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martes, 12 de octubre de 2021

LA PERSONA ANTE EL SUFRIMIENTO Entre la vulnerabilidad y la plenitud- Enrique Martínez Lozano

 

“Cuando la realidad y nuestro pensamiento no coinciden, culpamos a la realidad de equivocarse. «Esto está mal», decimos, y sufrimos por ello. Pero cuando la realidad y nuestro pensamiento no coinciden, solo nuestro pensamiento puede equivocarse. La realidad no tiene la facultad de equivocarse. La realidad es lo que es.

Simplemente” (Víctor Creixell).

 

“Donde está el peligro también crece la salvación” (Friedrich Hölderlin).

 

“Cuanto más profundo cave el dolor en vuestro corazón, más alegría podréis contener. ¿No es la copa que guarda vuestro vino la misma copa que se fundió en

el horno del alfarero?” (Kahlil Gibran).

 

 

“¿Quién soy yo?”. En rigor, esa es la única pregunta. La respuesta adecuada a la misma nos libera de la ignorancia,

de la confusión y del sufrimiento. Nos hace libres. Es la entrada a la Plenitud.

 

Al hablar del dolor, y al hacerlo especialmente desde la perspectiva de los cuidadores, me parece oportuno empezar con dos afirmaciones básicas, que sirvan de marco a toda esta aportación:

  • El ser humano es una realidad radicalmente paradójica.
  • Ante el dolor, necesitamos “descalzarnos”, para acercarnos a la persona que lo padece con un exquisito respeto y compasión.

Esta doble afirmación señala también el camino a seguir en este escrito. Tras incidir en el carácter paradójico del ser humano, nos acercaremos a la realidad del dolor, desde estas cuatro perspectivas:

  • Actitudes que nos permiten vivirlo de un modo
  • Atención cuidadosa para no convertir el dolor en
  • El dolor, como oportunidad de crecimiento y transformación.
  • El acompañamiento a la persona que

El carácter paradójico del ser humano

 

“El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza; pero una caña que piensa”. Así expresaba Pascal la naturaleza paradójica de la persona: lo más frágil, pero, al mismo tiempo, lo más elevado.

Desde el inicio de su existencia, el ser humano es pura necesidad, tanto fisiológica como emocional o afectiva. Ninguno como el bebé humano necesita de un cuidado prolongado para poder sobrevivir; ningún otro como él necesita satisfacer su necesidad de sentirse reconocido para poder crecer sobre una plataforma psicológica de confianza y de seguridad.

Nos hallamos, pues, ante un ser profundamente vulnerable, física y psicológicamente. Desde la mirada habitual, la persona no parece ser sino un haz de necesidades (deseos) y miedos, sometida a los impulsos de unas y otros.

En consecuencia, su funcionamiento automático se halla regido por la ley del apego y de la aversión: para atrapar lo que desea y rechazar lo que le desagrada. Sin embargo, ese mismo funcionamiento lo introduce en una noria inestable que no puede conducir sino a la insatisfacción permanente.

Porque ese es el drama del yo: haga lo que haga, en su nivel, todo acabará en frustración. Porque, como escribiera George Bernard Shaw, “hay dos catástrofes en la existencia: la primera, cuando nuestros deseos no son satisfechos; la segunda, cuando lo son”.

Oscilando entre la satisfacción y la insatisfacción, el yo se ve irremisiblemente abocado a la frustración. No es extraño, ya que las noticias que posee no son demasiado buenas: sabe que, a medida que pasan los años, va a ir perdiendo cada vez más cosas (fuerza, salud, afectos…); que, si todo “va bien”, llegará a viejo, y que, en cualquier caso, finalmente morirá. No es un futuro nada halagüeño para el yo.

La vulnerabilidad del ser humano se pone de manifiesto, justamente, en esa doble experiencia del dolor y de la muerte. Cuando la sensibilidad sufre y la mente se queda sin respuestas; cuando se desvanece la ilusión (propia del narcisismo infantil) de controlar su propia existencia; cuando lo que asoma es la incapacidad o la impotencia; cuando se constata que necesitamos depender de los demás incluso para las tareas más simples; cuando se mira la muerte como el final irremediable y frío… Cuando todo eso nos afecta, empezamos a palpar nuestra vulnerabilidad de un modo que nunca hubiéramos imaginado.

Sin embargo –y esta es la paradoja-, conocemos no pocas personas que, aun en medio de la vulnerabilidad, han vivido el atisbo de otro horizonte.

Más aún: a la vez que nos sentimos sumamente vulnerables, no podemos negar algo que se nos impone desde dentro, apenas somos capaces de acallar la mente: la consciencia de ser, sin límites ni condicionantes, que nos hace percibirnos como “sujeto” que va infinitamente más allá de lo que habitualmente consideramos como el “sujeto individual” que nuestra mente piensa.

En efecto, al silenciar la mente –objetivadora y separadora-, lo que aparece es quietud con sabor a plenitud, pura presencia en la que constatamos que entre el Ser y nosotros no existe ninguna distancia ni separación.

Tras el silencio de la mente, emerge y se hace manifiesta la Presencia que somos y en la que reconocemos nuestra verdadera identidad. Pasamos así de una identidad pensada –él yo individual, que únicamente existe cuando lo pensamos y que, por eso mismo, reducimos a “objeto”- a lo que realmente somos, previo incluso a cualquier pensamiento.

Ahí queda expresada la paradoja que nos constituye: carencia y plenitud. En el nivel del yo, nos percibimos como seres carenciados y vulnerables; en el nivel de nuestra identidad profunda, sin embargo, no carecemos de nada: lo que realmente somos, se halla siempre a salvo.

Ambos niveles constituyen las “dos caras” de la realidad única, pero no son simétricos. Una cosa es “lo que es” y otra “lo que se manifiesta”.

La identificación con el yo constituye la fuente de la ignorancia y el sufrimiento. La liberación implica el reconocimiento de nuestra verdadera identidad, en cuanto consciencia ilimitada. En este paso, la paradoja queda integrada y resuelta en una comprensión mayor: somos la plenitud que se expresa en formas sumamente limitadas.

¿Cómo afrontar, desde esta perspectiva, el dolor y la muerte?

Para vivir el dolor de una manera constructiva

 

En otro lugar, he analizado seis actitudes constructivas a la hora de afrontar el dolor: acogerse a sí mismo, frente al rechazo de sí y la autoculpabilización; aceptar lo que nos hace sufrir sin reducirnos, frente a la negación del problema y al hundimiento; dialogar con el niño o la niña interior, frente a la lejanía de sí; desdramatizar, frente a la tendencia a la dramatización; traducir el malestar en dolor, frente a la huida y el funcionamiento imaginario; y des-identificarse por medio de la observación, frente a la autoafirmación del yo1.

En cierto modo, todas las actitudes constructivas pueden resumirse en dos, que habría que vivir simultáneamente: la no- evitación y la no-identificación.

El hecho mismo de que se formulen en negativo sugiere algo que me parece fundamental. No nos acercamos al dolor desde un talante de lucha ni de dominio, sino desde otro nace de la sabiduría y se caracteriza por la comprensión. Es esta la que nos va a permitir no-evitarlo y no-identificarnos con él.

La no-evitación implica una aceptación profunda de lo que ocurre. No como claudicación, resignación, pasividad o indolencia, sino como consecuencia de una sabiduría que permite ver más en profundidad.

Sin aceptación no cabe la reconciliación con lo que es. En su lugar, lo que se da es resistencia, que no hace sino prolongar e incrementar aquello que (inútilmente) intentamos resistir.

“Lo que se resiste, persiste”, dice la sabiduría popular. No solo eso: es la misma resistencia la que genera sufrimiento. Al resistirnos a lo que es, dejamos de estar alineados con el momento presente, y eso, inexorablemente, hace sufrir. 

Pero, simultáneamente, con la no-evitación, se requiere vivir la no-identificación. La identificación forzosamente nos reduce, haciéndonos creer que somos aquello que nos está ocurriendo. Cuando eso se da, perdemos toda nuestra capacidad de maniobra y no podremos ver la realidad sino desde la perspectiva estrecha de aquella situación (o aquellos sentimientos) a los que previamente nos hemos reducido.

Si la resistencia al dolor genera sufrimiento, la identificación con él nos anula. No solo porque nos quedamos inermes ante él, sino porque –más grave aún- terminamos confundidos acerca de nuestra propia identidad. Nos identificamos con el yo que sufre, y desconectamos de la consciencia que somos y que se encuentra siempre a salvo.

La no-identificación, por tanto, nace también –y radicalmente- de la comprensión: sabemos que todo lo que pueda ocurrir no será sino un “objeto” dentro de lo que somos. No nos ocurre, pues, a nosotros, sino dentro de nosotros.

Atención cuidadosa para no convertir el dolor en sufrimiento

El dolor forma parte inexorable de todo el tejido. Antes de que la mente le adjudique alguna etiqueta, ya está ahí. Nos acompaña, más o menos intermitentemente, desde el nacimiento hasta la muerte, formando parte del lote de nuestra existencia y del mundo entero de las formas.

Es inevitable porque, dado el carácter polar de la realidad manifiesta, constituye la otra cara del placer o del bienestar y porque, en todo proceso de “hacerse” –es lo característico de la evolución-, para que algo surja, algo debe morir.

El hecho de que la tierra esté haciéndose –en evolución constante- exige que haya movimientos telúricos sorpresivos en forma de terremotos o tsunamis. Del mismo modo, el hecho de que el ser humano esté permanentemente “haciéndose” explica su vulnerabilidad, sus límites y sus pérdidas de todo tipo.

El dolor va a ser, pues, nuestro compañero de viaje, junto con la sombra de la muerte, por más que queramos mantenerlos ocultos.

¿Cómo afrontarlos?

La actitud sabia –y, por tanto, liberadora- va de la mano de la lucidez y de la humildad y adopta la forma de aceptación. Todo arranca de ella. Lo cual no significa que resulte fácil o que, antes de llegar a vivirla, la persona no haya tenido que pasar por la negación, la rebeldía, la frustración, la decepción o la depresión (en las inevitables etapas emocionales de un proceso de duelo). Pero, antes o después, no habrá salida posible sin rendirnos a lo que Es. Porque solo esa rendición nos alinea con lo que es, es decir, nos conecta con la verdad. Un dicho anónimo nos recuerda que “el secreto de la serenidad es cooperar incondicionalmente con lo inevitable”. Quizás habría que ir un poco más lejos y decir: el secreto de la serenidad –y de la sabiduría- consiste en rendirse a Lo que Es. “¿Sabéis cuál es mi secreto?, compartía Krishnamurti: No me importa lo que suceda”.

Evidentemente, como decía más arriba, ni la aceptación ni la rendición tienen nada que ver con la indiferencia, la resignación o la claudicación, sino únicamente con el reconocimiento de lo que en este momento hay. A partir de ello, tanto más cuanto mejor “situada” esté la persona, brotará la acción adecuada al momento, no tanto desde una decisión mental, sino desde la sabiduría de la vida y de su propio proceso de manifestación.

Decía también en el apartado anterior que la resistencia no hace sino prolongar el dolor y agravarlo –lo que nos duela, al luchar contra ello, será nuestra propia fuerza en contra-, transformándolo en sufrimiento.

La distinción entre dolor y sufrimiento me parece pedagógica. El primero remite a un hecho bruto, sin elaboraciones, sea físico o emocional: tanto si recibo un golpe en mi cuerpo como si me lanzan un insulto inesperado, es muy probable que aparezca dolor. Pero hasta ahí, es solo dolor. Lo que ocurra a partir de ese momento, ya lo pone mi mente: si no añade nada, quedará en lo que hay.

Pero la mente, en esos casos, tiene tendencia a hacer dos cosas, ambas generadoras de sufrimiento: poner resistencia, negando el dolor, o añadir alguna historia mental en torno a lo ocurrido. De ese modo, lo que solo era un hecho doloroso –que duele, pero no hace daño- se ha convertido en un sufrimiento tóxico, que puede terminar reduciendo y envenenando a la persona que lo ha generado.

Si tendemos a resistir o a añadir cualquier pensamiento al hecho doloroso, en último término, se debe a que nos hemos identificado con él, hasta el punto de pensar que, en lo sucedido, se ventila nuestra identidad. Por eso, el sufrimiento siempre nos está diciendo –si sabemos verlo- que nos hallamos confundidos con respecto a nuestra identidad, a la vez que nos muestra los apegos a que estamos aferrados.

El silogismo es tan simple como los que suelen usar espontáneamente los niños: si yo soy mi cuerpo, y mi cuerpo es afectado, yo estoy en peligro; si yo soy mi imagen, y mi imagen es dañada por una calumnia, sentiré que me desvanezco.

Es cierto que la psicología clásica –e incluso el llamado sentido común- puede ayudarnos a relativizar esas apreciaciones, para no reducirnos a ellas. Pero será solo una consciencia clara de nuestra verdadera identidad la que nos mantendrá a salvo de aquel tipo de comportamientos reactivos. Desde la certeza de haber experimentado la verdadera identidad no-dual, sabré que lo que realmente soy está a salvo de lo que le ocurra a mi cuerpo o a mi imagen.

Por eso, desde el modelo no-dual, junto con la no-resistencia (o no-evitación), activamos aquella otra actitud simultánea e igualmente liberadora: la no-identificación. No soy el dolor recibido, no soy el cuerpo dañado, no soy la imagen afectada…, no soy ese yo dolorido.

Esta actitud, tanto más natural cuanto más nace de la verdad experimentada acerca de la propia identidad, nos libera de la trampa que lleva a convertir el dolor en sufrimiento.

 

En concreto, al querer vivirlo así, el dolor se transforma en alarma que nos llama a situarnos en nuestra verdadera identidad. Soy Consciencia o Presencia: desde ella –dentro de su espaciosidad-, noto el dolor o la pena, le permito que duela y me dejo sentir el dolor, sin perderlo nunca de vista. Observarlo en todo momento –no perderlo de vista- constituye el medio eficaz para no olvidar que el dolor es solo un objeto…, que no soy yo. Y si lo observo y le permito vivir permaneciendo yo mismo en conexión constante con la Consciencia que soy, sabré poner amor y cuidado, porque nuestra identidad profunda es también Amor.

 Si bien el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional, y siempre está provocado por nuestra mente. Retira la resistencia y cualquier historia mental, y el sufrimiento desaparecerá. Pero mientras no lo hagas, lo estarás sosteniendo. Como dice Eckhart Tolle, “el sufrimiento es necesario hasta que te das cuenta de que es innecesario”.

El dolor, como oportunidad de crecimiento y transformación 

Seguramente, todos conocemos personas que, tras haber pasado por una experiencia dolorosa –enfermedad, crisis, desamor…-, afirman haber salido “crecidas” de la misma.

Pareciera que, antes o después, para que el crecimiento se opere, es necesario pasar por el “estado de crisálida”, pues solo él permite al gusano convertirse en mariposa4.

La experiencia nos dice que, mientras la vida nos resulta placentera, no nos “complicamos” la existencia; simplemente, vamos vegetando. Es el dolor o la crisis los que, haciendo temblar los cimientos que creíamos asentados, nos obligar a ir en busca de las verdaderas raíces que nos sostienen.

Y esas “raíces” no pueden ser otras que nuestra verdadera identidad. Por eso, desde esta perspectiva, el dolor puede ser una oportunidad, en dos niveles de intensidad, si podemos hablar así.

Por un lado, nos humaniza porque, al reconciliarnos con nuestra propia fragilidad y vulnerabilidad, nos ablanda interiormente, generando sentimientos de bondad y de compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás. Vamos despojándonos de nuestras máscaras y corazas, y dejamos ver nuestro corazón.

Pero, también, en un nivel quizás más profundo, transforma la percepción de nuestra identidad, es decir, se convierte en una oportunidad nada menos que para la transformación de nuestra consciencia. El dolor -la crisis- posibilita que seamos transformados paradójicamente en aquello que, aunque no lo sabíamos, siempre habíamos sido. El yo sufrirá la experiencia como una “muerte” –y lo es así para él, como para el gusano que “desaparece” en el proceso-, pero solo gracias a ella, podrá nacer y vivir nuestra verdadera Identidad –el reconocimiento y la vivencia de lo que realmente somos-. Caer en la cuenta de ello es despertar, saliendo de la ignorancia o del sopor en que nos encontrábamos. La crisis habrá hecho de “despertador”.

¿Cómo se produce ese paso? Por un lado, al aceptar el dolor, creo un espacio a su alrededor, que me permite observarlo en la distancia y, de ese modo, empiezo a percibir que no soy él: tengo una sensación dolorosa, pero no soy ella.

Por otro, al constatar el sufrimiento que nace del yo, empieza a abrirse en mí una luz que me hace ver que no soy tampoco ese “yo” inestable e impermanente, generador de sufrimientos inútiles que se vuelven contra él, zarandeándolo y desestabilizándolo.

Y, poco a poco, desde esa otra sabiduría más profunda, me voy haciendo consciente de que no soy nada de lo que percibo, pienso, siento o experimento: en nada de eso puedo encontrarme a mí mismo. No soy nada de lo que puedo observar. Soy la Consciencia ecuánime, en la que aparecen y desaparecen pensamientos, sentimientos, experiencias… Es innegable que todo esto tiene un cierto poder para afectarme, pero no ya de un modo absoluto. En cuanto soy capaz de asentarme en mi verdadera identidad, sintiendo mi Ser esencial, todo aquello que pueda ocurrirle a mi yo quedará muy relativizado.

El acompañamiento a la persona que sufre

 Tal como lo venimos planteando –desde la perspectiva no-dual- , se trata de dejar que el dolor sea solo dolor. Forma parte del mundo de la manifestación. Y es entonces, al alinearnos con el presente, en conexión con la sabiduría profunda que todo lo rige, cuando se producen dos consecuencias reveladoras y, como todo lo que es profundo, paradójicas.

Por una parte, dejamos de ver el dolor como enemigo, aunque pongamos los medios para gestionarlo adecuadamente. Por otra, al permanecer anclados en nuestra verdadera identidad, nos percibimos como Amor y cuidado, y de ahí nace un movimiento espontáneo y gratuito de compasión que busca aliviar el dolor del mundo.

Esto podemos vivirlo todos cuando el dolor se hace presente en nuestra existencia. Acogemos el dolor, sin reducirnos a él, sino reconociendo nuestra verdadera identidad –Consciencia amorosa- para vivirnos anclados en ella, sabiendo amarnos especialmente cuanto nuestro psiquismo muestra su mayor vulnerabilidad.

Esa actitud tenderá a hacerse extensiva hacia los demás, particularmente a quienes se hallan también en situación de más dolor o necesidad.

Con todo, me parece importante, aunque sea brevemente, señalar algunas actitudes básicas en las personas que acompañan en procesos de dolor y de enfermedad.

 En primer lugar, la persona que acompaña será tanto más eficaz en su tarea cuanto mejor situada esté. Si se trata de ser presencia para el enfermo –no hay amor sin atención-, parece decisivo que la persona cuidadora pueda crecer en su capacidad de vivir en presente.

 En segundo lugar, el acompañamiento adecuado dependerá también de la fe en la vida y en su propio proceso. Eso significa confiar en una sabiduría mayor, a la vez que reconocemos los límites estrechos de nuestra mente a la hora de leer lo que ocurre.

 La fe en la vida implica también la fe en la persona enferma o dolorida, desde una doble perspectiva: por un lado, fe en su propia fuerza, en la vida que la sostiene en todo momento; por otro, fe en lo que ella misma haya de vivir en ese proceso, y que probablemente a quienes lo vemos desde fuera se nos escapa.

 En cuarto lugar, un acompañamiento de calidad se plasma en un sentimiento de cercanía amorosa, empática y compasiva. Será este tipo de presencia el que pueda facilitar y favorecer el proceso que la persona enferma haya de vivir. La vulnerabilidad hace crecer la necesidad humana de empatía y compasión: sentir que el otro es capaz de ponerse en mi lugar, de ver las cosas desde mi perspectiva, y de verme con amor, llena de vida y de color incluso los momentos más duros que la persona tenga que atravesar.

 En quinto lugar, la persona que cuida tendrá que aprender a aceptar humildemente sus propios límites. No somos omnipotentes; a veces, ni siquiera podemos “controlar” lo que nos parece más simple. La aceptación de los límites nos pacifica con nosotros mismos, nos hace más flexibles, abiertos, receptivos y auténticos. Eludimos las graves trampas de la sobreexigencia, la culpabilización y la dureza. Y, paralelamente, atendemos nuestras propias necesidades, desde la importancia decisiva de “cuidar al cuidador”, precisamente también porque, al estar en contacto directo y más continuado con el dolor, atraviesa una situación más vulnerable.

Gran parte de lo dicho implica una actitud específica: la capacidad de ver “más allá” de las formas. Más allá del dolor, la persona; más allá del yo que creemos ser, la Consciencia que somos; más allá de nuestra necesidad de controlar, la confianza en la sabiduría de la vida…

 Finalmente, en séptimo lugar, el acompañante o el cuidador está llamado a vivirse conscientemente como cauce o canal por el que fluye la Vida. En realidad, ese es el aprendizaje para todos: al descubrir nuestra verdadera identidad, reconocemos que en realidad no somos el yo que va queriendo “organizar” su vida; en contra del engaño ilusorio en el que nos mantiene nuestra mente, el yo no tiene ningún control; es la Vida la que se está viviendo en esta forma temporal, a través de ella.

 Al reconocernos como cauces o canales de la Vida, aprendemos que quizás no se trata tanto de luchar contra el dolor –aunque pongamos todos los medios a nuestro alcance-, cuanto de amar a la persona concreta y dolorida, manteniendo nuestra fe en ella.

A veces ocurre que la lucha contra el dolor encubre otras causas menos adecuadas, basadas en mecanismos propios del ego, como puede ser el rechazo de lo que considera negativo, su propia incapacidad para aceptar lo doloroso o frustrante o su ambición por conseguir que las cosas sean a la medida que él desea.

En la perspectiva no-dual, abrazadora de todo lo real, lo que aparece es una compasión gratuita e incondicional, que no busca nada para sí, sino sencillamente poner amor donde hay dolor. Y las acciones brotarán, no desde la exigencia de la mente, por bienintencionada que pudiera estar, sino de otra sabiduría más profunda, frente a la cual, la persona se percibe y se deja vivir sencillamente como cauce o canal. No hay, por tanto, apropiación, porque tampoco hay proyecto propio. Hay, sencillamente, un dejarse vivir desde lo que somos en profundidad; hay, dicho todavía con más propiedad, un dejar que la Consciencia se viva en nosotros.

Empezaba este trabajo aludiendo a la naturaleza paradójica del ser humano, que le hace experimentarse, según el nivel en el que, consciente o inconscientemente, se coloque, como carencia o como plenitud, como un ser vulnerable o como un ser “completo”.

Únicamente la perspectiva no-dual nos permite, a la vez, comprender y “resolver” la paradoja: somos plenitud expresándose en una forma concreta radicalmente vulnerable. Con frecuencia, quedamos “atascados” en la vulnerabilidad, hasta reducirnos a ella, y tratando de que nos afecte lo menos posible. Vano intento, que nos mantiene en el engaño de la falsa identidad del yo. Sin embargo, si somos lúcidos, la propia vulnerabilidad –y el dolor en el que se manifiesta- pueden constituir una oportunidad para despertar a la plenitud que somos.

Una vez en conexión con nuestra verdadera identidad, podremos experimentar cómo la plenitud que somos abraza la vulnerabilidad que tenemos.

 

Enrique Martínez Lozano

 Enrique Martinez Lozano (Guadalaviar, Teruel, 1950) es psicoterapeuta, sociologo y teologo. Es autor de varios libros y se halla comprometido en la tarea de articular psicologia y espiritualidad, abriendo nuevas perspectivas que favorezcan el crecimiento integral de la persona.

jueves, 30 de septiembre de 2021

EL AMOR AL DESNUDO - Matt Licata

 

“¿Y si el amor no hace que te sientas seguro?

¿Y si nunca tuvo la intención de darte seguridad?

¿Qué pasa si no importa cuántas percepciones profundas tengas,

cuántas experiencias de despertar increíblemente poderosas acumules

o cuán convencido estés de que lo tienes todo junto,

de que siempre estarás en riesgo de que el ser amado llegue y te lo demuestre?

¿cuán vulnerable tu realmente eres?

Y para revelarte de una vez por todas

que tu vulnerabilidad no es una debilidad

o una parte de ti que necesita ser trascendida,

sino que es el regalo que tienes para ofrecer a este mundo.

¿Qué pasa si el amor ha llegado furioso a tu vida,

en todas sus formas y expresiones,

no para ofrecer seguridad y fundamento,

sino para revelar tu integridad?

El amor nunca te pedirá que renuncies a tu vulnerabilidad,

que cuentes historias de un despertar en el que seguirás siendo inmune a la angustia,

o que sueñes fantasías de resolución, seguridad y tierra.

El amor quiere que te desnudes.

Para que estés dispuesto a desmoronarte.

Morir y renacer una y otra vez.

Cuando estés desnudo, de todos tus conceptos espirituales,

el amor te mostrará lo que eres.

Cuando lo conocido se desmorona, todo lo que queda es tu corazón ardiente.

No hay nada más vivo que eso. No hay nada más sagrado que eso.

Anhelas la libertad. Estás ardiendo por dentro. Te estás volviendo un tonto por amor.

Tan pronto como la tristeza haya desaparecido,

la desesperación haya disminuido,

el miedo haya pasado,

dices: Entonces seré libre, entonces conoceré el amor,

luego abriré mi corazón por completo. Entonces me despertaré.

Pero amigo, esta libertad está aquí.

Está en el centro de tu dolor, si tan solo lo tocas.

Está saliendo de tu tristeza, bañando este mundo con la esencia de tu corazón.

Está encerrada dentro de tu miedo,

escondido en tu rabia y desbordado en tu soledad.

El amor está en todas partes y viene por ti.

¿Lo verás incluso en los lugares más inesperados?

Mientras tengas un cuerpo, corres el riesgo de sufrir una angustia.

Al despertar, prepárate para sentir más, no menos.

El amor nunca te pedirá que trasciendas esta forma humana  para acercarse.

Quítale la ropa.

Ve la belleza y la magnificencia que ha tomado en la forma.

en todo lugar de este o cualquier universo.

 

  Matt Licata

lunes, 27 de septiembre de 2021

El Amor resurge ante el desastre- Rodney Smith

Traducido con Amor desde... https://www.lionsroar.com

 

Ante desafíos, dice Rodney Smith, debemos permanecer vulnerables y sensibles a nuestro dolor y rendirnos al amor.

 

Vivo en el área de Seattle, uno de los primeros epicentros del coronavirus, donde todos estamos acurrucados. Me quedo en casa, hago una caminata diaria al aire libre y evito grupos de personas. Soy una persona de alto riesgo, que tiene dos o más factores de riesgo que aumentan la probabilidad de complicaciones o muerte si se infecta. 

Noté algo interesante cuando salgo a caminar por la mañana: casi todos los extraños saludan y me preguntan sobre mi bienestar. Estos saludos durante mi caminata se sienten raros e inesperados. Aunque Seattle es generalmente una comunidad amable, las personas aquí siempre han parecido cómodas en su soledad y dudan en acercarse a otros sin invitación. Los vecinos también se están acercando. Algunos amigos más jóvenes se han ofrecido a comprar comida para mi esposa y para mí, a menudo rechazando el reembolso de los productos comprados. Esta efusión de buena voluntad parece extenderse por toda la ciudad.

¿Por qué tenemos que estar traumatizados antes de alcanzar la mano de nuestro vecino?

¿Por qué parece abrirse el corazón de la ciudad? En su libro Un paraíso construido en el infierno: las comunidades extraordinarias que surgen en el desastre, Rebecca Solnit expone la su investigación de las áreas posteriores a desastres y afirma que a menudo esas regiones se convierten en una especie de paraíso entre los escombros. Las personas se brindan ayuda  y se cuidan unas a otras. "A raíz de un terremoto, un bombardeo, una gran tormenta", escribe, "la mayoría de las personas son altruistas, se dedican urgentemente a cuidar de sí mismas y de quienes les rodean, extraños y vecinos, así como amigos y seres queridos".

Solnit continúa: “Esto sugiere que, al igual que muchas máquinas se restablecen a sus configuraciones originales después de un corte de energía, los seres humanos se restablecen a sí mismos a algo altruista, comunitario, ingenioso e imaginativo después de un desastre, que volvemos a algo que nosotros ya sabemos cómo hacer".

La investigación de Solnit trajo a la mente una imagen del ataque del 11 de septiembre contra el World Trade Center. Cuando la gente saltaba de las torres, se vio a algunos agarrados de la mano de otro. Incluso bajo coacción extrema y enfrentando su propia muerte, la gente quería un sentido de conexión.

¿Por qué se necesita un desastre para mostrar lo que está intrínsecamente dentro de nosotros? ¿Por qué tenemos que estar traumatizados antes de alcanzar la mano de nuestro vecino?

Final del formularioRecuerdo haber visto la televisión el 11 de septiembre cuando la tragedia se desarrolló en tiempo real. Inmediatamente, surgió en mí una oleada de cuidados, compasión y preocupación por la destrucción masiva y las numerosas muertes. Pude sentir el dolor que envolvía la escena junto al humo y las cenizas de los edificios destruidos. Comencé a llorar suavemente, y luego me enfurecí porque tal devastación fue causada deliberadamente por otros seres humanos. La ira me sorprendió despierto. ¿De dónde vino esta emoción cuando momentos antes estaba tiernamente desesperado?

En el instante en que vi la destrucción, surgió la respuesta natural de la compasión: una expresión cruda de corazón sin pensamiento ni historia. La compasión necesita un corazón abierto que sea expansivo sin resistencia ni defensa. La compasión no escapa del dolor, sino que lo abraza. Cuando estamos siendo atacados, no queremos ser vulnerables, por lo que nuestra narración se mueve rápidamente a través de la compasión al miedo y luego a la ira, donde podemos reunir nuestras fuerzas internas contra la amenaza percibida. Este flujo emocional ocurre en un abrir y cerrar de ojos, y apaga nuestros corazones a pesar de la devastación que tenemos ante nosotros.

Dado que es una emoción poderosa, la mente parece detenerse ante la ira. La ira es vengativa y justiciera, mientras que el miedo y la vulnerabilidad son desestabilizadores. Con el advenimiento de la ira, nos sentimos ahora al tanto de la situación y una avalancha de auto empoderamiento constante y defensa contra amenazas externas.

Para evitar ir directamente a la ira, podemos aprender a descansar en nuestra vulnerabilidad. El estado de vulnerabilidad se puede utilizar como puerta de enlace. Nuestra tolerancia o aversión al estado de vulnerabilidad parece ser el origen de todas las emociones, positivas y negativas. Las emociones negativas provienen de una reacción aversiva a ser vulnerable, mientras que las emociones positivas surgen al permitirnos seguir siendo vulnerables. Tendemos a elegir la respuesta colérica sobre la respuesta tierna cuando nos sentimos amenazados. Solo podemos elegir la respuesta amable y afectuosa cuando estamos enraizados y estables dentro de nosotros mismos.

Comenzamos el proceso de ser conscientes cada vez que nos descubrimos inconscientes. A menudo, un momento de vulnerabilidad evoluciona demasiado rápido para que ocurra una elección. Por ejemplo, digamos que después de una serie de eventos nos encontramos enojados e irritados. Al notar que estamos enojados, nos sentamos y permitimos que la cobertura defensiva disminuya. Nos damos cuenta de que debajo de nuestra ira hay una serie compleja de emociones interrelacionadas que incluyen angustia, miedo, desilusión, desesperanza y dolor. Estas emociones exponen lo que percibimos como nuestras debilidades, y nos enfurecemos de nuevo. Ahora, podemos reconocer que la ira es una protección contra la ternura, inhibiendo nuestra sensibilidad. Reflexionando sobre esto,

La ira también puede ser una reacción al dolor y la pérdida de algo que nos importa. Algo importante para nosotros nos fue quitado, fue destruido o perdido. Nuestro dolor expone nuestra vulnerabilidad y nos enojamos por la pérdida. En nuestra ira, identificamos a una parte culpable, y una vez que se encuentra al culpable, el mundo vuelve a tener sentido.

Permanecer vulnerable dentro del dolor es la elección más sabia. Cuanto más tiernos somos, más cerca estamos de amar. Con demasiada frecuencia permitimos que el miedo impida el amor, eligiendo el poder propio sobre la autoexposición. Cuando realmente sentimos la exposición dolorosa y cruda de la pérdida, nos movemos hacia y a través de nuestro dolor, acercándonos al amor. Poco a poco aprendemos a confiar en la respuesta del corazón tierno y el cuidado del mecanismo de defensa de la ira.

Nos movemos directamente a la ira muy a menudo porque no confiamos en el amor para manejar la situación, pero el amor no es débil. Puede y tomará una dirección firme, resolviendo situaciones tan decisivamente como lo haría la ira. Este no es el amor condicionado que desarrollamos en nuestra vida amorosa privada. Más bien, este amor es la respuesta natural que emana de la percepción de totalidad. Este amor aparece en la silenciosa ausencia de uno mismo y desaparece cuando el pensamiento comienza a dividir la totalidad en polaridades como enemigos y amigos. Ante el desastre, este amor emerge como la energía radiante dominante si lo permitimos.

Dirigí un retiro en la ciudad de Oklahoma pocos días después de los atentados terroristas internos en la ciudad el 19 de abril de 1995. Nadie pudo escapar de la tragedia. Cada persona, cada conversación y cada percepción en cada momento fueron presionadas contra la realidad del bombardeo. Vivían dentro de la tragedia sin la opción de escapar. Como resultado, los participantes no me necesitaban: las enseñanzas estaban disponibles de inmediato dentro de ellos.  Hablaron de su sensación de profunda conexión con toda la ciudad. Todos conocían a alguien que había muerto o herido, y la ciudad enfrentó la devastación con ternura. Todo lo que querían hacer era ayudar de cualquier manera que pudieran.

Cuando nos sentamos a millas del sitio de un desastre, mirando por televisión, nuestras mentes solo pueden permanecer cautivas momentáneamente. Podemos alejarnos fácilmente, lejos del corazón, y llenar nuestras cabezas con la historia de la angustia y el asco. En el epicentro, no hay huida. El dolor está en todas las direcciones, pero también la conexión y el amor.

Aquí en Seattle, el virus está floreciendo y las calles están inquietas y tranquilas. Algunos de nosotros permanecemos nerviosos sabiendo nuestros factores de riesgo y lo que ocurre dentro de las paredes de nuestros hospitales. Estamos inundados de noticias sobre el impacto del virus todo el día, y solo podemos escapar marginalmente de nuestra susceptibilidad y propagación del virus con guantes, máscaras y toallitas desinfectantes. Estamos expuestos y sin embargo, algo inspirador está en el aire. La enfermedad nos ha unido en formas que nuestras vidas normales noconocían. Quizás la mayor lección es rendirse al amor, lavarnos las manos y acercarnos el uno al otro.

 

Rodney Smith enseñó meditación Insight durante 35 años antes de retirarse en 2017. Es autor de cuatro libros, entre ellos Touching the Infinite .

 https://www.lionsroar.com/love-emerges-in-the-face-of-disaster/?mc_cid=f794df6447&mc_eid=3f231f604d

sábado, 9 de noviembre de 2019

BAJEN EL VOLÚMEN!!!...P.A.S...PERSONAS ALTAMENTE SENSIBLES - Eugenia Lerner

Nota publicada por la Revista Uno Mismo Septiembre 2013, QUE TENGO AQUÍ EN MI MANO ♥

 

 

“Conócete a ti mismo”
Inscripción en el Templo de Apolo (Delfos, Grecia)

Introducción
Todos nacemos con algún tipo de constitución biológica particular y una forma natural de ser y de reaccionar, o sea, un temperamento.
Desde hace miles de años se han propuesto muchas teorías sobre el temperamento básico de los seres humanos y muchas clasificaciones diferentes de su tipología. (La Ayurveda, la de Hipócrates, la astrológica, la de William Sheldon, y muchas otras más).

Existen, además, diferentes criterios respecto de cómo se originan estas modalidades: cuánto es biológico o hereditario, cuánto depende del momento de la concepción y de la gestación y cuánto depende de las experiencias infantiles, las circunstancias familiares y la educación.
También hay diversos puntos de vista respecto de si es posible modificar el temperamento a lo largo de la vida y de qué tipo de entrenamientos, procedimientos o tratamientos, pueden ayudar a este respecto.

Cabe destacar, que los seres humanos somos muy complejos y que cualquier clasificación o descripción es sólo un mapa orientativo para organizar nuestra observación y conocimiento. Dada la riqueza de nuestros rasgos y características, ninguna persona -como es sabido- puede ser descripta fielmente sólo por su temperamento básico.

Las personas altamente sensibles o 'PAS':
Este temperamento fue denominado e investigado por la Dra. Elaine Aron, que lo estudió como un rasgo en sí mismo, sin incluirlo en una tipología más amplia. De la misma manera que alguien podría estudiar el temperamento de las personas muy arriesgadas, sin necesidad de incluirlas en una tipología que incluyera a otras, poco arriesgadas o cautelosas.
Si bien todos los seres humanos somos sensibles, existen algunas personas más sensibles que otras, como también algunos animales y plantas que lo son más que otros.
La Dra. Aron, investigó el rasgo de la sensibilidad, su don y las dificultades típicas de estas personas. Formuló una teoría sobre ellas, y propuso diversos conceptos y prácticas para el desarrollo de su don y para el manejo de las dificultades o los inconvenientes que se derivan de sus características particulares.

Características habituales de las PAS
Las PAS tienen una diferencia de grado e intensidad en cuanto a la recepción y la respuesta a los estímulos. Esto no las hace mejores o peores que las personas que tienen otro tipo de sensibilidad. Es sólo una forma de ser y de reaccionar.
En cuanto a la recepción: su percepción es más detallada en algunos aspectos, más permeable que la de las personas con otro tipo de sensibilidad. Como si las PAS tuvieran menos filtros respecto de algunas cosas.
Por otra parte, su forma de reaccionar o de responder a los diversos estímulos suele ser variable e intensa.

Si bien todas las PAS son diferentes, podemos encontrar en ellas una serie de rasgos habituales. Aunque no todas las PAS tienen todos estos rasgos, ni tampoco en la misma medida; algunos de los más comunes son:

- Agudeza sensorial: tienen mayor sensibilidad en el sentido del olfato, el gusto, la vista, el tacto, y/o el oído.
- Reaccionan con intensidad a algunos sabores, olores, imágenes, texturas o sonidos.
- Los ruidos suelen perturbarlas.
- Se sienten abrumadas cuando hay demasiados estímulos.
- Se sienten incómodas en las multitudes o en situaciones de hacinamiento.
- El clima suele afectar su estado de ánimo.
- Tienen reacciones emocionales intensas frente a situaciones internas y externas.
- Experimentan cambios de humor sin motivo aparente.
- Perciben los cambios sutiles de su cuerpo y sus emociones.
- Perciben los cambios sutiles del entorno y de otras personas.
- Se sienten heridas con facilidad.
- Son empáticas, sienten las emociones de otros como propias.
- Son intuitivas.
- Son compasivas y cuidadosas
- Suelen ser cautelosas y previsoras.
- Se preocupan por los demás y por las situaciones.
- Están pendientes de la aprobación de los demás y se sienten afectadas frente a la desaprobación.
- El enojo de los demás las perturba.
- Prefieren mantener la armonía, evitar los conflictos y la violencia.
- Tienden a cumplir las normas y los acuerdos, y esperan que los demás también las cumplan.

 

La base biológica
Aún se desconoce cuál es la relación entre biología y temperamento. O sea, cuáles son los factores fisiológicos u orgánicos que inciden en que seamos de una manera o de otra.
La Dra. Aron sostiene que el sistema nervioso de las PAS se excita con más facilidad e intensidad, que el de las no PAS. Más allá de que aún no se sabe exactamente cuál es la causa o el mecanismo por el que su sistema nervioso se excita más, lo que se sabe es que esto les ocurre.
Otro indicador que se ha medido es el hormonal. Cuando las personas se estresan su organismo segrega más cortisol. Se ha observado que las PAS segregan cortisol con mayor frecuencia, porque se estresan con más facilidad que las no PAS. Esto puede ser una desventaja, pero también una ventaja. Responder más intensamente a los factores de estrés puede llevar a que se tenga más consciencia de algunas cosas, y a iniciar las acciones necesarias para modificar aquello que lo provoca.

Lo que las PAS necesitan saber
Debido a que su sistema nervioso es fácilmente excitable, a que son algo más propensas al estrés y a que se sienten emocional y mentalmente abrumadas con la sobre-estimulación, las PAS necesitan darse tiempo y condiciones apropiadas para restablecer su balance.


Generalmente necesitan:

Momentos de silencio y quietud.
Aislarse algún tiempo de ciertos estímulos y/o de otras personas.
Regular la interacción social y la comunicación con otros.
Tiempo para procesar las situaciones.
Acciones, pensamientos y/o recursos que las ayuden a balancearse, física, emocional y/o mentalmente (como dormir un rato, darse una ducha, caminar, escuchar música, tener una charla íntima con otra persona, etc.).
Aprender a valorar su sensibilidad y reconocer sus beneficios (percepción de sutilezas, empatía y comprensión, consciencia de los riesgos, intuición, etc.).

 

Una técnica para “bajar el volumen”
Cada persona necesita encontrar y reconocer qué es lo que le resulta efectivo en cada momento, de acuerdo con su situación, estilo y preferencias. Hay algunos ejercicios, que suelen ser útiles para la mayoría de las personas, que nos ayudan a balancearnos, tales como la respiración consciente y pausada, los movimientos suaves y la relajación.

Existen además, otro tipo de prácticas, en las que se utiliza la imaginación, que pueden favorecer o generar estados de mayor armonía. Uno puede imaginar, por ejemplo, que está en un lugar tranquilo y reparador o imaginar que algo o alguien lo repara (como una cascada, la brisa, los rayos del sol, o bien un sanador o ser espiritual, por ejemplo).

Un ejercicio de imaginación, particularmente útil para las PAS, que se puede hacer sentado o acostado, es el que sigue:

Toma unas cuantas respiraciones profundas con los ojos cerrados.
Relaja el cuerpo desde los pies a la cabeza.
Imagina una perilla o una barra de volumen, con numeración, que indica un volumen máximo de 10 puntos y uno mínimo de 0 puntos. El puntaje equivale en este caso al grado de abrumamiento que sientes.
Fíjate en qué punto está la perilla o la barra de volumen en el momento en que la ves en tu imaginación. Este puntaje refleja el grado en que te sientes abrumado/a al presente.
Ahora, baja el volumen de la perilla o de la barra al punto que te parezca apropiado, y dale unos minutos a tu cuerpo para que sienta la diferencia.
Vuelve a tomar unas cuantas respiraciones profundas y relajate por unos minutos más.
Si es necesario, repite varias veces el quinto paso.

Este tipo de ejercicios pueden producir efectos inmediatos o no tan inmediatos. Es decir, muchas veces es necesario repetirlos varias veces antes de sentir sus efectos.
Generalmente, cuanto más los repetimos, más efectivos se vuelven. Pero eso no quiere decir que al hacerlos dejemos de necesitarlos. Quiere decir, más bien, que tenemos un recurso disponible para regular, en unos pocos minutos nuestro estado, todas las veces que sea necesario. En un estado más calmado podemos reflexionar mejor sobre nuestra situación y ver luego cuáles son los otros pasos a seguir.

Esperamos que esta síntesis te ayude a valorar tu don y a regular sus inconvenientes. Todos los humanos necesitamos aprender a lidiar con algún rasgo, todos necesitamos conocernos y armonizarnos. Eso es, en definitiva, lo que nos ayuda a crecer y a transformarnos.

Eugenia Lerner


Eugenia se licenció en Psicología en la Universidad Nacional de Buenos Aires, en 1976 y fue terapeuta sistémica del Centro Privado de Psicoterapia durante 12 años.

Durante más de diez años viajó con frecuencia a Estados Unidos, para realizar su entrenamiento chamánico con destacados maestros: con el antropólogo Michael Harner, director de la Foundation for Shamanic Studies, con el Dr. Serge Kahili King, director de Huna Inernational y con Tom Brown, director de Tracking, Nature and Wilderness Survival School.

 

 

 

viernes, 1 de marzo de 2019

Adiós a la no dualidad - Amoda Maa

Traducido del Inglés desde...https://amodasblog.com

 

Adios a la no dualidad.

Adiós a lo que habita en la perfección prístina de lo absoluto. 

Adiós felicidad ilimitada, alegría sin límites, paz ilimitada ... o cualquier cosa sin límites que niegue el polvo y la suciedad de la experiencia humana.

Por favor, no me malinterpreten. No estoy sugiriendo una regresión a la ignorancia de la verdadera naturaleza. No estoy sugiriendo una resignación a la reactividad del ego. No estoy sugiriendo que nos perdamos en las olas y olvidemos que somos el océano. Solo estoy invitando a una visión mucho más amplia que cualquier visión desde un estado trascendente.

Sí ... despertar del sueño de la separación, es estar libre del sufrimiento de "mí y mi historia". 

Sí ... encontrarse con la realidad sin la superposición de una mente dividida, es estar libre de las vicisitudes del mundo. 

Sí ... saber que hay un ser en el centro de todos los seres, es estar libre del miedo a la muerte.

Pero el aferrarseal "no-yo" o el tratar de ser "sin ego", nos mantiene atrapados en la cima de la montaña. 

Fingir que no tenemos deseos, fingir que no sentimos dolor ni pérdida, fingir que no nos impulsa el impulso interno de crecer y evolucionar, es una vieja y ansadora mentira.

Durante demasiado tiempo, el absoluto ha sido el rey. 

Durante demasiado tiempo, hemos tratado de deshacernos de los pensamientos, trascender las emociones, abandonar nuestra humanidad. 

Durante demasiado tiempo, nos hemos enredado en una fantasía espiritual incorpórea, desapegada y desapasionada en la que "no pasa nada" y "nadie está haciendo nada".

Pero amigos, la iluminación no erradica nuestra humanidad. 

No dejes que milenios de tradición espiritual te atrapen con este mito. 

Incluso aquellos que están espiritualmente iluminados son humanos. 

E incluso los maestros espirituales son humanos. 


Tal vez es hora de que admitamos nuestra vulnerabilidad,  la profundidad de nuestros sentimientos; que admitimos que a veces nos sentimos confundidos o asustados o quebrantados.

Tal vez es hora de que aceptemos el sabor agridulce de la vida en la Tierra, dando la bienvenida a nuestra ternura y a nuestra locura, bailandoy llorando y cayendo de rodillas.

Por favor, no me malinterpreten. 

No se trata de tirar al bebé con el agua del baño. 

Se trata de liberarnos de nociones espirituales, definiciones espirituales y roles espirituales. 

Amigos, no dejen que lo absoluto se convierta en una prisión en la que no podamos respirar. 

Somos mucho más grandes, mucho más ricos y mucho más jugosos que eso.

 Sacudámonos de los grilletes de la espiritualidad, la iluminación, la no dualidad ... y cualquier otra cosa que sofoque toda la amplitud y profundidad de nuestra vitalidad.

Permitamos que la vida penetre en cada parte temerosa, vergonzosa y fea de nosotros y nos abra de par en par, para que podamos conocer la belleza del desastre.

 Encontrémonos con la franqueza bruta del dolor, la desesperación y el horror del mundo.

 Seamos fieles a lo que está aquí, sin trascender, negar o adormecer. 

Dejemos que nuestra humanidad fluya en nuestra divinidad, y nuestra divinidad en nuestra humanidad, y déjelo ir y venir como las mareas que van y vienen.

Adiós a toda división entre espiritual y no espiritual. 


Adiós a toda división entre no dualidad y dualidad. 


Adiós a tratar de ser el océano cuando ya eres el océano ... y las olas también. 

Namaste. 

 
 Amoda Maa

Amoda Maa es una maestra y autora espiritual contemporánea.

Sus enseñanzas son intemporales y refrescantemente modernas, y ofrecen profundos consejos sobre la verdad más allá de la tradición espiritual o la ideología, a la vez que aportan una perspectiva de vanguardia a la investigación espiritual.

Las enseñanzas de Amoda le muestran que el despertar ya no se trata de abandonar o trascender la realidad física para vivir una vida espiritual: se trata del cumplimiento de su destino divino al vivir la verdad de su resplandor interior mientras está en un cuerpo terrenal. A través de estas enseñanzas, estás llamado a anclarte en la perfección prístina de tu luz interior y luego encarnar y expresar plenamente esta luz en medio de la imperfección y la oscuridad del mundo.