayor sabiduría reside al otro lado, inmediatamente al otro lado de la mayor desesperanza.Naturalmente, es algo más que desesperanza, es una dicha, un sentido de vida creativa y poder, podría incluso decir una seguridad y certidumbre más allá de lo imaginable. Pero es un modo de sentir que ni la voluntad ni la imaginación pueden provocar, igual que somos incapaces de obligar a nuestros huesos a que crezcan, o de hacer que disminuya la velocidad del pulso. Todo esto debe ocurrir por sí mismo.

Del mismo modo, todo lo que es positivo, el total contenido creativo de esa experiencia espiritual que se denomina despertar, nirvana, debe necesariamente ocurrir por sí mismo. No sólo no puede, sino que no debe ser inducido por desearlo o intentar alcanzarlo, ya que si uno lo puede desear, no se tratará realmente de esto.

 

FUENTE: “Conviértete en lo que eres” de Alan Watts

domingo, 3 de octubre de 2021

Un Antídoto para la Era de la Ansiedad: Alan Watts abordando el tema de la felicidad y cómo vivir en la Presencia

 

- por Maria Popova

Sabiduría para superar la mayor frustración humana por el pionero de la Filosofía Oriental en Occidente.

 

“La forma como vivimos nuestros días es, por supuesto, la forma como vivimos nuestras vidas,” Annie Dillard escribió en su reflexión atemporal acerca de la Presencia vs. la productividad — un antídoto oportuno para la ansiedad fundamental de nuestra era obsesionada con la productividad. De hecho, mi resolución para año nuevo fue dejar de estar midiendo mis días por el grado de productividad y comenzar a vivirlos basada en la Presencia. Pero, ¿qué, exactamente, hace que esto sea posible?

Este concepto de Presencia tiene sus raíces en las ideas orientales que hablan de la atención plena (mindfulness) - la capacidad de ir por la vida con una presencia consciente clara y establecernos plenamente en nuestra experiencia - popularizada en occidente por el filósofo y escritor británico Alan Watts (Enero 6, 1915 - Noviembre 16, 1973), quien también nos regaló la fantástica meditación sobre la vida de propósito. En el excelente volumen de 1951 ‘La Sabiduría de la Inseguridad: Un mensaje para la Era de la Ansiedad’, Watts sostiene que la raíz de nuestra frustración humana y ansiedad diaria está en nuestra tendencia a vivir para el futuro, que es una abstracción. Él escribe:

"Si para disfrutar incluso de un agradable presente debemos tener la seguridad de un futuro feliz, estaremos pidiendo algo imposible. No podemos tener esa seguridad. Las mejores predicciones siguen siendo una cuestión de probabilidad más que de certeza, y hasta donde sabemos, cada uno de nosotros va a sufrir y morir. Entonces, si no podemos vivir felizmente sin un futuro asegurado, ciertamente no estamos adaptados para vivir en un mundo finito donde, a pesar de los mejores planes, los accidentes siguen ocurriendo y la muerte siempre llega."

Alan Watts, a principios de los años 70 (Imagen: Everett Collection)

 

Lo que impide nuestra felicidad, sostiene Watts, es nuestra incapacidad para instalarnos plenamente en el presente:

"La ‘consciencia primaria,’ la mente básica que conoce la realidad en lugar de las ideas al respecto, no conoce el futuro. Vive completamente en el presente, y no percibe nada más que lo que hay en este momento. El ingenioso cerebro, sin embargo, busca esa parte de la experiencia presente llamada memoria, y a través de lo que ha aprendido es capaz de hacer predicciones. Esas predicciones son relativamente precisas y fiables (por ejemplo, ‘todo el mundo va a morir’) y es por eso que el futuro asume un alto grado de realidad - tan alto que el presente pierde su valor.

Pero el futuro aún no está aquí, y no puede volverse parte de la realidad que se está viviendo hasta que esté presente. Ya que lo que sabemos acerca del futuro está construido de elementos puramente abstractos y lógicos - inferencias, suposiciones, deducciones - no puede ser comido, sentido, olido, visto, escuchado ni disfrutado. Perseguirlo es perseguir un fantasma que se aleja incesantemente, y cuanto más rápido se le persigue, más rápido se aleja. Por eso es que todos los asuntos de la civilización tienen que ver con la prisa, por eso es que casi nadie disfruta lo que tiene y siempre se busca más y más. La felicidad, entonces, consistirá, no de realidades sólidas y sustanciales, sino de cosas abstractas y superficiales como lo son las promesas, las esperanzas y las garantías.”

Watts asegura que nuestra principal manera de renunciar a la Presencia es abandonar el cuerpo y refugiarnos en la mente - que siempre calcula, se auto-evalúa, hierve en el caldero de los pensamientos, las predicciones, las ansiedades, los juicios e inventa meta-experiencias acerca de la experiencia misma. Escribiendo más de medio siglo antes de nuestra era de las computadoras, pantallas táctiles, y del yo cuantificado, Watts advierte:

"Al cerebrito moderno le encanta no la materia sino las estadísticas, no lo sólido sino las superficies.

[…]

Los ocupados habitantes de una ciudad moderna son personas que viven dentro de una máquina y son arrastrados por las ruedas de ésta. Pasan sus días con actividades que en gran medida se reducen a contar y medir, viviendo en un mundo de abstracción racionalizada que guarda muy poca relación con, o que tiene poca armonía con los grandes ritmos y procesos biológicos. De hecho, las actividades mentales de ese tipo ahora pueden ser gestionadas con más eficiencia por las máquinas que por los hombres - tanto es así que en un futuro no muy lejano el cerebro humano podrá llegar a ser un mecanismo obsoleto a la hora de realizar cálculos lógicos. Hoy en día la computadora humana está siendo abiertamente desplazada por las computadoras mecánicas y eléctricas, que son mucho más veloces y eficientes. Si el principal activo y valor del hombre es su cerebro y su capacidad para calcular, entonces, éste se convertirá en un producto invendible en una era en la que la operación mecánica de razonar puede hacerse de manera más efectiva por las máquinas.

[…]

Si queremos continuar viviendo para el futuro, y que el principal trabajo de la mente sea la predicción y el cálculo, el hombre deberá eventualmente convertirse en un apéndice parasitario de la masa de un reloj.”

Sin lugar a dudas, Watts no descarta la mente como una facultad humana carente de valor o fundamentalmente peligrosa. Más bien, él insiste en que si permitimos que su sabiduría inconsciente se despliegue en completa libertad - como por ejemplo, lo que ocurre durante la fase de ‘incubación’ del procesamiento inconsciente en el proceso creativo - la mente se vuelve una aliada en lugar de una tirana. Es sólo cuando tratamos de controlarla y volverla contra sí cuando surgen los problemas:

"Cuando trabaja adecuadamente, el cerebro es la forma más elevada de  ’sabiduría instintiva.’ Así, éste debería funcionar como el instinto de regresar a casa que tienen las palomas y la formación del feto dentro del útero - sin verbalizar el proceso o sin saber ‘cómo’ lo hace. El cerebro auto-consciente, como el corazón auto-consciente, es un desorden, y se manifiesta a través de una sensación aguda de separación entre ‘yo’ y mi experiencia. El cerebro sólo puede asumir su comportamiento adecuado cuando la consciencia hace aquello para lo que está diseñada: no dar vueltas y vueltas con el fin de salirse de la experiencia presente, sino ser (estar), sin esfuerzo, consciente de ella."

Y sin embargo, el cerebro da vueltas y vueltas, produciendo nuestra gran inseguridad humana y la ansiedad existencial en medio de un universo de flujo constante. (Porque, como Henry Miller afirmó memorablemente, “Es casi banal decirlo, sin embargo, es necesario enfatizarlo constantemente: todo es creación, todo es cambio, todo es flujo, todo es metamorfosis.”) Paradójicamente, reconocer que la experiencia de presencia es la única experiencia, es también un recordatorio de que nuestro ‘yo’ no existe más allá de este momento presente, que no hay un ‘yo’ permanente, estático e inmutable que tenga la capacidad de concedernos cualquier tipo de seguridad y certeza para el futuro - y aún así continuamos persiguiendo precisamente esa seguridad del futuro, que sigue siendo una abstracción. Nuestra única oportunidad para despertar de este círculo vicioso, sostiene Watts, es ser plenamente conscientes de  nuestra experiencia presente - algo muy diferente a juzgarla, evaluarla, o medirla en comparación con un ideal abstracto o arbitrario. Watts escribe: 

"Hay una contradicción en querer estar perfectamente seguro en un universo cuya naturaleza es lo momentáneo y la fluidez. Pero la contradicción se encuentra un poco más profunda que el mero conflicto entre el deseo por la seguridad y el hecho del cambio. Si quiero estar seguro, es decir, protegido del flujo de la vida, estaré deseando estar separado de la vida. Sin embargo, es este mismo sentido de separación el que me hace sentir inseguro. Estar seguro significa aislar y fortalecer al ‘yo’, pero es sólo el sentimiento de ser un ‘yo’ aislado lo que me hace sentir solo y con miedo. En otras palabras, cuanta más seguridad logre tener, más me hará falta.

Para ponerlo todavía más claro: desear seguridad y sentir inseguridad es exactamente lo mismo. Retener el aliento es perder el aliento. Una sociedad basada en la búsqueda de la seguridad no es más que un concurso de ver quién aguanta más tiempo la respiración y en el que todo el mundo está tan tenso como un tambor y tan morado como una remolacha.”

Watts aborda de manera especial el tema de la auto-superación - algo particularmente importante a la hora de las resoluciones de año nuevo - y nos advierte la implicación en su raíz:

"Sólo puedo tomarme en serio el asunto de tratar de vivir a la altura de un ideal, para mejorarme a mí mismo, si estoy partido en dos pedazos. Tendría que haber un ‘yo’ bueno que intente mejorar al ‘yo’ malo. El ‘yo’ que tiene las mejores intenciones, tratará de trabajar sobre el obstinado ‘mí,’ y la lucha entre los dos acentuará la diferencia entre ellos. En consecuencia, el ‘yo’ se sentirá más separado que nunca, por lo que simplemente se aumentarán los sentimientos de soledad y desconexión que hacen que el ‘mí’ se comporte tan mal."

La felicidad, sostiene, no es cuestión de mejorar nuestra experiencia, o incluso simplemente confrontarla, sino permanecer presente con ella en el sentido más íntimo:

"Pararse frente a frente con la inseguridad no significa comprenderla. Para comprenderla, no debes enfrentarla sino SER la inseguridad. Es como el cuento persa del sabio que llegó a la puerta del Cielo y llamó. Desde dentro la voz de Dios preguntó: ‘¿Quién está ahí?’ y el sabio respondió: ‘Soy yo.’ ‘En esta Casa,’ respondió la voz, ‘no hay espacio para ti y para mí.’ Entonces el sabio se fue, y pasó muchos años reflexionando sobre la respuesta en profunda meditación. Volviendo por segunda vez, la voz hizo la misma pregunta, y de nuevo el sabio respondió: ‘Soy yo.’ La puerta permaneció cerrada. Después de algunos años regresó por tercera vez, y mientras tocaba, la voz una vez más demandó, ‘¿Quién esta ahí?’ Y el sabio gritó, ‘¡Soy tú mismo!’ Y la puerta se abrió."

En verdad no nos damos cuenta que no hay ninguna seguridad, afirma Watts, hasta que confrontamos el mito del yo fijo y reconocemos que el ‘yo’ sólido no existe - algo que la psicología moderna ha denominado ‘la ilusión del yo’. Y sin embargo, es algo increíblemente difícil de hacer, porque en el mismo acto de esta comprensión hay un yo comprendiendo. Watts ilustra brillantemente esta paradoja:

"Mientras estás observando esta experiencia presente, ¿estás consciente de alguien observándola? ¿Puedes encontrar, aparte de la experiencia en sí misma, algún experimentador? ¿Puedes, al mismo tiempo, leer esta oración y pensar acerca de ti mismo leyéndola? Descubrirás que para pensar acerca de ti leyéndola, deberás, por un instante, dejar de leerla. La primer experiencia es leer. La segunda experiencia es el pensamiento, ‘estoy leyendo.’ ¿Puedes encontrar algún pensador que esté pensando el pensamiento, ‘estoy leyendo’? En otras palabras, cuando la experiencia presente es el pensamiento ‘estoy pensando’, ¿puedes pensar acerca de ti mismo pensando ese pensamiento?

Una vez más, simplemente tienes que dejar de pensar, ‘estoy leyendo.’ Pasas a una tercera experiencia, que es el pensamiento, ‘Estoy pensando que estoy leyendo.’ No dejes que la rapidez con la que estos pensamientos cambian te engañen con la sensación de que los estás pensando simultáneamente.

[…]

En cada experiencia presente sólo estuviste consciente de esa experiencia. Jamás estuviste consciente de estar consciente. Nunca fuiste capaz de separar al pensador del pensamiento, al conocedor de lo conocido. Lo único que encontraste fue un pensamiento nuevo, una experiencia nueva.”

Lo que nos hace incapaces de vivir en presencia consciente pura, señala Watts, es el juego y la cadena de nuestra memoria y nuestra distorsionada relación con el tiempo:

"La idea de un pensador separado, de un ‘yo’ distinto de la experiencia, viene de la memoria y de la rapidez con la que cambia el pensamiento. Es como cuando se hace girar un leño encendido para dar la impresión de un círculo continuo de fuego. Si imaginas que la memoria es un conocimiento directo del pasado en lugar de una experiencia presente, se obtiene la ilusión de conocer el pasado y el presente al mismo tiempo. Esto sugiere que hay algo en ti distinto de las experiencias del pasado y del presente. Razonas, ‘Conozco esta experiencia presente, y es diferente a la experiencia pasada. Si puedo comparar a las dos, y notar que la experiencia ha cambiado, entonces, yo debo ser algo constante y aparte.’

Pero, de hecho, tú no puedes comparar esta experiencia presente con una experiencia pasada. Sólo puedes compararla con una memoria del pasado, que es parte de la experiencia presente. Cuando ves con claridad que la memoria es una modulación de la experiencia presente, resultará obvio que tratar de separarte a ti mismo de esta experiencia es tan imposible como tratar de hacer que tus dientes se muerdan a sí mismos.

[…]

Entender esto es comprender que la vida es completamente momentánea, que no hay permanencia ni seguridad, y que no hay ningún ‘yo’ que pueda ser protegido.”

Y allí está el punto crucial de nuestra lucha humana:

"La verdadera razón de por qué la vida humana puede ser tan absolutamente desesperante y frustrante no es debido a que haya hechos llamados muerte, dolor, miedo, o hambre. La locura del asunto es que cuando esas cosas están presentes, les sacamos la vuelta, nos quejamos, nos retorcemos, nos sacudimos para intentar sacar al ‘yo’ fuera de la experiencia. Fingimos ser amebas, y nos tratamos de proteger de la vida dividiéndonos en dos. La cordura, la completud y la integración se encuentran en la comprensión de que no estamos divididos, que el hombre y su experiencia presente son uno, y que nunca podrá encontrarse ninguna mente y ningún ‘yo’ separado.

Para entender la música, tienes que escucharla. Pero mientras pienses: ‘Estoy escuchando esta música’, no la estarás escuchando. “

'La Sabiduría de la Inseguridad' es un libro inmensamente maravilloso - existencialmente necesario, incluso - en su totalidad, y es uno de esos libros destinados a permanecer contigo durante toda tu vida.

- Traducido por Tarsila Murguía

Fuente: http://www.brainpickings.org/2014/01/06/alan-watts-wisdom-of-insecurity-1/