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sábado, 9 de octubre de 2021

ERES DIOS PARA TU MUNDO - Dora Gil

 

"Muchos de nosotros anhelamos un cambio en el mundo y, de un modo u otro, deseamos participar en esa transformación global que vemos tan necesaria. Lo que yo voy comprendiendo es que la pretensión de cumplir un propósito significativo en el mundo no puede estar desvinculada de nuestra vida en este instante, de la inmediatez de lo que hay aquí y de cómo nos situamos ante ello.

Sucede a veces que, buscando un mundo mejor o un papel que jugar en él, nos pasamos por alto que nuestro mundo empieza aquí, en nuestro ambiente interior, en la actitud con la que abordamos cada detalle de nuestro presente. Es la perspectiva en la que nos situamos con respecto a estas sensaciones, estas personas, esta situación, este dolor, esta comida o esta emoción que nos embarga.

Mi mundo es lo que aparece aquí y ahora ante mí. ¿Cómo me sitúo ante él? ¿Lo estoy honrando o inconscientemente lo catalogo como algo de poca importancia que me impide acceder a lo que busco de verdad?

Estas personas que ahora mismo veo, ¿puedo considerarlas las personas adecuadas para mi vida? ¿O creo que no encajan en mi propósito y trato de eludirlas para acceder a otras más preparadas o capaces de entenderme? ¿Cómo me siento en su presencia? ¿Quiero irme lo antes posible? ¿Cómo respiro?

Estos pequeños detalles me informan directamente de cómo me estoy considerando: un pequeño personaje inquieto y buscador o una amplia consciencia que abraza la existencia en cada instante.

Las mejores lecciones que recibo en mi vida no se me revelan en lugares muy brillantes o en situaciones interesantes por su prestigio. Muy al contrario de lo que mi personaje podría esperar, aprendo de verdad al asumir conscientemente las relaciones de menor relevancia para el ego y los lugares que sus conceptos desacreditan y considera insignificantes. Ahí es donde mi corazón va comprendiendo las más profundas verdades de la existencia. En situaciones anónimas, junto a personas simples, la vida hace aflorar el poder del amor en mí y la serena comprensión del ser que nos une a todos. La profunda paz que destilan en mi alma esos momentos, descansa en mí como el criterio de la autenticidad que me revelan.

En realidad, sólo hay dos posibilidades: honrar este instante y estar con él o despreciarlo (casi siempre de forma inconsciente) por no servir a los fines de un personaje que se aferra a su historia.

Si me estoy yendo de este instante, si tengo prisa por salir de él y no le presto atención, puedo estar segura de que estoy en “modo ego”. Es decir, estoy abordando mi vida desde una perspectiva de pequeñez, buscando algo más grande que esto; buscando fuera de mí, lejos de mi hogar.

Si ahora mismo hay espacio en mí para lo que está apareciendo, sea de mi agrado o no, y estoy dispuesta a detenerme si fuera necesario, para contemplar desde ahí lo que experimento, puedo estar seguro de que, naturalmente, me he situado en la amplitud de mi ser, que no necesita otra cosa más allá, porque ya se siente inmenso y lo incluye todo.

 

¿Dónde no queremos estar?

¿Cuáles son las áreas perdidas de nuestra vida?

¿Dónde duele?

¿Dónde nos sentimos indignos, pequeños, olvidados? ¿Dónde preferimos no mirar?

¿Dónde hay pobreza, vacío, dolor, necesidad?

¿Dónde experimentamos miedo, culpa, ansiedad, ganas de salir corriendo?

 

Aquí es donde se nos ofrece la oportunidad, aquí es donde nuestra consciencia puede abrirse. Aquí, en lo escondido, es donde puede despertar nuestro ser más profundo. Ahí es donde nuestra verdadera naturaleza tiene la oportunidad de expresarse.

Cuando aprendemos a permanecer, en lugar de evitar, nos estamos conociendo como luz, como liberadores de nuestro mundo. “Vosotros sois la luz del mundo”, decía Jesús.

En realidad, esto es lo único que necesitamos: iluminar y llenar de amor todo aquello que aflora en nuestra experiencia presente: sensaciones, emociones, pensamientos. Contemplar en la luz de la consciencia y permanecer, no asustarnos. Acoger, abrazar y así permitir que ese mundo amenazador que creamos y en el que creímos se disuelva.

Sí, que se disuelva lo ilusorio. Nuestro sufrimiento es el efecto de haber creído en algo que no es verdad. En haber dado crédito a la idea de separación y haberla cultivado hasta el punto de habernos identificado como seres aislados de la vida. Eso duele, eso genera tanto malestar que no lo soportamos. Pero si seguimos evitándolo, rehuyéndolo, resistiéndonos, lo que hacemos es darle entidad y seguir inmersos en la ilusión.

Nuestro hogar es el momento presente. Nuestro reino, nuestra función, todo nuestro mundo está aquí. Subyaciendo al discurrir normal de la superficie de nuestra vida, muchas criaturas exiliadas, doloridas, avergonzadas, reprimidas, hambrientas, solas, recluidas en las sórdidas y frías estancias de nuestra inconsciencia, esperan su liberación.

Nosotros somos su dios. Dios se expresa a través de cada ser humano que nace con la misión de rescatar del olvido a tantas criaturas rechazadas, de iluminar su propio mundo interno, el único al que tenemos acceso: nuestras emociones, pensamientos y percepciones moviéndose en el espacio interior y generando todo tipo de sensaciones en nuestro pueblo de células.

Para ello se nos ofrecen las imágenes perfectas que ilustran nuestra tarea: las personas y situaciones que, como en una película, desfilan ante nosotros representando a la perfección nuestro mundo interior. Escenas de temor, de amor, de alegría, de dolor, de rencor, de necesidad…van despertando en nosotros todas las emociones necesarias para permitirnos mirar profundamente. Si las atendemos, nos ponen en contacto con la fuente de esa representación proyectada: nuestra percepción de la realidad, nuestra comprensión sesgada de la vida.

Curiosamente, todas estas áreas son las más próximas a nosotros (el prójimo). Lo más íntimo y cercano es, con frecuencia, lo que tiene más poder para mostrarnos lo que necesitamos mirar. Sin embargo, es lo más despreciado por el ego, que busca siempre más lejos lo que cree que es mejor para sentirse especial.

 

Si aprovechamos cada instante para disolver el velo de la ilusión que nos oculta lo real, mirando profundamente, nos podemos reconocer como lo que realmente somos: Dios para nuestro mundo, libertadores de un pueblo adormecido en el olvido de su verdadera naturaleza.

Necesitamos perder el miedo a sentir. Permanecer abierta y amorosamente en medio del sufrimiento es la mejor manera de demostrarnos lo que somos. Eso fue lo que Jesús hizo. Desoyendo la necesidad de escapar de lo que parecía amenazarle, permaneció afirmando su verdadera identidad, inviolable. Abrazando el dolor más intenso, le privó de su imaginaria capacidad de destruir lo indestructible: lo que somos de verdad.

Para esto hemos nacido. Para acoger en nuestro hogar interior todo lo que hemos dejado de lado por creernos separados de ello, por interpretarlo como una amenaza para nuestra identidad. Necesitamos demostrarnos que somos amor para todo, incluyendo incluso lo que nuestra pequeña mente no comprende y evita. Permaneciendo en este instante, en esta respiración, en este paso, en este encuentro, en esta sensación que se nos presenta tan temible... Permaneciendo y amando. Sin separarnos de nada. Quedándonos y ofreciendo espacio a todo. Por pequeño, insignificante o doloroso que nos parezca.

 

Sólo necesitamos entrar completamente en la experiencia de este momento."

 

Extraído del libro "Del hacer al ser" , de Dora Gil,Editorial Sirio.

Capítulo 5 "La luz del ahora".

 

domingo, 3 de enero de 2021

TODO ES AMOR- Dora Gil

Lo que acabo de escribir puede resultar chocante. Pudiera incluso despertar rechazo, como tantas otras expresiones tan "espirituales" que no parecen reparar en la cruda realidad cotidiana. Yo he sentido este rechazo con frecuencia.

Muy bonitas palabras, sí, pero se saltan muchos aspectos de la experiencia que nos muestran justo lo contrario: que aquí lo que falta es amor o que no lo hay en absoluto. ¿Qué me dices de los homicidios, los enfrentamientos armados, el hambre, las violaciones de los derechos humanos... a nivel mundial? Y, a nivel más cercano, ¿no ves la falta de respeto, el abuso, las expresiones de agresividad, la soledad, el abandono... que se viven en las relaciones y en nuestro fuero interno...? ¿Hay amor ahí? ¡Yo no lo veo!

Efectivamente, desde la pequeña óptica de la personalidad que creemos ser, esta visión no es posible. Centrada en un mundo de cosas que interpreta y juzga desde su percepción restringida, no tiene acceso a una contemplación más completa.

Hemos olvidado nuestra amplitud, nuestra naturaleza profunda y esencialmente amorosa, la unidad indisoluble que somos. Contraídos por el miedo que produce este olvido, sumidos en una intensa sensación de desamparo y separación, nos dedicamos a defender a toda costa ese sentido del yo tan precario con el que nos hemos confundido. En él hemos basado nuestra seguridad y nos parece que todo podría amenazarlo. Nuestra percepción, basada en este miedo, selecciona los aspectos de la realidad que lo confirman y eso es lo que vemos.

El recuerdo del amor que somos, sin embargo, sigue vivo en nuestro corazón, pero desde el encapsulamiento de nuestra mente, no podemos experimentarlo. Lo que hacemos es tratar de evocarlo o buscarlo, pedirlo o luchar por crearlo en los estrechos límites en los que nos movemos.

Desde ahí, no podemos hacer mucho más que eso. Damos atención a lo que creemos puede sostener nuestro sentido del yo o engrandecerlo. Cuidamos todas las circunstancias que parecen apoyar nuestra precaria identidad y evitamos o rechazamos lo que parece amenazarla. Protegemos a nuestra familia y miramos con desconfianza a otras; somos amables con gente que nos reconoce y evitamos o atacamos situaciones en las que pasamos desapercibidos. Podemos sentir tanta frustración o dolor al sentirnos ignorados que reaccionemos con violencia o resentimiento. En el fondo, buscamos amor, ése que hemos olvidado, y lo esperamos de circunstancias tan limitadas, que vivimos aterrorizados de perderlo.

Tenemos miedo y éste, cuando es intenso, puede tomar formas de intensa reactividad, de ira o violencia. Más profundo es el temor, más dramáticas son sus expresiones de defensa. Más vacío de amor sentimos, más dislocadas y compulsivas son las expresiones que lo buscan. Sin embargo, todas ellas, en el fondo, son una búsqueda, una petición desesperada de amor bajo formas que nos impresionan tanto que no podemos ver el anhelo del que surgen.

Detrás de cada manifestación que nunca relacionaríamos con el amor, está el amor. Eso sí, circulando por circuitos muy cerrados, pero no puede ser más que ESO, pues es lo único que existe. AMOR es la sustancia del universo. El miedo a perderlo, es también amor. Modulado por una falsa comprensión de lo que somos, sí, pero una expresión anhelante de amor.

Como se dice en Un Curso de Milagros, o estamos expresando amor, o estamos pidiéndolo.

Eso no significa que tengamos que responder a esas peticiones disfuncionales de amor en la forma en que se nos están ofreciendo. Ni que tengamos que estar de acuerdo o soportar resignadamente situaciones dañinas ni justificarlas. No, no se trata de eso.

Estoy hablando de una mirada más profunda, que no tiene que ver con el comportamiento.

La mirada de la comprensión, que cambia por completo nuestra perspectiva.

Cómo se transforma mi vida si, en cualquier situación que mi mente considera "no amorosa", en vez de juzgarla o luchar por cambiarla, puedo detenerme y reconocer el amor del que surge, más allá de la forma en que se está presentando. Es un reconocimiento íntimo que, por sí solo, va permeando mi vivir. Esta posibilidad abre la puerta que la mente limitada parece cerrar con sus juicios implacables: la puerta del Corazón, la verdadera consciencia que somos.

Podría parecer que ello supondría perpetuar situaciones de abuso u otras parecidas. En mi experiencia, cuanto más consciente soy del amor que hay detrás de cada detalle de lo que observo (tanto en mí como en eso que parece externo), más amor siento y menos deseos de perpetuar nada que limite esa consciencia que abraza lo que veo.

Atrevámonos a ir más allá de los disfraces, de las interpretaciones sesgadas de la mente miedosa que siempre trata de protegernos... Ella nos ama a su manera: como una voz antigua, una vieja abuelita que, sin más recursos y con mucho miedo, trata de proteger a sus nietos: "ten cuidado", "defiéndete", "eres muy débil", "no eres capaz", "te quieren hacer daño", "no es bueno sentir eso"... No es mala, podríamos decir que la mueve el amor, pero vehiculado por una mentalidad caduca y estrecha. No necesitamos rechazarla. Podemos mirarla con agradecimiento por su tarea y dejarnos mover desde un lugar más auténtico: la consciencia que somos, el verdadero amor que mueve el universo.

 

 https://www.doragil.com/post/todo-es-amor

sábado, 2 de enero de 2021

“¡He hecho tanto por ti!” o la cuestión del SACRIFICIO - Dora Gil

 

“Te lo he dado todo y mira cómo me lo agradeces...”, “He hecho tanto por ti...” ¿Te resultan familiares estas frases?

Así suele el pequeño yo comprender lo que llama amor: hacer cosas por los demás. Cosas que les satisfagan, que les hagan sentir bien, que cubran sus necesidades y, en última instancia, cosas que les harán sentirse agradecidos o en deuda con nosotros.

Esta última parte no nos la confesamos, evidentemente: “A mí me gusta dar, lo hago porque me sale así, soy muy servicial...” Y puede que, en muchos casos y sobre todo al principio de nuestras relaciones, o en momentos de bienestar, sea así.

Sin embargo, este gusto por dar, que es muy natural, suele tornarse en la obligación de seguir haciéndolo para mantener así una imagen de buena persona ante los demás o, secretamente ante nosotros mismos.

Hemos crecido en nuestra cultura judeo-cristiana con una mala comprensión del término sacrificio. Vivimos con la creencia de que, para que una relación funcione, tenemos que sacrificarnos por la otra persona, entendiendo por ello renunciar a lo que es importante para nosotros en favor de lo que es importante para la otra persona.

Hemos entendido muy mal aquello de “Olvídate de ti” con el que se suele definir en términos cristianos el amor. O el... “Niégate a ti mismo”, con el que hemos justificado ese abandono de nuestra propia vida. A pocos se nos ocurre cuestionarnos el significado real de esa frase que, sin quererlo, nos ha condicionado tanto. Si prestas atención a tu monólogo mental, quizás encuentres una voz interna que te dice “Eres un egoísta”. O su reflejo externo, a través de alguien de tu entorno que tiende a juzgarte así

¿Qué significa “Olvidarse de sí”? ¿Cuál es el verdadero sentido de “Negarse a sí mismo”?

Para mí, ni más ni menos que olvidarse de ese pequeño yo que nos hemos construido, ese personaje hacedor que trata de validarse a sí mismo haciendo cosas. Ese pseudo-yo que se esfuerza por los demás preguntándose qué debe hacer o no hacer para seguir siendo amado; que juzga o trata de adivinar las opiniones del otro para quedar bien ante él, es el que necesita ser “olvidado” en nuestra vida, y en especial en nuestras relaciones, si queremos recuperar la autenticidad en ellas.

Olvidar a este es dejar de identificarnos con él y recordar nuestra verdadera naturaleza, nuestro ser, que no necesita hacer nada para conseguir nada. Como está en paz, se experimenta muy abierto y puede ofrecer todo su espacio a quien tiene delante, ya que no tiene nada que defender. Así “se olvida de sí mismo”, pues no necesita mantener una imagen aprendida ante el otro ser humano. Su consciencia, libre y abierta, puede estar fascinada ante el rostro y la vida que tiene ante sí, ante la riqueza del momento.

Un poco diferente de la noción de olvidarse de uno mismo sacrificándose para que el otro esté bien.

Si lo miramos bien, es un concepto totalmente anti natural, egoico y, sobre todo, imposible por la incoherencia vital que supone. ¿Cómo puedo darte felicidad privándome yo de ella?

Pero miremos aún un poco más esta cuestión del sacrificio:

¿Quién se sacrifica? ¿Qué sacrifica? ¿Para qué? Es muy importante la comprensión de este asunto, porque en mi experiencia, es la raíz de mucho sufrimiento en nuestras relaciones.

La creencia en el sacrificio es una base fundamental del sistema de pensamiento del pequeño yo. Viviendo desde esta frágil identidad, para muchos de nosotros la tendencia a sacrificarnos está tan firmemente instalada después de muchos años de esfuerzo que nos cuesta concebir la libertad de soltar ese peso. Sobre todo porque creemos que sufriríamos al asumir como ciertas todas esas connotaciones de egoísmo con las que hemos venido revistiendo el ser coherentes y honestos con nuestra vida.

Tememos sentirnos muy culpables si dejamos de sacrificarnos por los demás. Así que, dejamos de lado nuestra conexión interna, nos privamos del tiempo y el espacio necesarios para cultivar nuestra paz y pretendemos darles a otros ese sustento. Esto es lo que sacrificamos: presencia en nuestra vida y coherencia con ella.

Sin esta autotraición, nos creemos egoístas. Pero lo verdaderamente egoísta o egoico es vivir desde el temor del pequeño yo a no ser amado y forzarse a hacer constantemente méritos para sentirse seguro de su bondad. El objetivo latente del sacrificio suele quedar muy oculto. Tras el esfuerzo y la renuncia, hay una intensa búsqueda de amor o necesidad de nutrir una identidad buena que nos dé seguridad. Si no buscáramos algo, no seríamos capaces de sostener tal violencia hacia nuestra propia vida.

Y lo más cruento del asunto es que, una vez que nos hemos esforzado por satisfacer al otro, suele suceder que ese otro no nos lo agradece. No se da cuenta. No nos ofrece lo que esperábamos secretamente.

Es más, puede que hasta se llegue a sentir incomodado por tanta atención desenfocada.

Y ahí surge el consabido “Con lo que yo me he sacrificado...” Y la culpabilización de la otra persona que, si no está anclada en su consciencia, será presa fácil de un sentimiento pesado de malestar por no sabe corresponder a tantos favores que quizás, en realidad, no había pedido. O, si lo había hecho, no era necesario satisfacer forzosamente.

En fin, todo un mundo en confusión al que nos lleva la falta de conexión y de confianza en nuestro verdadero SER que, intuitivamente, puede guiarnos en cada instante de nuestra vida sin tener que hacer ningún sacrificio para contentar a nadie.

Cuando abandonamos nuestra vida para ocuparnos de las de los demás,

siempre encontramos lo que más necesitamos:

el reflejo del desamor con el que nos hemos tratado.

Y este es el gran regalo disfrazado.

El malestar que experimentamos nos dirige de nuevo hacia nosotros mismos.

¿Cómo si no, íbamos a darnos cuenta alguna vez

del sufrimiento que nos estábamos causando?

 

La palabra sacrificio significa etimológicamente, hacer sagrado. Todo lo contrario de lo que entendemos desde la mente superficial. Para mí, el hacer sagrado, es precisamente, dejar de hacer cosas para conseguir algo; soltar la identificación con el personaje con el que nos limitamos y sacrificar sus pensamientos y sus impulsos automáticos con los que nuestras preciosas energías son despilfarradas nutriendo una identidad fraudulenta. Dejamos de alimentarlos, simplemente, al no darles nuestra credibilidad, observándolos simplemente. No requiere esfuerzo, es un estado de contemplación lleno de lucidez en el que son sacrificadas o transformadas todas esas energías de la inconsciencia al dejar de invertir en ellas. Al liberarse, vuelven a su fuente, pudiendo expresar todo su poder creativo.

 

 

 Del libro "DEL HACER AL SER"

Editorial Sirio.

Del Capítulo 7: "Tus relaciones, la vía directa hacia ti"

viernes, 1 de enero de 2021

TU VERDADERO PODER – DORA GIL

 

Nos enseñaron a creer que la fuente del amor que sentíamos eran los objetos, las personas o las situaciones que vivíamos. Por eso, pasamos mucho tiempo de nuestra vida buscándolos, añorándolos, deseándolos, tratando de conseguir que fueran perfectos… Y sufriendo ante la posibilidad de perderlos.

Pero… ¿y si la verdadera fuente del amor que experimentamos no estuviera localizada en ningún objeto, sino que brotara inagotablemente de la profundidad de nuestra consciencia, de la espaciosidad que somos en esencia?

  ¿Te imaginas lo que supondría saber que el amor que experimentas no depende tanto de lo que sucede sino de ese infinito caudal de vida que sostiene y envuelve eso que contemplas?

 ¿Y si cayéramos en la cuenta de que cada objeto que aparece ante nosotros, está siendo realmente envuelto por esa consciencia cuya dulzura e inocencia es la sustancia que satura toda experiencia? ¿Y si sólo necesitáramos detenernos y darnos cuenta?

Si realmente esto es así, imagínate qué espléndida perspectiva se abre en este instante. Todo, absolutamente todo lo que te rodea, te está ofreciendo la posibilidad de reconocerte como amor, pura consciencia abierta. Ya no dependes de que los sucesos, relaciones o situaciones que vives sean de una determinada manera. Todo lo que experimentas en tu interioridad, te agrade o no, te está invitando a la misma vivencia.

Requiere, eso sí, abrirnos a admitir que eso que llamamos amor no es una cadena de bonitos sentimientos, sino la inmensa capacidad de abrazar, incluir y reconocer la esencia de todo lo que existe. Esa capacidad vive en ti, esperando ser descubierta.

Imagínate por un momento más que las circunstancias, personas, percepciones, pensamientos o emociones que menos amor te inspiran estuvieran ahí, precisamente, invitándote a descubrir, gracias a ellas, la amplitud de tu consciencia amorosa, no dependiente de las formas en las que la vida se manifiesta.

¿Intuyes el poder y la libertad que yacen escondidos en esta posibilidad?

Y… espera, imagina un poco más conmigo: ¿y si tras cada una de esas formas que nuestra mente desprecia, estuviera latiendo, respirando, vibrando y sintiendo la poderosa y amorosa vida que impulsa el latir de tu corazón, que mueve las galaxias y orquesta la danza irrefrenable de las partículas subatómicas que te constituyen? ¿Admitirías que esa vida, la vida que te ama, de la que todo surge, está ahora expresándose bajo esas formas curiosas que la mente rechaza?

 Parece un poco loco, pero nos trae, por fin, a lo más divertido: ¿Y si todo esto no fuera sino un juego dedicado al descubrimiento de esa vida tras los infinitos disfraces con los que se presenta? Imagina la unidad queriéndose conocer como diversidad, disfrazándose de objetos, experiencias, infinitos rostros y apariencias, esperando ser reconocida.

“No te detengas en mi forma —susurra desde dentro de cada una de ellas— es sólo un velo que me oculta, por muy sólido e impenetrable que te parezca. Soy yo, tu vida, queriendo ser desvelada. Atrévete a contemplarme desde el espacio profundo del corazón.”

 Imagina la unidad queriéndose conocer como diversidad, disfrazándose de objetos, experiencias, infinitos rostros y apariencias, esperando ser reconocida.

 Y quizás, tentado por esa inédita posibilidad, das un paso hacia adelante y te aventuras en lo incierto, desoyendo las resistencias de tus sentidos y de tu mente pequeña. Y te lanzas al juego, te desmelenas, saliendo de lo controlado y conocido. Y descubres, como la Bella del cuento, que tras el disfraz de la Bestia, se hallaba la hermosa presencia que siempre habías esperado. Creyendo que sólo la encontrarías bajo formas bonitas o estereotipadas, te habías privado del gran descubrimiento.

Tu verdadero amor, sin embargo, esa sustancia que es tu esencia, no soporta esa contención y quiso derramarse para que te descubrieras y lo descubrieras, más allá de la forma, devolviéndote a la esencia.

Libre, transparente, radiante, como un inmenso espacio de calidez inagotable, amor es lo que eres. Nuestra experiencia, bajo todas sus formas, es el tablero en el que jugamos a descubrirlo, enamorándonos de cada una de ellas, al saberlas expresiones de una única consciencia.

 

– Dora Gil

https://serlibremente.com/tu-verdadero-poder-dora-gil/ 

No te separes - Dora Gil

 

No te separes de este momento
pensando sobre él, o tratando de resolverlo.
Únete a este instante como a tu hijo más querido:
dale tu aliento,
intima con su latido.
Sé el cálido espacio que lo envuelve.
Amar no requiere esfuerzo.

La separación no existe en el universo. La vida es como una gran corriente, siempre avanzando, de la que todos formamos parte. Mentalmente, sin embargo, nos desvinculamos de su flujo. Elucubramos sobre la existencia, queremos cambiarla, nos quejamos de las formas que va adoptando, de lo que va sucediendo. Y así nos desgastamos, vamos contracorriente y terminamos agotados. La separación es un esfuerzo artificial y costoso.

¿Cómo experimentar la unidad?

Unirnos a la vida es conectarnos íntimamente con el momento presente.

Sintonizar con la existencia espaciosa que siempre está ahí, tocándonos, sosteniéndonos, nutriéndonos y respirándonos. Esta conexión intima es el anclaje que necesitamos para descansar en lo que es real y contemplar todo lo que sucede desde esa amplitud.

La atención consciente nos permite volver a casa, al hogar del que nos alejamos, y sentir de nuevo, respirar de nuevo la vida que siempre ha estado ahí, nutriéndonos. Esto lo sabemos, nos lo repetimos con frecuencia. Sin embargo, saberlo no es suficiente.

 

En realidad, todo se reduce a esto:
NO TE SEPARES.
ESTO es lo único que te corresponde atender.
Nada más.
La única invitación.
Y no es un trabajo, ni un esfuerzo.
Es pura intimidad con tu vida de este instante.

No te vayas, no menosprecies esta oportunidad única.
La vida está aquí,
viviéndose en este paso, en este aliento, en esta sensación difícil...
Desde el momento en que nos quedamos prendidos
de lo que la pequeña mente juzga, opina o decide sobre esto,
ya no estamos presentes.
Nos separamos mentalmente.
Juzgar la vida es una ruptura dolorosa,
pues nos aleja inmediatamente de su experiencia directa.

No te separes, ni siquiera de tus pensamientos:
miralos con apertura y comprensión.
No son tus enemigos, han surgido en el cielo de tu consciencia
y en él hay cabida para todas las nubes. Nada puede amenazarlo.

Estás aquí para amar y sostener todo tu mundo,
para liberarlo de la separación y la soledad.
No te separes de tus criaturas.
Sé un sol para ellas.
Amanece, irradia continuamente sobre todo lo que aparece en tu vida.
No la pienses, no trates de solucionarla, pues no es un problema.
Eso que llamas "problemas"
son solo fenómenos, sensaciones, pensamientos
que surgen en tu campo de consciencia. Son tus criaturas.
Cuando te separas de ellas para pensarlas o solucionarlas,
bloqueas su fluir,
pues le retiras tu energía y se quedan desvitalizadas,
sin posibilidad de procesarse.

Ama todo lo que surge en ti
y déjalo desaparecer en tu consciencia naturalmente.
En realidad, a esto se reduce todo.
A ser amor para todo.
Presencia íntima e incondicional para todo,
hasta para la gran resistencia
a quedarte con las sensaciones más dolorosas.
La resistencia es tu criatura más necesitada. Inclúyela.
No la dejes fuera. Está tan cansada de luchar...

Con esta decisión, entras naturalmente en una perspectiva nueva,
la consciencia que envuelve y penetra de si misma todo lo que aparece.
Eres el espacio que todo lo incluye y permite su evolución.
Recuerda que tu verdadera naturaleza es vida sin nombre.
Tú eres vida.

 

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No soy un cuerpo - Dora Gil

 

La física cuántica nos lo explica desde hace tiempo: nuestra aparente solidez es una ilusión. En nuestra constitución profunda, somos la pura energía de la vida, libre, más allá de lo que los ojos ven.

Con nuestra forma limitada de concebir la realidad, lo que hacemos es poner un cerco a un fragmento infinitesimal de esta energía gigante de la que formamos parte. Al identificarnos con ese reducto, al que llamamos cuerpo, nos sentimos separados del universo.

Esa percepción de un mundo formado por cuerpos sólidos aislados unos de otros es el error básico sobre el que se sostiene nuestro sistema de pensamiento. Los ojos ven lo que la mente acepta como cierto. Nuestras mentes han asumido la separación como un hecho y nuestros sentidos la perciben así: están al servicio de un modo de pensar desconectado de la realidad.

Y seguimos empeñados en recrear el mundo que construimos desde la creencia en la separación y la solidez. Lo hacemos constantemente pensándonos y concibiéndonos como entes aislados. No somos conscientes del dolor que esta percepción entraña y vagamos por la superficie de la vida en una búsqueda compulsiva de conexión con otros cuerpos, con la esperanza de recuperar así nuestra unidad.

Una y otra vez la experiencia nos muestra que la unión no es posible ahí, salvo esporádicamente, como un vago reflejo de donde se encuentra realmente. No hay ninguna garantía de estabilidad en el mundo ilusorio y cambiante de los cuerpos. Solo desde un espacio más profundo, nuestra naturaleza real, la vida que somos, podemos experimentar esa unidad indisoluble cuando nos conectamos con ella y renunciamos a los conceptos y juicios que nos separan.

No estoy hablando de rechazar o renunciar al cuerpo, sino de instalar nuestra morada donde realmente podemos sentirnos seguros y unidos a la vida. Desde ahí, la experiencia del cuerpo puede ser maravillosa, sabiendo que no es él el responsable de nuestro bienestar o malestar. Comprendiéndolo más bien como un extraordinario instrumento al servicio de nuestro ser.

Si durante mucho tiempo el cuerpo sirvió para reforzar nuestra consciencia limitada de separación, ahora podemos usarlo para conectarnos con la vida que lo recorre y vivirla intensamente. A través de él tenemos un vívido acceso a nuestra emocionalidad y en él puede ser contemplada y abrazada desde la consciencia que somos. Nuestras emociones, en forma de sensaciones que se mueven en el cuerpo, nos permiten conocernos como espacio para ellas. Al darles este espacio, la experiencia de nuestro cuerpo se hace poco a poco más abierta y va reflejando la liberación interna de nuestros patrones restrictivos que, desde una mente confundida, lo contraían y bloqueaban.

Considerarnos como cuerpos aislados unos de otros parece algo normal. Sin embargo, cuando empezamos a ahondar en la experiencia interna que esta forma de contemplarnos nos genera, descubrimos que nos sentimos distantes. Nuestras mentes juzgan, opinan sobre algo muy reducido, muy cosificado, con una apariencia, una historia y unas condiciones. Y el concepto que nos formamos de cada persona la deja recluida en algo sólido e identificable. Eso, a la mente pequeña y controladora, le ofrece una cierta seguridad. Le parece poder encajar la inmensidad y el misterio en algo tan reducido. Etiquetándolo, localizándolo, cree poder controlar esa vida espontánea que mentalmente no consigue abarcar y que le resulta quizás amenazadora.

Basta mirar a los ojos de otro ser humano serenamente para darnos cuenta de que todo lo que pensamos sobre él, esa violenta reducción que supone el considerarlo un cuerpo limitado, se nos cae por tierra. Basta mirar así, sin historias, sin juicios, para abrirnos a la extraordinaria realidad de lo que somos realmente.

Puede ser suficiente tocar, sentir, abrazar a alguien sin pretextos, conectando con la vida que respira y anima su cuerpo, para que todas las barreras que nuestra mente ha construido caigan por sí solas. Tocamos vida, sentimos la ternura inefable de su existencia a través del cuerpo que abrazamos, su anhelo simple de amor que conecta con el nuestro, y ya está, dejan de importarnos las historias que nos narra nuestra mente y que convierten a ese ser humano en un cuerpo separado del nuestro.

Nuestro cuerpo, vivido desde esta consciencia amplia, nos permite expresarla. Nuestros ojos, manos, gestos, nuestra voz, nuestros sentidos adquieren una dimensión más allá de lo meramente corpóreo. Nos comunican, en vez de separarnos como sucedía cuando el objetivo era afianzarnos como personajes diferentes unos de otros.

Externamente no cambia nada, pero al situarnos en la perspectiva de la consciencia, lo que antes era un fin (el cuerpo) ahora se convierte en un medio extraordinario a través del cual la vida se expresa y se conoce a sí misma. Comprender esto, nos deja descansar y genera una profunda paz. En lugar de tener que conseguir cosas para el cuerpo haciendo muchos esfuerzos por parte del pequeño yo identificado con él, lo contemplamos como un espacio que ofrecemos a la vida. Momento a momento, la existencia se contempla a sí misma a través nuestro. La consciencia mira a través de nuestros ojos, saborea a través de nuestra boca, escucha valiéndose de nuestros oídos... Todo es visto, sentido, escuchado. No soy yo quien vive, es la vida quien vive a través de mí.

 

Sentarme a meditar

Sentarme a meditar es aquietarme y contemplar
el fluir de la corriente de la vida
que me atraviesa en este instante.

Nada que resistir, nada que juzgar,
ningún comentario es necesario cuando me abro por dentro
y me dejo simplemente habitar por el ahora,
cuyas formas van cambiando y sucediéndose.

Sonidos, sensaciones, el aliento en su vaivén,
emociones, pensamientos...
Todo está ahí apareciendo y desapareciendo
en el silencioso espacio de mi ser.

Y si surgen comentarios o reacciones,
ellos también forman parte de este todo que me inunda,
de la extraordinaria particularidad de este momento.

Nada que rechazar, nada que conseguir, ninguna meta que alcanzar.
Tan solo contemplar desde mi esencia, espaciosa como el cielo,
el flujo irrefrenable que contengo,
unas veces tormentoso; otras, suave murmullo imperceptible... Silencio...
Descanso unida a la vida.
Soy vida.

 

Dora Gil

 

La vida de Dora Gil es inspirada por un profundo anhelo de libertad. Desde muy niña, percibía un mundo que le pesaba y decepcionaba. Una íntima certeza de otra posibilidad más allá de la apariencia limitante de las cosas, le lleva a dedicarse con pasión a profundizar en sí misma.

Estudia Psicología y Bellas Artes y recorre durante años escuelas de autoconocimiento que le ayudan a comprender la meditación como un modo natural de vivir.

Enamorada del silencio, disfruta de muchos períodos de soledad en los que la auto-indagación, el yoga, la exploración de la respiración y la nutrición se integran en una vida sencilla y dedicada al descubrimiento de lo interno.

Su creatividad, vehiculada durante un tiempo a través de la pintura, ahora se expresa en el encuentro profundo con el ser humano. Formada en Terapia Transpersonal y Mindfulness, alterna sus sesiones privadas con cursos, charlas y retiros que ofrece periódicamente. Y en su intimidad, escribe. Siempre ha escrito... Su vida cotidiana, un laboratorio vivo de exploración de lo inmenso, está colmada de comprensiones que ahora comparte