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sábado, 26 de febrero de 2022

EL CÍRCULO DE LA VIDA NO TOMA 'PARTIDOS'

 


Traducido con Amor desde...https://www.lifewithoutacentre.com/


En todo el mundo, y en las noticias todos los días, gente matando gente. Gente de un 'lado' matando gente del otro 'lado'. 

Cada 'lado' alegando que tienen razón. Cada 'lado' se aferra a un dolor antiguo, cada 'lado' no está dispuesto a ser el primero en dejarlo ir, presentando todas las razones del mundo por las que no pueden y no lo harán.

Una trágica historia tan antigua como la humanidad misma.

¿Cuándo despertaremos al hecho obvio de que todos somos la misma Conciencia disfrazada? 

Que no importa quiénes creamos que somos, no importa cómo aparezcamos, más allá de nuestras historias, nuestras religiones, nuestras nacionalidades, nuestras creencias, el color de nuestra piel, nuestros pesados ​​pasados ​​y futuros inciertos, todos somos expresiones del Uno.

Que en verdad no hay israelíes ni palestinos, judíos ni cristianos, musulmanes ni budistas, ateos ni agnósticos, republicanos ni demócratas, gurús ni discípulos, que esas imágenes jamás podrán definirnos. 

Lo que realmente somos en el nivel más fundamental es indefinible, misterioso, nunca fijo o separado, nunca identificado con una imagen, así como el vasto océano nunca puede ser definido por sus olas.

La conciencia no tiene religión ni nacionalidad. Da a luz a palestinos e israelíes, iraquíes y estadounidenses, luz y oscuridad, el yin y el yang del mundo de los sueños en constante cambio.

Como conciencia misma, cuando nos lastimamos unos a otros, solo estamos lastimando a nuestros propios hermanos y hermanas, a nuestros propios parientes, a oleadas de nosotros mismos. 

Sólo estamos luchando contra los reflejos de nuestro Rostro original. 

Solo estamos matando a los que amamos, antiguos amigos de hace mucho tiempo.

La guerra exterior nunca ha conducido a la paz interior. 

¿Cuánto más derramamiento de sangre? ¿Cuánto más dolor? ¿Cuántos hombres, mujeres y niños más deben desaparecer en el infinito antes de que despertemos?

Ese niño sangrante es mío.

El círculo de la vida no toma 'lados'.

-Jeff Foster.



EL DESPERTAR

 


Traducido con Amor desde...https://www.lifewithoutacentre.com/

 

Una vez fuimos un gran Equipo. Una verdad, una familia.

Nacidos como Uno, nos dividimos. Tribus, facciones, clanes, naciones, religiones, ideologías, ejércitos.

Mi Dios contra tu Dios. Mi verdad contra la tuya.

Nos mataos unos a otros en números incalculables.

Dejamos de escucharnos, dejamos de mirarnos a los ojos.

Caímos en el delirio, adorado en el altar de la creencia

 Algunos de nosotros, ahora despertamos.

Una familia de nuevo; un equipo.

Nos reconocemos a nosotros mismos y a los demás como 

Presencia; no muchas presencias, sino Una.

Sin religión, sin linaje.

Diferencias, sí; pero ninguna separación esencial.

Celebrando nuestra diversidad, recordando nuestra naturaleza compartida.

A medida que se intensifica la ilusión, también lo hace la llamada a despertar.

A medida que las sombras se hacen más intensas y oscuras, la fuente de Luz se hace más evidente y clara.

 La oscuridad es sólo un llamado a la luz.

A medida que el ego muere, ruge.

Dos no pueden convertirse en uno, por supuesto, pero Uno puede recordar que realmente nunca fue dos.

Quizá aún tengamos una oportunidad.

 

-Jeff Foster.

 



viernes, 11 de febrero de 2022

La Presencia-Dr. David Hawkins


 



 

Un profundo silencio lo impregna todo alrededor, y el movimiento se ralentiza y se serena. Todo irradia una intensa vitalidad. Todas y cada una de las cosas son conscientes de todas y cada una de las demás. La cualidad luminosa de la radiación es abrumadoramente Divina en su naturaleza. Lo abarca absolutamente todo en su total Unidad, de manera que todas las cosas   están interconectadas, en comunicación y armonía, a través de la conciencia y por el hecho de compartir la cualidad básica de la esencia de la misma existencia.

La Presencia es un continuo que ocupa completamente lo que era previamente, ante la percepción ordinaria, un espacio vacío. Esa Consciencia interior no es diferente del Ser, pues impregna la esencia de todo. La Conciencia es consciente de su propia consciencia y omnipresencia. La existencia es Dios, y su expresión, tanto en la forma como en la no forma, impera igualmente en todos los objetos, personas, plantas y animales. Todo se halla unido por la Divinidad de la existencia.

Esa Esencia penetrante lo incluye todo sin excepción. Los muebles de la habitación son iguales a las rocas o a las plantas en su importancia o trascendencia. Nada queda fuera de la Totalidad omniabarcante, total, completa, que no carece de nada. Todo es de igual valor, porque el único valor real es la Divinidad de la existencia.

Eso que es el Ser es total y completo, y está igualmente presente en todas partes. No existen necesidades, deseos o carencias. Ninguna imperfección ni discordia es posible, y todo objeto parece una obra de arte, una escultura de belleza y armonía perfectas. La Sacralidad de toda la Creación es la reverencia que todas y cada una de las cosas muestran por todas y cada una de las demás. Todo se halla imbuido de un gran esplendor, y todo guarda silencio en su sobrecogimiento y reverencia. La Revelación infunde una serenidad y una Paz infinitas.

Al contemplar el cuerpo, este se revela igual a todo lo demás: sin pertenecer ni ser poseído por persona alguna, igual a los muebles u otros objetos, y simplemente una parte más de Todo Lo Que Es. No existe ninguna sensación personal acerca del cuerpo, y no hay identificación alguna con él. Se mueve espontáneamente, ejecuta correctamente sus funciones corporales y camina y respira sin esfuerzo. Esta autopropulsado y sus acciones vienen determinadas y activadas por la Presencia. El cuerpo es simplemente un ―eso‖, igual a cualquier otra ―cosa‖ en la habitación.

En la superficie, las palabras suenan superficiales; pero en el nivel más profundo, tienen penetrantes implicaciones espirituales.

Serenada por el Silencio de la Presencia, la mente se encuentra silente, sin palabras. Ninguna imagen, concepto, o pensamiento se sucede. No hay nadie que los piense. Al no haber ninguna persona presente, no hay quien piense ni quien actúe. Todo sucede por sí mismo, como un aspecto más de la Presencia.

En los estados de conciencia ordinarios, el sonido se impone sobre el fondo del silencio y lo reemplaza. En cambio, en la Presencia, sucede lo contrario. Aunque el sonido es perceptible, se encuentra en el fondo. El Silencio se impone de tal modo que no se ve interrumpido ni desplazado por el sonido. Nada trastorna su serenidad ni interfiere en su paz.

No hay más que un estado constante de Ahora. No hay acontecimientos ni sucesos porque todo comienza y termina, todo empieza y acaba; los acontecimientos solo tienen lugar en la conciencia dualista de un observador. En ausencia de esta, no hay sucesión de acontecimientos que puedan ser descritos o explicados.

En lugar de un pensar, hay un conocer auto revelado que imparte un entendimiento completo, que se explica por sí mismo a través de su refulgente esencia. Es como si todo hablara silenciosamente y se presentara en su totalidad en la absoluta belleza de su perfección, manifestando de este modo su gloria y revelando su Divinidad intrínseca.

En el mundo ordinario, solo se puede tocar la superficie de las cosas; pero, en la Presencia, la esencia más profunda de cualquier cosa se halla entremezclada con la de todas las demás cosas. En su contacto con la esencia interior de todo, uno es consciente de que la Presencia está siendo sentida por todas las demás cosas, objetos o personas.

El poder de su suavidad es ilimitado e impregna Todo Lo Que Es, y de su poder surge la propia existencia, que es tanto creada por el poder como, al mismo tiempo, sustentada por él. En ningún lugar hay vacuidad, dado que la Presencia llena tanto el espacio como el interior de los objetos. Cada hoja sabe cómo está siendo experimentada por todo lo demás y comparte el gozo de la Divina Presencia.

Todo se halla en un estado de silencioso regocijo, por cuanto su conciencia es una experiencia de la Divinidad.

La apariencia humana ha asumido un aura totalmente nueva. El Ser Uno resplandece en los ojos de todos. Todos los rostros irradian y todos son igualmente hermosos.

Lo más difícil de describir es la interacción entre las personas, que se mueve en un nivel diferente de comunicación. Existe un amor obvio entre todos. Sin embargo, sus palabras cambian de tal manera que toda conversación se convierte en algo amoroso y pacífico. El significado de las palabras que se escuchan no es el mismo que el que encuentran los demás al escucharlas. Los significados de las propias palabras han sido transformados a un plano superior por los yoes superiores de las personas implicadas unas con otras, y la comunicación de la comprensión se encuentra en un plano superior.

Al ignorar a los yoes inferiores, los yoes superiores se comunican entre si directamente, y los yoes ordinarios de las personas parecen no ser conscientes de ese nivel superior de conversación que está teniendo lugar. Al mismo tiempo, las personas sienten intuitivamente que algo diferente a lo habitual está sucediendo. La presencia consciente del Ser crea un campo de energía que resulta sumamente agradable a las personas. Este campo de energía lleva a cabo lo milagroso y trae armonía a los acontecimientos, junto con cierta sensación de paz a todos los que lo experimentan.

La Creación es el Presente y el Ahora. Este Ahora es continuo, de modo que no son posibles ni los principios ni los finales. La visibilidad, o la materialidad en sí, no son más que fenómenos sensoriales y no una condición necesaria para la existencia, la cual en si misma es sin forma y sin embargo intrínseca a toda forma. Dado que todo está siempre en proceso de creación, todo es una expresión de la Divinidad, o de lo contrario no tendría la capacidad de existir en modo alguno.

Todos los seres que sienten son iguales. Solo la manifestación material está sujeta al cese; y la esencia no se ve afectada, y conserva la potencialidad de reaparecer en forma material.

La naturaleza de la creación, que está más allá del tiempo, del espacio y de la causalidad, se revela por sí misma y se presenta a la consciencia de la Conciencia como un don de la Presencia. Todas las cosas son intrínsecamente sagradas en la divinidad de su creación. Cuando la crítica y la discriminación de la percepción dualista se dejan a un lado, se revela la perfección y la belleza absoluta de todo.

Debido a que la naturaleza de la Creación no es evidente para la conciencia ordinaria, la mente manipula enigmas sin respuesta, por ejemplo, ¿cómo puede un Dios ―bueno‖ permitir tanto ―mal‖? Más allá de la percepción dualista y de las categorías arbitrarlas de la manifestación, no hay nada bueno ni malo que explicar, y se puede ver que el universo es, en sí mismo, inofensivo. La mente humana construye sus escenarios de objetivos y deseos, y los acontecimientos pueden coincidir con ellos o no. Tanto la tragedia como la victoria tienen lugar solo dentro de las limitaciones de la mente dualista y no son independientes de la realidad. Todo lo que hay en este mundo parece surgir y luego disolverse dentro de las limitaciones de la percepción. Pero, en la medida en que la Realidad esta más allá del tiempo, el espacio y la forma, es irrelevante si una ―cosa‖ o una ―persona‖ existen durante una décima de segundo o durante miles de años. Así, el empeño por vivir unos cuantos años más o incluso unos pocos instantes más se antoja una ilusión vacía, porque la existencia no se experimenta en modo alguno dentro del tiempo. Este instante es la única realidad que está siendo experimentada; todo lo demás es una abstracción y una construcción mental. Por lo tanto, uno no vive en absoluto setenta años; solo este mismo instante fugaz es posible.

En la realidad de la no dualidad, todo está completo, y el deseo se sustituye por el aprecio.

La totalidad de la Unidad del Todo no se puede experimentar.

 Más bien, se conoce en virtud de serla.

El Yo del Ser es el Ojo de Dios presenciando el despliegue de la Creación como Ahora.

 


 

Resumido del Cap.1 de “El Ojo del Yo”

 

 



martes, 30 de noviembre de 2021

A Dios le encanta jugar al escondite - Alan Watts

 





La mayoría de nosotros tiene la idea de que "Yo mismo" es un centro separado de sensación y acción, que vive dentro del cuerpo físico y está limitado por él; este centro "enfrenta" un mundo "exterior" de gentes y cosas, toma contacto por medio de sus sentidos con un universo ajeno y extraño. Algunas frases de uso diario reflejan esta ilusión: "Vine a este mundo..." "Debes enfrentar la realidad..." "La conquista de la naturaleza".

Esta impresión de no ser más que visitantes solitarios y bastante fugaces, en el universo, está en lisa y llana contradicción con todo lo que las ciencias saben sobre el hombre y otros organismos vivientes. Nosotros no "venimos a" este mundo; más bien salimos, crecemos de él como las hojas de un árbol. Así como el océano genera olas, el universo produce gente. Cada individuo es una expresión de todo el reino natural, una acción única del universo total. Pocas veces, o nunca, los seres humanos pueden experimentar concretamente este hecho. Aun aquellos que teóricamente lo dan por cierto suelen ser incapaces de sentirlo "sensorialmente", y continúan actuando como "egos", aislados en sus bolsas de piel.

El primer efecto de esta ilusión es una actitud marcadamente hostil hacia el mundo "exterior". Siempre estamos "conquistando" la naturaleza, el espacio, las montañas, los desiertos, las bacterias o los insectos en lugar de aprender a cooperar con ellos en un orden armónico.

La segunda consecuencia de sentirnos mentes separadas en un universo ajeno y en general estúpido es que carecemos de sentido común, esto es una forma de comprender el mundo sobre el cual hemos sido reunidos en comunidad. Las opiniones son muchas y muy distintas, y por lo tanto quien toma las decisiones es el más agresivo y violento ―por lo tanto, insensible― de los propagandistas.

Podría creerse que lo que necesitamos es algún genio que invente una nueva religión, una filosofía de la vida, una visión del mundo plausible y genéricamente aceptable para los finales del siglo veinte, a través de la cual todo individuo pueda sentir que la realidad en general y su vida en particular tienen significación. Pero esto, como la historia ha demostrado muchas veces, no es suficiente. Las religiones producen divisiones y reyertas. Son, ellas también, una forma de esa ilusoria "separatividad" porque proceden a separar justos y pecadores, creyentes y herejes, propios y extraños. Aún los liberales religiosos juegan al juego de "nosotros somos más tolerantes que ustedes". Además, como sistemas de doctrina, simbolismo y moral, las religiones se ajustan a instituciones que exigen lealtad, que deben ser defendidas en su "pureza" y ―desde que toda creencia es fervorosa esperanza, y por lo tanto un disfraz para la duda y la incertidumbre― reclaman conversos. Cuanta más gente coincide con nosotros, menos duele la inseguridad de nuestra posición. Al final, uno es comprometido a permanecer cristiano o budista, "venga lo que sea" en materia de nuevos conocimientos. Ideas nuevas e indigeribles son contrabandeadas dentro de la tradición religiosa, aunque resulten inconsistentes con sus doctrinas originales, para que el creyente pueda mantener su posición y declarar - "Ante todo y sobre todo soy un seguidor de Cristo/Mahoma/ Buda/o cualquier otro". El compromiso irrevocable con cualquier religión no es sólo un suicidio intelectual: también un signo de profunda falta de fe, pues cierra la mente a cualquier nuevo enfoque sobre el mundo. La Fe es, por sobre todo, apertura: un acto de confianza hacia lo desconocido.

A Dios le encanta jugar al escondite - Alan Watts

No necesitamos una nueva religión, ni una nueva Biblia. Lo que precisamos es una nueva experiencia, una nueva sensación de lo que es "yo". La percepción ―es decir, la visión profunda y secreta― de esta vida descubre que nuestra normal sensación de uno-mismo es una trampa o, en el mejor de los casos, un papel temporario que estamos jugando, o que hemos sido persuadidos de jugar, con nuestro tácito consentimiento, del mismo modo que toda persona hipnotizada está, básicamente, deseando que la hipnoticen. El tabú más firmemente establecido de todos los que conocemos es ese que le impide a usted saber quién o qué es, detrás de la máscara de su ego aparentemente separado, aislado e independiente.

La percepción del "Yo" como un centro de ser solitario y aislado es tan poderosa y sensata, tan fundamental para nuestros hábitos en el pensamiento y el habla, para nuestras leyes e instituciones sociales, que no podemos experimentar nuestro sí-mismo más que como algo superficial en el esquema del universo. Yo parezco una breve luz que restalla una sola vez en la eternidad del tiempo: un organismo raro, delicado y complejo en la gama de la evolución biológica, en esa zona donde la ola de la vida se desperdiga en brillantes gotas individuales de distintos colores, que resplandecen por un momento tan sólo, para luego desaparecer por siempre. Bajo ese condicionamiento parece imposible, y aun absurdo, entender que el yo no reside en una sola gota, sino en todo el curso de energía que va desde las galaxias hasta los campos nucleares de mi cuerpo. A este nivel, el "Yo" es inconmensurablemente viejo; "Yo" tengo formas infinitas, mis idas y venidas son tan sólo pulsiones o vibraciones de un único y eterno torrente de energía.

La dificultad en comprender esto reside en que el pensamiento conceptual no lo puede apresar. Es como si los ojos estuviesen tratando de mirarse a sí mismos directamente, o como si uno intentara describir el color de un espejo en términos de colores reflejados en él. Así como la vista es algo más que todas las cosas que se ven, el cimiento o "campo" de nuestra existencia y nuestra percepción no puede ser descrito en función de cosas conocidas. Estamos obligados a hablar de ello a través del mito, esto es, a través de metáforas, analogías e imágenes especiales que no dicen lo que es sino a qué se parece. Al usar el mito deben extremarse las precauciones para no confundir la imagen con el hecho, lo cual equivaldría a trepar por una señal en lugar de seguir la ruta que ella indica.

Es el mito, entonces, la forma en que yo trato de responder cuando los niños me formulan esas preguntas metafísicas, fundamentales, que con tanta frecuencia aparecen en sus mentes: ¿De dónde vine al mundo? ¿Cuándo lo hizo Dios? ¿Dónde estaba yo antes de nacer? ¿Adónde va la gente cuando muere? Una y otra vez me ha parecido que se quedan satisfechos con una historia muy vieja y simple, que reza más o menos así:

«No hubo nunca un momento en que el tiempo comenzara, pues va en redondo como un círculo, y en un círculo no existe el lugar donde la línea comienza. Mirad el reloj, que nos dice la hora: gira, y asimismo gira el mundo, repitiéndose una y otra vez. Pero, así como la manecilla del reloj sube hasta doce y baja hasta seis, se suceden la noche y el día, el sueño y la vigilia, la vida y la muerte, el verano y el invierno. No puedes tener ninguna de estas cosas sin la otra, porque no podrías saber lo que es el negro si no lo hubieras visto al lado del blanco, o el blanco si no lo hubieras comparado con el negro.

» Del mismo modo, hay veces en que el mundo es, y otras en que no es, pues si el mundo fuera, sin descanso, por siempre jamás, se cansaría horriblemente de sí mismo. Viene y va. Ahora lo ves; ahora no lo ves. De ese modo no se cansa de sí mismo, y regresa siempre, después de desaparecer. Es como tu aliento; entra y sale, entra y sale, y si tratas de retenerlo te sientes mal. Es también parecido al juego del escondite, porque resulta siempre divertido encontrar nuevos escondites, y buscar a una persona que no se esconde cada vez en el mismo lugar.

» A Dios le encanta jugar al escondite; pero como no hay nada fuera de Dios, no se tiene más que a sí mismo para jugar. Esta dificultad la supera simulando que él no es él. Esta es su manera de esconderse de sí mismo; simula que es tú, y yo, y toda la gente en el mundo, y todos los animales y las plantas, las piedras, y todas las estrellas. De este modo le ocurren aventuras extrañas y maravillosas, algunas de las cuales son terroríficas. Pero estas últimas son simplemente como malos sueños, que desaparecen cuando él se despierta.

» Ahora bien: cuando Dios juega al escondite y pretende ser tú y yo, lo hace tan bien que le lleva mucho tiempo recordar cuándo y cómo se inventó a sí mismo. Pero esa es justamente la gracia del juego, eso es lo que él quería conseguir. No quiere encontrarse a sí mismo demasiado pronto, pues eso estropearía el juego. Por eso es tan difícil para ti y para mi darnos cuenta de que somos Dios disfrazado y oculto. Pero cuando el juego se ha prolongado el tiempo suficiente, todos nosotros despertamos, o dejamos de simular, y recordamos que no somos más que el único Sí-mismo, el Dios que es todo lo que es y que vive por siempre jamás.

» Por supuesto, debes recordar que Dios no tiene forma de persona. La gente tiene piel, y siempre hay algo fuera de nuestra piel. Si no lo hubiera, sería imposible saber la diferencia entre lo que está dentro y lo que está fuera de nuestros cuerpos. Pero Dios no tiene piel ni forma, porque no hay nada fuera de él. El interior y el exterior de Dios son una misma cosa. Dios no es un hombre ni una mujer, aunque he estado hablando de "él", y no de "ella". No dije "ello" porque siempre nos referimos así a cosas que no están vivas.

»Dios es el yo-mismo del mundo, pero no puedes ver a Dios por la misma razón por la que no puedes ver tus propios ojos sin un espejo, y sin duda no puedes morder tus propios dientes o mirar dentro de tu cabeza. Tu yo-mismo está muy bien escondido, porque es Dios quien se esconde.

» Puedes preguntarte por qué Dios, a veces, se oculta bajo la forma de gente horrible, o simula ser personas que sufren enfermedades y dolores. Primero, recuerda que él no hace esto más que a sí mismo. Y también que en todos los cuentos que te gustan debe haber gente mala tanto como buena, pues la emoción de la historia consiste en enterarse de cómo los buenos salen con bien de su encuentro con los malos. Es como cuando jugamos a los naipes. Al principio de la partida los revolvemos todos en un montón, lo cual es similar a la forma en que se dan las cosas malas en este mundo; pero el objeto del juego es poner la mezcla en orden, y el que mejor lo hace es el ganador. Luego volvemos a mezclar, y a jugar, y así también ocurre con el mundo.»

 

Alan Watts