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viernes, 5 de agosto de 2022

La prisa como estilo de vida


 

Cuánta gente anda corriendo de un lado para otro sin saber a dónde va ni a qué ha ido, y sin llegar a valorar si necesitaba ir de prisa o si podría haber hecho lo mismo a otro ritmo. La prisa no es un valor añadido. Nadie es mejor profesional ni mejor persona porque vaya rápido a todos sitios o porque exprese lo estresadísimo que está.

¿Ha calculado cuánto tiempo gana cuando va a toda velocidad?

La mayoría de las veces, ir deprisa no implica caminar más rápido o pensar de forma más ágil. Significa estar y sentirse internamente acelerado.

Imagínese encontrándose con alguien conocido que le saluda mientras habla por el móvil a la vez que mira el reloj, le estrecha la mano y le sonríe para mostrar lo feliz que se encuentra. Cuando cuelga, le abraza efusivamente, le dice que anda liadísimo, que va todo el día corriendo, que todo está fatal y que no puede esperar más para coger vacaciones. A usted apenas le deja hablar, no le pregunta cómo le va, se despide diciendo que a ver cuándo quedan y sale disparado. Escenas como esta se viven todos los días en la calle de una gran ciudad.

Muchas personas viven aceleradas e instaladas en la prontomanía, en la necesidad de contestar a todo de forma inmediata como si no hubiera un mañana. Da la sensación de que la prisa da prestigio porque indica que está ocupado, muy ocupado, y eso se interpreta como que es un gran profesional. Falso. La velocidad también puede ser sinónimo de mala gestión del tiempo, de desconcentración, de olvidos y desequilibrio personal y profesional. Mucha gente no dejaría sus asuntos importantes en manos de alguien que no tiene cinco minutos para sonreír, para preguntar cómo estamos, para hablar de forma conversacional un momento y transmitir paz y sosiego.

La persona que convive con la prisa lo hace también con el estrés y la ansiedad, no disfruta del momento porque está anticipando el futuro. Deja la vida pasar porque no observa lo que ocurre en el presente y no ­escucha lo que le dice la gente porque su cabeza piensa a 200 revoluciones. También tiene más probabilidad de tener un accidente porque se salta límites con tal de ahorrar tiempo.

La prisa llega a convertirse en un estilo de vida. De hecho, mucha gente no sabe qué hacer con su tiempo libre cuando lo tiene. Estar desocupado les produce malestar, sensación de pérdida de tiempo, incluso falta de autoestima porque… “¿cómo puede ser que no esté haciendo ahora algo, qué dice eso de mí?”. Para este tipo de personas, el aburrimiento es algo desagradable, vacío y sin sentido. Por eso siguen corriendo aunque ni siquiera sepan hacia dónde.

¡Basta! Pare, reduzca, contemple, mire a su alrededor y levante el pie del acelerador. Tiene derecho a elegir el ritmo que quiere imprimir a su vida, a tener tiempo para su ocio, para pasear sin rumbo solo por el placer de hacerlo. El tiempo no es algo que deba consumir en grandes cantidades y a borbotones. El tiempo es algo para saborear, incluso cuando tiene que entregar un informe de forma urgente. ¿La calidad de ese trabajo será mayor si lo redacta estresado? ¿Encuentra mejores soluciones? ¿Es más creativo? ¿La vida le va mejor y disfruta más de ella? La respuesta a todas estas preguntas es un rotundo no.

Hacer cientos de cosas y no disfrutarlas es como no hacer nada. Las personas con calma, las que optimizan su tiempo para trabajar y disfrutar de la vida en todos los sentidos, dan buen rollo y, a más de uno, envidia. ¿Cómo lo consiguen?

Priorizan. ¿Qué es importante y qué no lo es? Es una pregunta difícil a la que cada uno contesta de forma diferente porque depende de una escala de valores personal. Para unos es la familia; para otros, el trabajo o la propia felicidad. La respuesta no importa porque ninguna de ellas es buena ni mala. Lo que sí interesa es ser coherente y actuar conforme a lo que cada uno establece como relevante. Si cree que la familia es lo más importante, pero dedica todo su tiempo al trabajo, andará corriendo para sacar un momento para su prioridad. Ordene su agenda en función de sus preferencias, con sentido común y responsabilidad.

Se ponen límites en los horarios. Establecerlos nos ordena y agiliza la mente. Saber que a una hora concreta el trabajo tiene que estar acabado centra la atención en la actividad. Si esa acotación no existe, el cerebro se dispersa porque sabe que dispone de todo el tiempo del mundo para resolver lo que tiene entre manos. Los límites permiten prestar atención a lo importante; sin distracciones que le exigirán un nuevo proceso de calentamiento para concentrarse en la actividad que es realmente prioritaria. Cada vez que rompe su proceso de concentración, enlentece la tarea, y luego llegan las prisas para acabarlo todo. Suspira pensando en que no llega, se queda en la oficina más tiempo del que desearía, se siente culpable por no regresar a casa antes y vuelve a correr para recuperar lo que perdió por no gestionar bien su tiempo.

Dicen una palabra mágica: NO. La conducta servicial no puede convertirse en actitud servil. Si antepone los deseos de los demás siempre antes que los suyos, luego no llegará a poder gestionar sus asuntos. Sus actividades y su relajación son importantes. Esta situación lleva a una vida insatisfecha, en la que predomina la idea de que no tiene espacio para usted mismo y de que sus actividades no son importantes. Muchas personas piensan que dedicarse tiempo es egoísta, porque son ratos que podría invertir en los demás. Pero no es así. Su bienestar psicológico y físico depende de su capacidad de disfrute.

Desconectan. Del móvil, del WhatsApp, del trabajo, del correo electrónico, de todo lo que les impide disfrutar de otros momentos. Uno de los usos negativos de la tecnología es convertir todo en algo inmediato. No está obligado a contestar a toda la información entrante en el instante. La mayoría de ellos no son urgentes. Si lo fueran, le llamarían. Es usted quien ha decidido que tiene que responder a todo con prisa porque ha cogido ese hábito, porque no tiene paciencia o porque cree que el que le escribe podría molestarse. Aprenda a retrasar, sobre todo si en ese momento está realizando otra actividad que requiere de su atención.

Utilizan técnicas que permiten relajarse. Yoga, pilates, deporte, un baño de agua caliente, una llamada de teléfono larga y relajada o una copa de vino al calor de la chimenea. Para estos momentos siempre hay un espacio. Se trata de repartir las horas de forma que obligaciones y ocio estén equilibrados.

No buscan la perfección, buscan estar a gusto con sus vidas. Hay personas que buscan mejorar, crecer y superarse. Y hay otras que se obsesionan con que todo sea perfecto y esté controlado. La perfección no existe, ni en la tecnología, ni con nuestro físico, ni en la destreza o habilidad para desarrollar un deporte. Perderá mucho tiempo intentando que algo sea perfecto. Basta con que esté rematadamente bien, no necesita que sea perfecto. Es más, muy poca gente será capaz de apreciar ese nivel de excelencia al que ha dedicado tantísimas horas y que le ha impedido alcanzar el punto anterior: relajarse y desconectar.

Fluyen. Están presentes, disfrutan y observan lo que acontece a su alrededor. No buscan qué hacer a continuación, sino que se dejan llevar por el momento. Dedican tiempo a la vida contemplativa. Para disfrutar del momento, usted debe estar en el presente, en el “esto, aquí y ahora”. Repetirse estas palabras de vez en cuando le permitirá recordar la importancia de los detalles, de atender su momento en lugar de anticipar el futuro.

Y recuerde: los segundos o minutos que gana corriendo no compensan todo lo que pierde en calidad de vida.

Patricia Ramírez-

https://elpais.com/

martes, 12 de octubre de 2021

El poder de la paciencia - Judith Orloff

Traducido desde...https://www.psychologytoday.com

 

Como psiquiatra, la paciencia es una habilidad invaluable que enseño a todos mis clientes de psicoterapia. Siempre enfatizo la importancia de la paciencia como una habilidad de afrontamiento y cómo lograrla. La frustración no es la llave de ninguna puerta. La paciencia es una práctica espiritual de por vida, así como una forma de encontrar la libertad emocional.

Necesitamos una nueva calcomanía para el parachoques: La frustración sucede. Cada mañana, mediodía y noche, hay muchas buenas razones para estar impaciente. Otra larga fila. Un objetivo no se está materializando "lo suficientemente rápido". La gente no hace lo que se supone que debe hacer. Rechazo. Decepción. ¿Cómo lidiar con todo esto?

Puede volverse loco, comportarse de manera irritable, sentirse víctima o tratar de forzar un resultado, que son todas reacciones contraproducentes que alienan a los demás y sacan lo peor de ellos. O puede aprender a transformar la frustración con paciencia.

La paciencia no significa pasividad o resignación, sino poder. Es una práctica emocionalmente liberadora de esperar, observar y saber cuándo actuar. Quiero darle a la paciencia un cambio de imagen del siglo XXI para que aprecies su valor.

La paciencia se ha ganado una mala reputación por razones equivocadas. Para muchas personas, cuando dices: "Ten paciencia", se siente irracional e inhibidor, como un estancamiento injusto de aspiraciones o algún bloqueo o resaca victoriana. ¿Es esto lo que estás pensando?

Bueno, reconsidera. Estoy presentando la paciencia como una forma de compasión, un reajuste con la intuición, una forma de redimir emocionalmente su centro en un mundo lleno de frustración.

Frustrar significa obstruir o hacer ineficaz. La frustración es un sentimiento de agitación e intolerancia que se desencadena cuando no se satisfacen sus necesidades; está ligado a la incapacidad de retrasar la gratificación. Bajo nuestro propio riesgo, nos hemos acostumbrado demasiado a los resultados inmediatos. Los correos electrónicos viajan por todo el mundo en segundos. Los padres envían mensajes de texto a sus hijos para que vengan a cenar en lugar de gritar desde el porche. Puede obtener la temperatura en Kuala Lumpur o el informe de surf de Malibu Beach con un clic del mouse.

A pesar de las maravillas de la era digital, ha propagado un zeitgeist emocional con una baja tolerancia a la frustración, no solo cuando borras accidentalmente un archivo de computadora, sino en términos de cómo enfocas las relaciones y tú mismo. Sin paciencia, te conviertes en tu peor jefe. Tratas a tus cónyuges y amigos como algo desechable en lugar de dedicar el tiempo necesario a cultivar el amor.

Pero con paciencia, puede dar un paso atrás y relajarte en lugar de reaccionar agresivamente o darse por vencido apresuradamente con alguien que lo está frustrando. Puede invertir un tiempo significativo en una relación sin rendirse ni ceder. De hecho, la paciencia te da el aliento liberador que siempre has deseado tomar.

La frustración impide la libertad emocional. Expresar frustraciones en un esfuerzo por resolverlas es saludable, pero debe hacerse desde un lugar no irritable ni hostil. Si no, pondrás a otros a la defensiva. Revolcarse en la frustración conduce a una insatisfacción sin fin, lo que nos pone en desacuerdo con la vida. Esta emoción nos pone tensos, mata nuestro sentido del humor. También conduce a la procrastinación; posponemos las cosas para evitar las molestias involucradas. Conquistar la frustración revivirá su vida emocional al elegir cómo manejar las molestias y el estrés diario.

Estoy definiendo la paciencia como un estado activo, una decisión que se debe mantener firme hasta que la intuición diga: "Haz tu movimiento". Significa esperar su turno, sabiendo que llegará su turno. Una vez que ha hecho todo lo posible hacia una meta, implica confiar en el flujo, saber cuándo dejar que la sopa hierva.

Con paciencia, puede retrasar la gratificación, pero hacerlo tendrá sentido y se sentirá bien. ¿Por qué? La intuición informa inteligentemente a la paciencia. Transmitirá si vale la pena trabajar en algo o esperar.

Como psiquiatra, estoy enamorada de la paciencia porque es íntimamente intuitiva y se trata de una sincronización perfecta, que es la clave para lograr avances con los pacientes. Puedo tener las intuiciones o conocimientos psicológicos más agudos, pero si no los comparto en el momento adecuado, pueden hacer daño o simplemente entrar por un oído y salir por el otro. Con respecto a esto, me esfuerzo por tener una paciencia enorme; cualquier cosa menos impediría la curación.

También me sorprende el hecho de que todas las religiones del mundo ven la paciencia como una forma de conocer a Dios. Eso me da un incentivo para practicarla, y quizás también lo hace para usted. Mientras que la frustración se centra en lo externo, la paciencia es un impulso hacia adentro hacia una mayor sabiduría.

Por último, la paciencia no le convierte en un felpudo ni le incapacita para establecer límites con las personas. Más bien, le permite intuir la situación para obtener una visión más amplia y amorosa para determinar la acción correcta. La paciencia, un regalo cuando se da o se recibe, se pone a su alcance cuando puede leer los motivos más profundos de alguien.

Paso de acción emocional: practique la paciencia en una fila larga

Para darle la vuelta a la frustración, busque una fila larga y lenta para esperar. Quizás en la tienda de comestibles, el banco, la oficina de correos. O si está renovando su licencia de conducir, atrévase a enfrentarse a la madre de todas las líneas del DMV.

Pero aquí está el cambio: en lugar de irritarse o presionar, lo que pone a prueba su sistema con una ráfaga de hormonas del estrés, respire. Dígase a sí mismo: "Voy a esperar tranquilamente y disfrutaré de la pausa". Mientras tanto, trate de empatizar con el cajero o el empleado del gobierno sobreexcitado. Sonría y diga algunas palabras bonitas a las otras personas en la fila. Aproveche el tiempo para soñar despierto; tomar vacaciones del trabajo u otras obligaciones.

Observe la liberación de estrés que siente y cómo se relaja su cuerpo. Las filas son un excelente campo de pruebas para la paciencia. Para fortalecer este activo, recomiendo encarecidamente que se coloque en tantas como sea posible.

Practicar la paciencia le ayudará a disipar el estrés y le permitirá elegir cómo responder a la decepción y la frustración. Cuando pueda mantener la calma, centrarse y no actuar precipitadamente por frustración, todas las áreas de su vida mejorarán.

Judith Orloff, es profesora clínica asistente de psiquiatría en UCLA y autora de The Empath's Survival Guide.

 

https://www.psychologytoday.com/us/blog/emotional-freedom/201209/the-power-patience

miércoles, 6 de octubre de 2021

Psicología de la queja



Todos hemos experimentado alguna vez las consecuencias de la queja constante, ya sea en primera persona o escuchando a otros hacerlo. La verdad es que los resultados son bien parecidos en cualquier caso. Claro que no estamos hablando de una queja aislada en un momento determinado que nos agobia, nos sobrepasa; sino de la queja como hábito, como forma de vida.

¿Para qué sirve quejarse?

En realidad la queja es un mecanismo útil, útil en términos psicológicos, ya que esta proporciona un beneficio psicológico al individuo. Sirve básicamente para exteriorizar las emociones y pensamientos negativos y movilizarse así para la acción. Está comprobado que esta forma de desahogarse es práctica en determinados momentos. Pero a veces se nos olvida la segunda parte y cuando una queja se queda solo en eso entonces viene el problema. Este tipo de queja es el que lleva al inmovilismo lo cual se ha comprobado que es bastante perjudicial para la salud emocional del sujeto. Así pues, el fin primario de la queja es llevar a la acción de cambiar aquello de lo que uno se queja. Esta es la queja útil. La queja como forma de vida en la que solo te desahogas y luego te cruzas de brazos con un regustillo de mal humor no lo es. Y lo cierto es que muchas personas actúan así. Pero si este tipo de lamentos aparentemente no sirven para nada entonces…

¿Por qué lo hacemos, para qué?

El camino fácil sin duda es pensar que cuando esto ocurre las personas se han marcado como propósito amargar la vida de todos los de su alrededor, y aunque esto de hecho puede llegar a ocurrir, hay que tener en cuenta que en estos casos se está utilizando la queja como forma de relacionarse con el mundo porque se ha aprendido a hacerlo de esta manera, porque las experiencias previas y relaciones con los demás han reforzado esta actitud. Esto significa que las personas que actúan así no saben hacerlo de otra manera porque es lo que han aprendido. Esto es «negativo» en la medida en que la dificultad que existe a la hora de cambiar las creencias de una persona (cuanto más adulto más difícil) nos dificulta el cambio en su conducta. Pero esto tiene su lado positivo, si estamos hablando al fin y al cabo de mero aprendizaje, eso significa que podemos «desaprender» lo que hemos aprendido mal.

¿Por qué es malo quejarse todo el tiempo?

Primero se debe entender cómo se elabora la información en el cerebro. La base del funcionamiento cerebral es la comunicación entre las células nerviosas, es decir la neurotransmisión a partir de las sinapsis entre neuronas. Con cada pensamiento, el ser humano activa mecanismos en el cerebro mediante los cuales se liberan muchos neurotransmisores a la vez. Estos son los encargados de transmitir la información de una neurona a otra y así la comunicación va llegando a todas partes. El cerebro está formado por toda una red de neuronas interconectadas entre sí. No obstante, dentro de este caos existe un orden. El cerebro se divide en áreas encargadas de diferentes tipos de información. Esto significa que cada área tiene sus conexiones concretas. Hay algo parecido a patrones, caminos iguales de sinapsis con sus neurotransmisores particulares que podemos reforzar o desactivar. Es lo que llamamos «Neuroplasticidad».

¿Qué és la Neuroplasticidad?

La Neuroplasticidad es la capacidad del cerebro para cambiar, para adaptarse como resultado de la experiencia. Esto significa que con nuestra conducta podemos cambiar nuestro cerebro, podemos reforzar o debilitar los circuitos cerebrales dedicados a algo en concreto. Pues bien, se ha comprobado que las quejas refuerzan los circuitos cerebrales del pesimismo. Además, estos circuitos se hacen más fuertes y rápidos con la práctica, hasta el punto de que pueden llegar a convertir una conducta en automática. Por ejemplo, si reforzamos nuestros circuitos cerebrales relacionados con la ansiedad poniéndonos nerviosos prácticamente todos los días, estamos reforzando ese circuito hasta el punto de que nos ponemos nerviosos de manera inconsciente ante el mínimo estimulo.

Lo mismo ocurre con las quejas y la negatividad. Es la pescadilla que se muerde la cola. Cuanto más te quejas más alimentas esos circuitos hasta que tu cerebro está fuerte y rápido en su reacción ante lo negativo y ya está predispuesto a reconocer todo lo malo. Así pues, caemos en el círculo vicioso de la negatividad, la negatividad desemboca en estados de tristeza, de estrés y con todos estos estados emocionales se liberan hormonas como el cortisol. Esta hormona en pocas cantidades es necesaria y beneficiosa para el organismo, es la encargada de activarnos, pero cuando se libera en grandes cantidades se vuelve muy dañina pudiendo causar enfermedades del sistema inmune, infecciones y aumento de la presión sanguínea entre otras.

Relación con los otros. Las emociones se contagian

 


Lo perjudicial de este comportamiento no afecta solo a la salud física y mental de la persona que se queja sino también a la de las personas de su alrededor, llevando a alejarlas cada vez más. Se ha demostrado que las emociones son contagiosas, ya sea para bien  para mal. Como afirma la doctora Bader a través de un estudio biológico que realizó con plantas: «El cuerpo humano es muy similar a una planta que chupa y absorbe la energía necesaria para alimentar su estado emocional». A lo largo de la historia ha habido muchos casos de fenómenos de contagio emocional, como los casos de histeria colectiva o el extraño caso de la epidemia de risa que afectó a Tanzania en 1962. Los seres humanos estamos emocionalmente sincronizados y esto tiene un motivo. Parece que podría haber razones evolutivas ya que es una forma de vivir mejor en comunidades y trabajar en grupo, una suerte de inteligencia social para la formación de alianzas.

Un estudio de la Universidad holandesa de Utrecht publicado en la revista Psychological Science afirma que «los humanos son capaces de comunicar sus estados emocionales a través de señales químicas».

Hay muchas investigaciones realizadas sobre el tema, pero lo cierto es que no hace falta ir muy lejos para comprobar que el contagio de emociones existe. Todos lo hemos experimentado alguna vez después de quedar con alguien que está, por ejemplo, muy nervioso o muy contento. Se nos contagia su estado incluso sin ser conscientes de ello, sin saber muy bien que ha pasado.

Empatía

La empatía es la que actúa en estos casos, esa capacidad que poseemos los seres humanos de ponernos en el lugar del otro, de entender sus emociones. Habilidad que tenemos gracias a las neuronas espejo. Se ha comprobado que estas se relacionan con el reconocimiento de las emociones, el movimiento y hasta la intencionalidad de las personas con quien nos comunicamos. Pero además, estas reimprimen en nuestro cerebro ese estado detectado en el otro haciendo que se activen las mismas partes que están activas en el cerebro del otro. De esta forma se crea un contagio emocional. En resumen, la queja, así como la negatividad en general, también se contagian.

Sabiendo todo esto, ¿podemos salir de ese círculo de quejas constante?

Como ya hemos dicho se trata de desaprender esta forma de afrontar los problemas. Lo esencial es darse cuenta de que existe una situación problemática y sobre todo querer cambiarla. Es más fácil modificar un patrón de conducta ya existente que intentar añadir uno totalmente nuevo para la persona, ya que en nuestro cerebro es más sencillo reforzar o debilitar circuitos ya existentes que crear uno nuevo. Pero la buena noticia es que todos tenemos este circuito del positivismo programado en el cerebro. Sí, el cerebro está preprogramado con la capacidad de sentir placer. Lo que hace falta es reforzar este circuito y debilitar el otro. Ya hemos dicho que tipo de queja es la útil: la que te lleva a la acción. Y para esto nuestro cerebro sí que está preparado, para buscar soluciones, para actuar. Pero no todo es automático, hay que esforzarse. Se suele entender el cerebro como algo automático que va por libre, que no podemos controlar. Se ha demostrado que no es así. Ya hemos hablado de esto, de la neuroplasticidad y es de hecho lo que debemos poner en práctica.

Un poco de Neuroplasticidad consciente

Podemos debilitar los circuitos de la negatividad hasta atrofiarlos, ¿cómo? No gastándolos. Lo que ocurre es que el camino fácil es no hacer nada, por eso muchas veces nos quedamos en el primer tipo de queja; el otro requiere trabajo y fuerza de voluntad. En nuestras manos está elegir qué tipo de queja llevamos a cabo.

Muy bien, esto podemos utilizarlo para cambiarnos a nosotros mismos, pero; ¿qué pasa si estamos rodeados de alguna persona muy negativa? No podemos obligarla a cambiar. La empatía a veces es un arma de doble filo, ¿desactivamos el interruptor de empatía?, lamentablemente esto no se puede hacer. Pero podemos aprender a usarla en nuestro beneficio.

Empatía cognitiva

 


Se trata de desarrollar lo que llamamos empatía cognitiva. Este término se refiere a la empatía que nos permite reconocer, comprender y valorar lo que le pasa al otro; sin perder la consciencia de lo que está sucediendo: «le pasa a él y no a mí». Es una cierta protección para no absorber problemas que no son propios, además de una forma de mantener la capacidad para estar dispuestos a ayudar si es necesario (Labath, 2015). Se ha comprobado que es una de las características que posibilita a los psicólogos trabajar sin sucumbir a la tristeza y frustración con la que conectan diariamente. De esta manera, cuando estés frente a una persona que te está contando un problema es muy importante mantener una parte focalizada en quién eres (no eres esa persona) y en las cosas buenas que tú tienes.

Así que para acabar, solo queda decir que la queja es el claro ejemplo de cómo podemos sacar partido a algo que en un principio parece negativo.

 

«Las perezosas células cerebrales solo encienden su luz bajo el látigo de las emociones penosas». —S, Ramón y Cajal.

https://medium.com/espanol/psicologiadelaqueja


jueves, 30 de septiembre de 2021

La psicología y la espiritualidad se complementan- Mariana Caplan

Solemos entrar en alguna práctica espiritual porque queremos ser más felices, sufrir menos, tener más poder o ser especiales. Pero la práctica en sí misma es inteligente y acaba mostrándote las verdaderas razones. Y te acaba transformando. A ti y al mundo en el que vives.

 

 

Entrevista realizada por: Marié Morales.

 

¿Qué es eso de "la iluminación"? ¿De qué hablamos cuando hablamos de maestros, maestras, gurus o personas iluminadas? ¿Existe ese estado que en la literatura espiritual o filosófica se da en llamar el "despertar" o la "iluminación"?

Si haces una pequeña encuesta por la calle, la mayoría de personas se imaginan a una especie de buda, una santo o santa, tal vez un "pirado" que vive en la Inopia, en otro mundo, medio dormido (o dormido entero) a las emociones, a las sensaciones, lo cual comúnmente se considera un auténtico desperdicio de la experiencia y la magnífica oportunidad de vivir. Y sin embargo, por definición, se trata de un estado de "despertar" del sueño de la ignorancia, de "iluminación" de una vida sombría. Sabiduría, pues, luz e intensidad.

 

¿En qué consiste la iluminación? 

Es un término que se ha utilizado demasiado y supongo que ha acabado perdiendo su sentido. Mucha gente imagina algo transcendental, aparte o fuera del mundo. Pero, en realidad, las personas iluminadas (y no hay muchas que yo haya conocido) son gente de gran compasión, dedicación y servicio, que utilizan su vida para ayudar a las demás. Aunque no necesariamente ayudarlas en sus objetivos más materialistas, sino a ser más felices. Pero son personas que continúan enfrentando los desafíos humanos (enfados, dolor, tristeza), sólo que han aprendido a afrontarlos de una manera especial. Con madurez espiritual, que no es lo mismo que la madurez humana.

 

¿Cuál es la diferencia?

En la madurez humana (el crecimiento personal), yo tengo aspiraciones de ser una buena persona, de superarme. En el crecimiento espiritual, podemos llegar a percibir aspectos del espíritu muy profundos. Son realidades que no se pueden entender completamente sólo a través de la mente, si  no tienes una experiencia personal. Por ejemplo, comprendes que nuestra percepción de lo que es un ser humano está muy limitada, que la realidad humana es mucho más grande y profunda. Te conecta con un cierto tipo de sabiduría (no mental ni intelectual) que te permite no sólo disfrutar de la vida a un nivel más intenso sino también hacer un trabajo interno de transformación.

 

¿Disfrutar más, dices? La imagen de la persona iluminada que no siente ni padece, ¿es entonces un tópico?

Pues sí: no es que dejes de sentir sino que desarrollas una capacidad de sentir más cosas; tus percepciones son muchas más, más diversas y más intensas. El mundo que te envuelve se transforma por el mero hecho de que ha tenido lugar una transformación en ti.

 

¿Cómo se traduce esto en la práctica? ¿Qué le aporta a la vida cotidiana?

Uno de los retos más importantes a los que se enfrenta el ser humano a lo largo de su vida consiste en cómo manejar las emociones. Aplicándote  en las prácticas espirituales, poco a poco aprendes a manejar esta realidad; a percibir más y, al mismo tiempo, a manejar el mundo emocional que normalmente te domina. A mi manera de ver, ésta es la aportación más valiosa, mucho más que experimentar "viajes místicos", que suele tener lugar al principio, pero cuidado, porque se puede convertir en una trampa. Yo creo que los frutos del camino espiritual tienen mucho más que ver con la capacidad de servir al mundo de una manera efectiva que con cualquier estado de alteración de la conciencia, por atractivo y placentero que resulte.

 

¿Cuál debería ser, pues, la motivación para iniciarse en la práctica espiritual? ¿Existen motivaciones egoístas o equivocadas?

Normalmente, al principio las motivaciones no son muy puras, pero no importa. Solemos entrar en alguna práctica espiritual, la que sea, porque queremos ser más felices, sufrir menos, tener más poder o ser especiales. Sobre todo, porque queremos salir del sufrimiento. Lo bonito del camino es que la práctica en sí misma es inteligente y acaba mostrándote las verdaderas razones. Sólo tienes que meterte, con cualquier motivación, quedarte en una practica concreta (rechazando la tentación de ir de aquí allá, picoteando en una escuela y en otra) y la práctica en sí misma te acaba transformando. Pero atención, el proceso puede requerir años.

 

Incluso la mejor motivación, de servicio a las demás personas, puede esconder algo de vanidad, de deseo de poder. ¿Cómo detectarlo?

Es bastante probable. Si una persona es vanidosa, aparecerá la vanidad en cualquier cosa que haga, incluida la práctica espiritual; si es insegura, lo mismo. Y lo mismo si es egocéntrica, feliz, depresiva, etc. Pero no pasa nada, el camino te enseñará a detectarlo y a trabajarlo. En general, casi siempre empezamos de una forma ingenua, insegura y arrogante. Escuchamos esos conceptos de humildad, servicio, desapego, etc. y nos parece que los entendemos, al menos intelectualmente. Pero en la práctica nos salen mezclados con todas nuestras tendencias personales.

 

¿Cómo detectarlas, trabajarlas?

 En primer lugar, con valentía, honestidad y humildad, porque si no, no vamos a poder verlas. Y, no menos importante, ojalá que cuentes con buenos amigos y amigas espirituales que te ayuden, lo que en budismo se conoce como la Sangha. Siempre recordaré que en los primeros años de mi práctica (debía tener unos 26 años) compartía una habitación con una monja de 65 años, que llevaba años de experiencias y retiros; para mí era una maestra. Al final de la semana me preguntó qué de negativo había visto en ella durante la convivencia. Me impactó: con su edad y su experiencia aún estaba abierta a las percepciones de una chica de 26 años, prácticamente recién llegada. Para hacer una pregunta así hay que ser valiente y arriesgarse a oír cosas que no te van a gustar. Pero es la única manera de afrontarlas y trabajarlas.

 

¿Tan importante es la atención y la autoindagación? ¿No corres el peligro de deprimirte?

Seguro. En el camino espiritual hay mucho espacio y ocasiones para la autodecepción, porque somos seres inseguros e inflados a la vez. Pero hacerse las preguntas adecuadas y vivir con ellas es muy conveniente. El autoconocimiento es imprescindible, y para ello se requiere mucha humildad y la voluntad de pedir la opinión de quienes te rodean. Eso es lo que te ayuda a mantenerte centrada, porque si no, hay muchos riesgos de perderse en el camino. A mí me interesa mucho la Psicología y nunca he abandonado ese campo de estudio, que fue con el que empecé. Creo que la psicología y la espiritualidad se complementan.

 

¿Qué diferencia hay entre las experiencias místicas y la iluminación?

Las experiencias místicas son una especie de estados alterados de la conciencia, una experiencia de conexión con una realidad no material y que interpretamos como sagrada, de conexión con Dios o la Unidad o como quieras llamarlo. La iluminación es un estado de comprensión de las cosas más allá de su apariencia, un tipo de comprensión que te transforma.

 

¿Qué le aportan las experiencias místicas a la vida cotidiana?

Nos despiertan a una realidad más amplia. Este tipo de experiencias es lo que normalmente conduce a la gente al camino espiritual, ya sea por una tragedia personal, la muerte de un ser querido, una pérdida importante o cualquier cosa que resulte tan dolorosa que acabas traspasando la barrera del dolor y conectando con algo más profundo. Pero hay otras formas de alcanzar experiencias místicas: a través del sexo, las drogas, etc. Lo importante es no engancharte con esto, como quiera que haya llegado a tu vida. La conciencia se abre y está bien, puede servir de inspiración, de motivación. Pero lo importante es si esa experiencia te ha transformado o no. Si te sirve para funcionar mejor en tu vida cotidiana; para amar mejor y servir mejor.

 

La práctica, el crecimiento o la inteligencia espiritual, ¿sirven de algo si no sirven para funcionar mejor en nuestra vida cotidiana? ¿Cómo puede una persona "iluminada" o "despierta" enfadarse, frustrarse o deprimirse cuando las cosas  personas que le rodean no son "como deberían ser"?

Porque esa persona no está "iluminada" completamente, es muy raro que esto ocurra. Es más fácil que se haya "iluminado" una parte; por ejemplo, que comprenda la realidad de que las cosas son como son y las emociones no son más que tus preferencias (la alegría de que sean como quieres o la tristeza de que no lo sean), o la no-dualidad, o la vacuidad del ego, etc. Pueden haber tenido una realización o iluminación, pero otras partes de su comprensión siguen oscuras, lo que les permite enfadarse, o hacer uso y abuso de poder, etc. Un gran maestro como Claudio Naranjo me explicó una vez que se mantuvo en un estado de iluminación durante tres años y de repente desapareció durante diez años. Hasta que comprendió que esa "luz" tenía que ser sacrificada para percibir todo lo que todavía estaba a oscuras. No se desmotivó, supo seguir en el camino.

 

Y eso le puede pasar a cualquiera...

Por supuesto. También a tu maestro, a tu maestra. Suele ocurrir que, si tu guía cae en depresión o enferma, o se separa de su pareja, te desilusiona. Te dices: "¡Pero si es un guía espiritual!" ¿Y qué? También es un ser humano en el proceso. Hay que vivir con esa paradoja. Quédate con lo que te transmite, con lo que aprendes y creces a su lado. Lo demás forma parte de su propio proceso de crecimiento espiritual. Y quizás tú puedes usarlo también para el tuyo propio, si lo miras con sabiduría y compasión. Recuerda: el camino espiritual es un trabajo de toda una vida; no sólo para ti, también para tu guía.

 

En este trabajo de toda una vida, ¿cómo nos ayuda la disciplina moral? ¿Y cómo nos obstaculiza? ¿Cómo utilizarla?

Efectivamente, tiene sus ventajas y sus riesgos. Pero, sobre todo al principio, es muy necesaria. La disciplina moral consiste en unas normas básicas de comportamiento y al principio, cuando la persona está perdida y a merced de la tiranía de sus emociones, es muy conveniente contar con unas herramientas que nos permitan desarrollar la energía del sacrificio y el esfuerzo, por ejemplo, para no correr detrás de cualquier deseo, emoción, etc. La disciplina moral nos ayuda a mantener unos hábitos que previamente hemos adoptado y, a través de ellos, desarrollar la conciencia.

 

¿Cuáles son sus riesgos?

 Caer en la rigidez, por ejemplo, en la excesiva autoexigencia, en la auto decepción; o bien creernos especiales y superiores porque nuestra conducta moral es "superior" a la del ser humano común y corriente. En este caso, también es muy importante la humildad. Por ejemplo, si te comprometes a "no mentir", ya vale con que te preocupes de mentir menos, o que seas consciente de cuándo lo estás haciendo, o cuándo no estás diciendo la verdad aun cuando aparentemente no dices mentiras. Y lo mismo con "no matar", etc. Sé consciente de las formas sutiles en que traicionas tus compromisos, pero sigue utilizándolos para alumbrar tu camino.

 

¿Hay algún momento en que ya no necesitas hacer uso de la disciplina moral?

Sólo cuando esos valores ya están tan interiorizados que no necesitas recurrir a ellos porque forman parte de ti y actúan de manera natural. Mientras no ocurra así, hay que recurrir a la ayuda de la disciplina moral. Pero hazlo de una forma generosa y amable contigo misma y con las demás personas. Sin caer en la autoindulgencia. Como en todo, siempre hay dos lados (o trampas) en los que puedes caer: por una parte y por su opuesta.

 

Las trampas del camino espiritual.

Hay muchas trampas y muchas ocasiones, cada día y prácticamente en cada situación.

El supermercado espiritual.

una tentación andar de sitio en sitio, de escuela en escuela, de grupo en grupo, buscando experiencias fuertes y sin establecer un compromiso de autoinvestigación y práctica profunda en una disciplina concreta.

Usarlo como hobby. Un entretenimiento placentero o intelectual, con escasa implicación personal. Como decía la antropóloga y maestra zen Joan Halifax, "hay aficiones peores" (y sabía bien lo que decía, ella que trabajaba en las cárceles). Pero si te lo tomas como un mero entretenimiento, no es fácil que se dé la transformación personal profunda.

Autodecepción. Leemos libros y escuchamos a maestros y maestras que nos transmiten conceptos como el desapego, la compasión, la humildad. Por un momento nos engañamos pensando que hemos alcanzado una comprensión de esas cosas, pero más adelante observamos en nuestra experiencia que no, que no está integrado, que cuesta. Puede que te desmotives por un momento, pero tienes que aprender a aceptarlo (aceptarte) y seguir avanzando.

La adicción a las experiencias místicas. Durante la meditación puedes llegar a experimentar estados alterados de conciencia de gran gozo, intensidad y felicidad profunda. No te obsesiones con volver a alcanzar esos estados porque es impredecible. Ábrete a ellos pero no los persigas demasiado porque podría ser causa de decepción y desmotivación -especialmente porque cuanto más los persigues más te rehúyen.

La inflación del ego.

 Incluso puede parecerte que has alcanzado la realización (comprensión profunda) del sentido de la vida y cosas así. Puede que hasta te creas que has alcanzado la iluminación o el despertar. No te entusiasmes demasiado y sigue practicando. Lo que importa es como aplicas todo eso a tu vida cotidiana y a tus relaciones con las demás personas.

 Abandonar tus responsabilidades.  A veces, ciertas experiencias místicas o "realizaciones" (como la experiencia de la vacuidad o que la realidad no existe tal como interpretas) pueden conducirte a observar el mundo de una manera "pasota", como si no fuera contigo, como si tú ya estuvieras más allá, y abandonar tus responsabilidades. Te equivocas, eso no te acerca más al camino espiritual, sino que te aleja de él. Practicar la sabiduría en los conflictos cotidianos muchas veces es más difícil que retirarse a una cueva a meditar, fuera del mundanal ruido.

Mariana Caplan es doctora en Filosofía, Psicología, y Antropología; colaboradora habitual en radio y televisión, escritora y consejera. Nacida en Washington, ha estudiado y vivido en varias comunidades de Centroamérica, Estados Unidos, la India y Europa. Profesora universitaria, imparte clases en el Instituto de Estudios Integrales de California. Es autora de "¿Necesitas un guru?" (Hara press) y "A medio camino" (Kairós), entre otros. Su página web es www.realspirituality.com

http://crecejoven.com/espiritualidad--mariana_caplan

domingo, 3 de enero de 2021

¿Cuándo NO deberías salir de tu zona de confort?

¡Sal de la zona de confort! Esta frase se ha vuelto omnipresente, convirtiéndose en uno de los consejos más comunes de superación personal. Todos sabemos que acomodarnos demasiado no es positivo, que en algún momento nos toca coger las riendas de nuestra vida y pasar a la acción. Es cierto.

También es cierto que es importante enfrentar nuevos retos, superar miedos, aprender a lidiar con la incertidumbre y no aferrarnos a los viejos hábitos que terminan anquilosándonos. Pero toda medalla tiene su reverso, por lo que no es menos cierto que existen ocasiones en las que NO salir de nuestra zona de confort es lo mejor. Hay momentos en que es infinitamente más inteligente permanecer en esa zona familiar donde nos sentimos cómodos y seguros.

Los peligros de precipitarse fuera de la zona de confort

La cultura actual de superación personal glorifica el acto de abandonar la zona de confort. Es fácil decir que cada obstáculo nos acerca al éxito, que quien no arriesga no triunfa – aunque olvidamos que a menudo también fracasa estrepitosamente – y que necesitamos vencer el miedo a salir de la zona de confort para lograr grandes cosas en la vida, pero no debemos olvidar que cada una de esas acciones tiene consecuencias. Y es probable que no estemos dispuestos a lidiar con algunas de esas consecuencias o que simplemente no valga la pena.

Salir de la zona de confort – porque sí, porque es lo que nos «ha recetado el médico» – sin sopesar adecuadamente los riesgos y beneficios que ese paso conlleva, puede ser una decisión precipitada de la que podríamos arrepentirnos en un futuro más o menos cercano. En realidad, salir de la zona de confort no significa lanzarse al vacío sin paracaídas sino preparar cuidadosamente el terreno para dar cada paso.

 

Además, vivir obsesionados con la idea de que necesitamos abandonar nuestra zona de confort puede convertirse en la receta más segura para el agotamiento psicológico. La zona de confort también es un espacio de calma donde podemos descansar y reponer fuerzas, por lo que no necesitamos vivir continuamente fuera de ella. Por tanto, hay veces en las que quedarse en la zona de confort es lo mejor que podemos hacer.

De la zona de confort a la zona de pánico – pasando por la zona de aprendizaje

Andy Molinsky, profesor de comportamiento organizacional en la escuela de Negocios Internacionales de la Universidad de Brandeis, hizo referencia a tres espacios relacionados con la zona de confort.

  1. Zona de confort. Se trata de la zona de confort que todos conocemos, donde nos encontramos a gusto y nos sentimos relativamente seguros ya que nos movemos por situaciones familiares, guiados fundamentalmente por nuestros hábitos y costumbres, de manera que experimentamos muy poca ansiedad.
  2. Zona de aprendizaje. Es una zona de “estiramiento” en la que ampliamos nuestros horizontes. Se incluyen todas aquellas situaciones en las que experimentamos cierto nivel de ansiedad, generalmente porque son novedosas o implican un desafío. No obstante, esa ansiedad no es exagerada, sino que podemos gestionarla, de manera que la convertimos en combustible de motivación y productividad.
  3. Zona de pánico. Se trata de una zona en la que enfrentamos situaciones para las cuales no estamos preparados y experimentamos un nivel de ansiedad demasiado elevado que no sabemos cómo gestionar. En esta zona es habitual que nos sintamos paralizados o bloqueados por el miedo o que el nivel de ansiedad sea tan grande que caigamos psicológicamente bajo su peso.

Cuando entramos en la zona de pánico podemos experimentar tanto miedo y ansiedad que es probable que corramos despavoridos hacia la zona de confort y no nos atrevamos a salir nunca más de ella.

Al contrario, el crecimiento se produce en la zona de aprendizaje ya que es cuando alcanzamos nuestro punto óptimo de productividad y motivación. No obstante, para aprovecharlo debemos prepararnos – al menos mínimamente – para lo que podremos encontrar en esas situaciones nuevas, diseñando posibles planes de acción para superar los obstáculos que nos esperan.

¿Cuándo es conveniente quedarse en la zona de confort?

  • Cuando ya has vivido muchos cambios. A veces la vida nos empuja fuera de la zona de confort haciendo que nos enfrentemos a situaciones difíciles para las cuales no estábamos preparados. Cuando hemos atravesado por un periodo complicado, puede ser una buena idea regresar a la zona de confort y permanecer en ella durante el tiempo que necesitemos para reponer la energía psicológica que hemos gastado. No debemos olvidar que llevar nuestras fuerzas al límite, exigiéndonos demasiado, puede hacernos tocar fondo emocionalmente y luego nos resultará mucho más difícil recuperarnos.
  • Cuando te apetece quedarte en la zona de confort. Si te dices: “no quiero salir de la zona de confort porque me siento a gusto y es lo que he elegido”, no tienes que sentirte culpable por no querer añadir más retos o ansiedades a tu vida. Todos somos diferentes, si estás en un lugar porque lo has elegido y te sientes pleno y feliz, es probable que no necesites salir de tu zona de confort – al menos por el momento. Al fin y al cabo, no podemos perder de vista que salir de la zona de confort solo tiene sentido si puede hacerte sentir más feliz, no si te hará sentir más miserable.
  • Cuando hay buenas razones para quedarse en la zona de confort. A veces simplemente no es el momento más adecuado para salir de la zona de confort. Quizá no existen las condiciones mínimas o no te has preparado lo suficiente. Si vas a dar un gran paso o realizar un cambio importante en tu vida, debes asegurarte de que es el momento justo – o al menos que no es un mal momento. Solo debes cerciorarte de que tienes buenas razones para quedarte momentáneamente en esa zona, no que se trata de excusas motivadas por el miedo. Para descubrirlo, imagina que tienes un borrador mágico. Si pudieras borrar la ansiedad, ¿te gustaría dar ese paso? Si la respuesta es positiva, debes prepararte para ir ampliando tu zona de aprendizaje e ir creando las condiciones. Pero si realmente no es lo que quieres hacer, no tienes que dar ese paso solo para “ampliar tus límites”, sobre todo si te genera una ansiedad innecesaria.

Conocer tu nivel de tolerancia al estrés es clave para crecer

Es importante comprender que la zona de confort es un concepto subjetivo en el que intervienen diferentes factores, entre ellos nuestras características de personalidad y el nivel de tolerancia al estrés. Un introvertido, por ejemplo, podría encontrar la idea de ir a un evento más problemática que un extrovertido.

También respondemos al estrés de manera diferente, por lo que es posible que la zona de aprendizaje de algunas personas sea más pequeña que la de otras y entren más rápido en la zona de pánico.

Cada persona tiene sus propias limitaciones y eso no es algo necesariamente negativo. Lo que sí es negativo y contraproducente es copiar lo que hacen los demás para salir de su zona de confort, porque esa puede ser la receta perfecta para el fracaso y la frustración.

El secreto para crecer sin entrar en la zona de pánico consiste en aplicar ese viejo aforismo griego: “Conócete a ti mismo”. Necesitamos comprender nuestros límites y conocer nuestro nivel de tolerancia al estrés y la incertidumbre. Solo así podremos ir ampliando paulatinamente esa zona de aprendizaje sin ir demasiado lejos.

Jennifer Delgado Suárez

Soy psicóloga. Por profesión y vocación. Divulgadora científica a tiempo completo. Agitadora de neuronas y generadora de cambios en mis ratos libres.

domingo, 30 de diciembre de 2018

Una Mirada más profunda a la Pérdida - Matt Kahn


Traducido del Inglés por Tahíta desde...http://www.truedivinenature.com/blog

 

 

Más allá de la apariencia de cada historia personal, la pérdida no tiene nada que ver con las decisiones que se toman. 

Cada pérdida es orquestada en un nivel del alma antes de la encarnación.

 Esto indica que las elecciones solo determinan cómo conscientemente o inconscientemente la enfrentamos.

 A medida que se experimenta la gracia de la pérdida, los patrones de apego se liberan de nuestro campo de energía en una forma espontánea de curación celular. 

En ausencia del apego, la disolución simultánea de ideas del llamado pasado o futuro al fin puede revelarla nuestra habilidad natural de ser totalmente abiertos, auténticos y honestos en las relaciones.

Es aquí donde descubrimos la libertad esencial de ser nutridos por la profundidad de lo que damos en vez de necesitar ser alimentados por lo que presumimos  que conseguiremos. 

Hasta que se experimente la profundidad auténtica del amor intemporal en la vida, cada patrón de apego restante será curado por pérdidas espontáneas  surgidas de la naturaleza impermanente de las experiencias.

Este es el sentido primario de la transformación que ocurre en el juego de las relaciones, ya sea entre miembros de la familia, amigos o amantes.

 Cuando no somos conscientes del propósito más profundo que las relaciones sirven en nuestra propia evolución, podemos encontrarnos atrapados en éstas disoluciones dolorosas de apegos hasta que nuestra curación sea completa.

Dependiendo de lo sumergidos que estemos en el mundo de las formas, es posible que sin saberlo evitemos esa curación intentando superar el poder transformador de la pérdida perdiéndonos en el sueño del dolor, donde nada más que desesperación existe, hipnotizados por su fragancia persistente. 

No importa cómo ocurra, la pérdida no es algo para arreglar. Es algo a lo que sobrevivir.

 

Matt Kahn