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viernes, 18 de marzo de 2022

La raíz del sufrimiento - Adyashanti

 


El gran maestro espiritual Krishnamurti dijo: "Cuando a un niño le enseñas que un pajaro se llama 'pájaro', el niño no volverá a ver el pájaro nunca más". Lo que verá será la palabra "pájaro". Eso es lo que verá y sentirá; y cuando alce los ojos al cielo y vea que ese ser extraño y alado echa a volar, ya no se acordará de que lo que hay allí es, verdaderamente, un gran misterio. Ya no se acordará de que en realidad no sabe lo que es. Ya no se acordará de que esa cosa que vuela por el cielo está por encima de todas las palabras, de que es una expresión de la inmensidad de la vida. Es, en realidad, una cosa extraordinaria y maravillosa que vuela por el cielo. Pero en cuanto le asignamos un nombre, ya nos creemos que sabemos lo que es. Vemos "pájaro", y casi lo damos por descontado. Un "pájaro", un "gato", un "perro", una "persona", una "taza", una "silla", una "casa", un "bosque"... A todas estas cosas se les han atribuido nombres, y todas ellas pierden una parte de su vida natural en cuanto las nombramos. Está claro que debemos aprender estos nombres y debemos asociarlos a determinados conceptos; pero si empezamos a creer que los nombres y que todos los conceptos que les asociamos son reales, entonces habremos emprendido ya el viaje que nos conducirá a quedarnos sumidos en un trance por el mundo de las ideas.

La capacidad de pensar y de utilizar el lenguaje tiene un lado oscuro que, si se descuida y se emplea de manera imprudente, puede hacernos sufrir y tener conflictos innecesarios unos con otros. Porque al fin y al cabo eso es lo que hace el pensamiento. Separa. Clasifica. Nombra. Divide. Explica. Es verdad que el pensamiento y el lenguaje tienen aspectos muy útiles y que, por tanto, es muy necesario desarrollarlos. La evolución se ha esforzado mucho para que tengamos la capacidad de pensar de manera coherente y racional, o, dicho de otro modo, de desarrollar un pensamiento que nos permita sobrevivir. Pero cuando observamos el mundo vemos que esto mismo que ha evolucionado para ayudarnos a sobrevivir se ha convertido también en una especie de prisión para nosotros. Nos hemos quedado atrapados en un mundo de sueños, en un mundo en el que vivimos principalmente en nuestras mentes.

Este es el mundo de los sueños del que hablan muchas enseñanzas espirituales antiguas. Cuando muchos sabios y santos antiguos dicen: "Tu mundo es un sueño; estás viviendo en una ilusión", se refieren a este mundo de la mente y al modo en que nos creemos nuestros pensamientos acerca de la realidad. Cuando vemos el mundo a través de nuestros pensamientos, dejamos de conocer la vida tal como es y de conocer a los demás tal como son. Cuando yo tengo un pensamiento acerca de ti, es una cosa que he creado. Te he convertido en una idea. Si tengo una idea acerca de ti y me la creo, te he degradado en cierto modo. Te he convertido en una cosa muy pequeña. Así nos comportamos los seres humanos; esto es lo que nos hacemos los unos a los otros.

Para entender de verdad la causa del sufrimiento y nuestra posibilidad de dejarlo y quedar libres de él, tenemos que observar muy de cerca esta raíz del sufrimiento humano: cuando nos creemos lo que pensamos, cuando tomamos nuestros pensamientos por la realidad, sufrimos. Esto no resulta evidente hasta que no nos lo planteamos; pero el caso es que cuando nos creemos nuestros pensamientos, en ese instante mismo empezamos a vivir en el mundo de los sueños, donde la mente conceptualiza un mundo entero que en realidad no existe en ninguna parte más que en la mente misma. En ese momento empezamos a conocer una sensación de aislamiento, dejamos de sentirnos conectados unos con otros de manera humana, y, por el contrario, nos retraemos cada vez más en el mundo de nuestras mentes, en ese mundo creado por nosotros mismos.

Salir del patrón del sufrimiento

¿Cómo salir de esto, entonces? ¿Cómo evitaremos perdernos en nuestros propios pensamientos, proyecciones, creencias y opiniones? ¿Cómo empezamos a buscar una salida de este patrón del sufrimiento?

Para empezar, tenemos que hacer una observación, que es sencilla pero muy reveladora. Todos los pensamientos (los pensamientos buenos, los pensamientos malos, los pensamientos cariñosos, los pensamientos malignos) se producen dentro de algo. Todos los pensamientos surgen y desaparecen dentro de un vasto espacio. Si observas tu mente, advertirás que cada pensamiento se produce por sí mismo sin más, que surge sin ninguna intención por tu parte. Nuestra reacción aprendida es aferrarnos a ellos e identificarnos con ellos. Pero si somos capaces de renunciar, aunque sólo sea por un momento, a esta tendencia angustiosa a aferrarnos a nuestros pensamientos, empezamos a advertir una cosa muy profunda: que los pensamientos surgen y se agotan de manera espontánea y por sí mismos dentro de un espacio inmenso; que el ruido de la mente se produce, en realidad, dentro de un sentido muy profundo de silencio.

Puede que esto no resulte evidente a primera vista, porque estamos acostumbrados a concebir el silencio y la quietud en términos del entorno exterior. ¿Es silenciosa mi casa? ¿Ha dejado de ladrar el perro del vecino? ¿Está apagado el televisor? O bien, tendemos a concebir el silencio en términos internos. ¿Es ruidosa mi mente? ¿Se han tranquilizado mis emociones? ¿Me siento tranquilo? Pero el silencio o la quietud de que estoy hablando no es un silencio relativo. No es una ausencia de ruido, ni siquiera una ausencia de ruido mental. Es, más bien, una cuestión de empezar a advertir que existe un silencio que está siempre presente, y que el ruido se produce dentro de este silencio, incluso el ruido de la mente. Puedes empezar a darte cuenta de que todo pensamiento surge sobre el telón de fondo de un silencio absoluto. El pensamiento surge literalmente dentro de un mundo sin pensamientos; cada idea aparece dentro de un vasto espacio.

Cuando seguimos observando la naturaleza del pensamiento y, más concretamente, quién o qué es consciente de que se produce el pensamiento, la mayoría de las personas estamos bastante seguras: "Bueno, yo soy el que observa el pensamiento". Eso es lo que nos han enseñado y lo que nosotros suponemos de manera natural, que "tú" y "yo", como individuos separados, somos los que "pensamos" nuestros pensamientos. ¿Quién los iba a pensar, si no? Pero si lo observas con atención te darás cuenta de que en realidad no es cierto que seas tú el que piensa. El pensamiento es una cosa que sucede, sin más. Sucede, lo quieras tú o no, y se detiene, lo quieras tú o no. Cuando empiezas a observar este proceso, te puede impresionar bastante el descubrimiento de que tu mente piensa por sí sola y deja de pensar por sí sola, sin más. Si dejas de intentar controlar tu mente, comienzas a advertir que el pensamiento se produce dentro de un espacio muy vasto. Este descubrimiento es extraordinario, porque empieza a mostrarnos la presencia de algo distinto del pensamiento, y que nosotros somos algo más que el primer pensamiento que nos viene a la mente.

Cuando nos creemos nuestros pensamientos, cuando creemos muy dentro de nosotros que, de hecho, equivalen a la realidad, podemos empezar a ver que esto nos conduce directamente a la frustración, al descontento y, en último extremo, al sufrimiento, a muchos niveles. Este descubrimiento es el primer paso para desenmarañar nuestro sufrimiento. Pero también hay que ver algo más, una cosa más fundamental todavía. Este descubrimiento más profundo se produce mucho después de que hayamos formado nuestras opiniones, nuestras creencias y nuestra capacidad de conceptualizar. ¿A qué se debe que, a pesar de que hemos empezado a advertir que son nuestras mentes las que nos hacen sufrir, seguimos asiéndonos tan profundamente y con tanta vehemencia a ellas? ¿Por qué nos seguimos aferrando a esta identificación, hasta el punto de que a veces parece que es nuestra mente la que se aferra a nosotros? Uno de los motivos por los que hacemos esto es que creemos que nosotros somos, en realidad, el contenido de nuestras mentes: nuestras creencias, nuestras ideas, nuestras opiniones. Esta es la ilusión primordial: que yo soy lo que pienso, que yo soy lo que creo, que yo soy mi punto de vista particular. Pero, para ver más allá de esta ilusión, resulta útil observar con mayor profundidad todavía qué es lo que nos impulsa a ver el mundo de esta manera.

Imaginarnos a nosotros mismos y a los demás

Vamos a estudiar cómo formamos una imagen de nosotros mismos a partir de la nada, pues esto es precisamente lo que hacemos. A partir de este vasto espacio interior de consciencia y de quietud, formamos una imagen de nosotros mismos, una idea de nosotros mismos, una colección de pensamientos sobre nosotros mismos; esto es una cosa que nos enseñan a hacer cuando somos muy pequeños. Nos asignan un nombre, nos asignan un sexo. Vamos adquiriendo experiencia a medida que vivimos la vida, al ir pasando por los altibajos de lo que supone ser un ser humano; a cada hecho que nos sucede, cambian las ideas que tenemos acerca de nosotros mismos. Vamos acumulando poco a poco ideas acerca de ese que nos imaginamos que somos. Al cabo de no mucho tiempo, cuando tenemos cinco o seis años, ya tenemos los rudimentos de una autoimagen. La imagen es una cosa que valoramos mucho en nuestra cultura. Mimamos nuestra imagen; vestimos nuestra imagen; procuramos imaginarnos que somos más, o mejores, o incluso menos de lo que somos en realidad. En suma, vivimos en una cultura en la que se atribuye un gran valor a la imagen que nos proyectamos a nosotros mismos y que proyectamos a los demás. [...]

Así pues, en la práctica, todos andamos por la vida presentándonos unos a otros nuestras imágenes, y nos relacionamos los unos con los otros como imágenes. Sea quien sea quien creamos que es otra persona, no será más que una imagen que tenemos en la mente. Cuando nos relacionamos unos con otros desde el punto de vista de la imagen, no nos relacionamos con quien es el otro; sólo nos relacionamos con quien nos imaginamos que es el otro. Y después nos extraña que no nos relacionemos bien, que tengamos discusiones y que nos entendamos tan radicalmente mal unos con otros. [...]

Pero si queremos saber de verdad quiénes somos, si queremos llegar hasta el fondo de esta manera determinada nuestra de sufrir, que surge de que nos creemos que somos lo que no somos, entonces tenemos que estar dispuestos a mirar debajo de la imagen, debajo de la idea que tenemos unos de otros y, más concretamente, debajo de la idea que tenemos de nosotros mismos. [...]

Porque, cuando miramos dentro de lo que somos de verdad (por debajo de nuestras ideas, por debajo de nuestras imágenes), no hay nada. No hay ninguna imagen en absoluto.

Hay un koan zen (un koan es un acertijo que no se puede responder con la mente, sino sólo mirando directamente por uno mismo) que dice: "¿Cuál era tu rostro verdadero antes de que nacieran tus padres?". Naturalmente, si tus padres no habían nacido todavía, tampoco habías nacido tú; y si no habías nacido, no tenías ni cuerpo ni mente. Así pues, si no habías nacido, no podías concebir una imagen propia. Es una manera de preguntar, por medio de un acertijo: "¿Qué eres tú, en realidad, cuando miras más allá de todas las imágenes y de todas las ideas acerca de ti mismo; cuando miras de manera absolutamente directa aquí y ahora, cuando te basas completamente en ti mismo y miras por debajo de la mente, por debajo de las ideas, por debajo de las imágenes? ¿Estás dispuesto a entrar en ese espacio, en el lugar donde no se arroja ninguna imagen, ninguna idea? ¿Estás verdaderamente dispuesto y preparado para ser así de libre y así de abierto?".

(Extracto de El Fin del Sufrimiento)

miércoles, 26 de enero de 2022

Indagación Auténtica - Adyashanti

 





Traducido con Amor desde... Adyashanti.org

 

Por Adyashanti

¿Qué es realmente la indagación? Ésta es una buena pregunta. Y como la mayoría de las buenas preguntas, es muy básica. La auténtica indagación es permitirte a ti mismo interesarte, aceptar esa carga ingrávida del interés. Todos sabemos lo que es indagar motivados por un interés intelectual ― preguntar por preguntar o porque piensas que deberías preguntar. Esto no es interesarse. Cuando algo te interesa, se mete dentro de ti. Se mete dentro del caparazón que impide que seas afectado o molestado, el caparazón que impide que sucedan cosas nuevas.

Entonces, al principio, para indagar profundamente acerca de algo, te tiene que interesar. Te tiene que interesar lo suficiente como para dejarlo entrar dentro del caparazón ¿Qué te interesa realmente? ¿Qué te atrae hacia el aquí y ahora, hacia este instante? ¿Qué es lo más importante para ti? Para que haya verdadera indagación, es importante preguntar acerca de algo que sinceramente te interese. La pregunta necesita ser personal, no acerca de una enseñanza espiritual o de algo que esté fuera de tu experiencia. Necesita ser algo que venga de tu interior.

Cuando algo te interesa, te interesa desde el interior. Muchas personas se imponen sobre ellas mismas ideas desde el exterior, pero esto no es indagación. Cuando te interesas verdaderamente, entras en una aventura amorosa con aquello que te interesa. A veces te lleva a la alegría, a veces a la confusión. No sabes qué hacer. No sabes hacia dónde estás yendo. Te sientes un poco fuera de control; estás dejando que este interés se meta bajo tu piel. Darse cuenta que te interesa tanto es lo más importante; de otra manera, puedes pasarte toda tu vida poniendo tu interés en lo que otra persona te dice que deberías.

Como mucha gente, tal vez temas averiguar cuán grande es tu interés porque ese interés podría despojarte de ti mismo ¿Cuál es la única cosa que importará al final de tu vida? Sin ella, dirías: “De eso se trataba todo y me lo perdí”. Si tuvieses el mejor trabajo, muchísimo dinero, el/la amante perfecto/a, o cualquiera que sea tu ideal y de repente tu vida se acabase. ¿Qué quedaría todavía por hacer? De eso se trata todo.

Cuando encuentras ese tipo de interés, la indagación tiene cierto poder detrás de él. También encuentras tu propia integridad interior. Encuentras algo dentro de ti que es estable. Hay un lugar en tu interior que está dispuesto a ser un poco loco ― lo suficientemente loco para tomarse la indagación en serio y no considerar nada como sagrado. No considerar nada como sagrado significa que nada se asume como verdadero y que todas tus suposiciones son cuestionables. Cuanto más espirituales sean, más cuestionables son. En última instancia tus suposiciones más sagradas e indiscutidas acerca de ti, de otros y de la vida, son las que más hay que cuestionar.

Muchas personas encuentran que su espiritualidad los lleva hacia afuera. Piensan que están yendo hacia dentro porque han oído la enseñanza espiritual: “Indaga y mira en tu interior”. Mientras tanto, están en las nubes buscando la experiencia espiritual de otro, buscando la experiencia correcta o buscando la experiencia que ellos creen que tienen que tener. Esto es ir por una dirección totalmente equivocada espiritualmente. Indagar es un medio para llevarte de vuelta a ti mismo, de vuelta a tu experiencia.

Cuando la indagación es auténtica, te trae a la experiencia del aquí y ahora, a lo más profundo de ella, empujándote dentro de ella. La pregunta te lleva de vuelta dentro del misterio de tu experiencia. “¿Que soy yo?” te lleva directamente al misterio nuevamente. Si tu mente es honesta, sabe que no tiene la respuesta. Te preguntas “¿Qué soy yo?” e instantáneamente, aparece el silencio. Tu mente no sabe. Y cuando no sabe, hay una experiencia que está viva aquí mismo, ahora mismo. Te chocas contra la nada que hay en el interior ― esa nada, esa nada absoluta que tu mente no puede conocer.

La respuesta no viene en la forma de una descripción o de una frase; es una experiencia directa. Y esta experiencia, tu vivencia, siempre trasciende cualquier palabra o respuesta intelectual. De hecho, la verdad de tu Ser está trascendiéndose eternamente. Tan pronto como se proyecta a sí misma como una cosa, incluso como una profunda revelación, ya se ha trascendido. Así que, eventualmente, la indagación se agota. Tú te agotas a ti mismo. Tu ego se agota. Tu yo espiritual se agota. Lo agotas todo. Te has indagado fuera de todo esto y estás desapareciendo más rápido de lo que puedes reponerte.

Como dijo Nisargadatta Maharaj tan brillante y hermosamente:

“La comprensión última es que no hay comprensión última”.

Cuando está en la cabeza es un increíble pedazo de comprensión; cuando está en el corazón, como dijo Buda, se extingue. Encuentras una experiencia viva del Ser, vacía de contenido, vacía de ti. Aquí es donde el despertar espiritual comienza. Esta es la respuesta viva de la indagación auténtica.

Adyashanti




jueves, 30 de septiembre de 2021

El origen de todo - Adyashanti

Traducido con Amor desde...https://www.adyashanti.org

 



Hay una espontaneidad increíble en el centro de toda nuestra experiencia que no solemos notar. Cuando prestamos atención profunda (el corazón de la práctica contemplativa espiritual real es prestar atención), nuestros pensamientos simplemente parecen aparecer, incluso los pensamientos que tenemos sobre nosotros mismos, así como sobre otros seres y el mundo.

No tenemos conciencia de cómo late nuestro corazón o exactamente cómo estamos respirando. No tenemos que acordarnos de digerir bien nuestra comida. Todo eso está programado en nuestra biología y está sucediendo sin que nuestro consciente lo sepa. Lo que sabemos es lo que rompe la barrera entre el inconsciente y el consciente. Tan pronto como algo del inconsciente traspasa la barrera, de repente somos conscientes de ello: reconocemos el pensamiento.

Todo parece simplemente suceder, pero no es tan casual como eso. Hay una complejidad e inteligencia increíbles que operan debajo de todo esto. Llamémoslo simplemente la totalidad por el bien del momento: lo esencial, la esencia de nosotros, la esencia de este momento. Las experiencias conscientes son la punta del iceberg, la parte de la totalidad que ahora mismo está rompiendo esa barrera de la inconsciencia y volviéndose consciente. Así que ahora mismo, la totalidad está ahí. Está funcionando. Somos conscientes de cualquier parte de la totalidad que se ha vuelto consciente. Una parte muy importante de la espiritualidad es ampliar ese dominio de lo que somos conscientes, de lo que realmente somos conscientes.

Hay una especie de realización, un cambio de identificación, en el que experimentamos que nuestro yo es la totalidad. Experimentamos que nuestro yo es el origen mismo y, sin embargo, eso no significa que de repente seamos conscientes de las infinitas interconexiones que dan origen a un solo momento de experiencia. Esas interconexiones son demasiado vastas. Son aparentemente infinitos en un mundo donde todo está conectado con todo lo demás. Todo es parte de lo que está creando cada otro momento. Ninguna mente podría rastrear todas esas interrelaciones que ocurren simultáneamente. Entonces, incluso cuando experimentamos que nuestro yo es la totalidad en nuestra esencia, todavía nos sorprende la absoluta y asombrosa espontaneidad de esa totalidad.

Aunque suene bastante paradójico, cualquier movimiento es en realidad el movimiento de la quietud. La quietud produce el movimiento, el movimiento ocurre dentro de la quietud y luego el movimiento se resuelve en la quietud. De manera similar, las palabras que estoy hablando son el origen y luego son la totalidad de la conciencia. Salen de esa conciencia. Son una expresión de esa conciencia.

Muchas grandes enseñanzas y realizadores espirituales han hablado de cómo, en nuestra esencia, lo desconocido es una forma de intentar articular la experiencia de la totalidad. Incluso la totalidad no rastrea cada interconexión en cada instante. Está siendo todo eso. Está siendo Eso.

La función sagrada potencial de una enseñanza es evocar algo que vive en ti, algo más allá de la enseñanza, algo más allá del maestro, algo que es una parte viva de ti, una parte hermosa de ti, una parte de nosotros. Comenzamos a traer una mayor conciencia para actuar en cualquier momento, tal vez en cada momento. Notamos una similitud con todo lo que evoca lo sagrado, ya sea una enseñanza espiritual o una gran obra de arte, música o un paseo por la naturaleza, que es artístico más allá de la imaginación. El mundo natural es la obra de arte más grande que jamás veremos o en la que participaremos, donde literalmente caminamos, vivimos y respiramos en una expresión de ser inimaginablemente creativa.

El elemento que todo lo ilumina, que todo lo abre, es nuestra conciencia. Nos permite tener los ojos para ver la divinidad de todo, incluso en medio de todo lo que es la vida, incluida la tragedia, la dificultad y todas las partes negativas. No necesitamos negar ningún aspecto de la existencia para encontrar esta divinidad.

Nuestra conciencia, tiene la capacidad de ver más allá de la superficie de las cosas. No es una idea abstracta de un globo ocular cósmico que lo está mirando todo. Pero, de repente, todo nuestro cuerpo-mente es parte del funcionamiento de la conciencia. No solo vemos nuestro entorno; en realidad lo sentimos. Lo sentimos.

Todo nuestro cuerpo-mente es en realidad una especie de órgano sensorial del infinito, de la verdadera naturaleza. Es cierto que la mayoría de las personas no lo utilizan de esa manera, porque se necesita mucha atención y sensibilidad para comenzar a hacerlo. Pero, no obstante, esta conciencia cuerpo-mente es una forma en que la vida o el cosmos se experimenta a sí mismo, y eso es extraordinario. Sin un cuerpo, una mente o una conciencia para experimentarse a sí mismo, el universo no tendría absolutamente ninguna experiencia de sí mismo. En cierto sentido, no existiría si no se experimenta en absoluto.

En las enseñanzas espirituales se nos anima al despertar de estos cuerpos y mentes, a romper nuestra identificación con ellos, lo cual es extremadamente útil e incluso necesario si queremos tener la comprensión más profunda de nuestra verdadera naturaleza y, sin embargo, lo que tenemos que hacer es simplemente romper la identificación restringida con ellos. Eso no tiene nada que ver con la utilidad de este increíble mecanismo que es el cuerpo, el cuerpo físico, el cuerpo sutil. Estos son de un valor extraordinario, porque a través de estos estamos teniendo nuestra experiencia de vida. Así es como se experimenta la vida.

 

© Adyashanti 2020

https://www.adyashanti.org/teachings/library/writing#the-origin-of-everything

 

La Iluminación no te hace Especial - Adyashanti

Muchos buscadores no asumen toda la responsabilidad de su propia liberación, sino que esperan una gran experiencia espiritual final que les catapultará plenamente hacia ella. Es esta búsqueda de la experiencia liberadora final la que da lugar a una forma de consumismo espiritual desenfrenado en el que los buscadores van de un maestro a otro, van de compras de la iluminación como si fueran a comprar golosinas en una tienda de dulces. Esta promiscuidad espiritual está convirtiendo rápidamente la búsqueda de la iluminación en un culto de buscadores de experiencias. Y, aunque muchas personas sí que tienen fabulosas experiencias, en la mayoría de los casos éstas no conducen a la profunda transformación del individuo, que es la expresión de la iluminación.

Hablando regularmente con buscadores espirituales, me di cuenta un día cuán adictos son muchos de ellos al poder del carisma. Se intercambian historias sobre cuán poderoso es este o aquel maestro y comparan experiencias. Pagan un precio por ello, confundiendo el carisma con la iluminación. El carisma atrae a todos los niveles: político, sexual, espiritual, etc, y se alimenta del deseo del ego de sentirse especial. Al ego le encanta recibir golpes de autoestima, es como una forma de caramelo espiritual. El caramelo puede ser dulce, pero ¿se puede vivir de él? ¿Te hace libre?

La libertad no es necesariamente emocionante; es sólo libre. Muy apacible y silenciosa, así que muy tranquila. Por supuesto, también está llena de alegría y asombro, pero no es lo que te imaginas. Es mucho, mucho menos. Muchos confunden el poder embriagador del llamado carisma espiritualista con la iluminación. La mayoría de las veces es simplemente espiritualista, y no necesariamente libre o iluminado. Para ser verdaderamente libre, debes desear conocer la verdad más de lo que deseas sentirte bien. Porque si sentirte bien es tu meta, entonces tan pronto como te sientas mejor, perderás el interés por lo verdadero. Esto no quiere decir que sentirse bien o experimentar amor y felicidad sea una cosa mala. Si se pudiera elegir, cada uno elegiría sentirse feliz en lugar de triste.

Simplemente significa que si este deseo de sentirte bien es más fuerte que el deseo de ver, conocer, y experimentar la Verdad, entonces este deseo estará siempre distorsionando la percepción de lo que es Real, corrompiendo la integridad más profunda de uno.
Por mi experiencia, todos dicen que quieren descubrir la Verdad, justo hasta que se dan cuenta de que la Verdad les despojará de sus ideas arraigadas más profundas, sus creencias, esperanzas y sueños. La libertad de la iluminación es mucho más que la experiencia de amor y de paz. Significa descubrir una Verdad que dará un vuelco a tu visión de tí mismo y de la vida. Para alguien que está realmente preparado, será algo increíblemente liberador. Pero para alguien que todavía está aferrado de un modo u otro, será extremadamente desafiante. ¿Cómo saber si estás preparado? Uno está preparado cuando está dispuesto a ser absolutamente consumido, cuando está dispuesto a ser el combustible para un fuego sin fin.

Si comienzas a jugar el juego de ser “alguien iluminado”, el verdadero maestro pondrá su atención en ti. Te va a desenmascarar, y este desenmascaramiento te va a doler. Debido a que el ego estará allí, ante la luz de la Verdad, desenmascarado y humillado. Por supuesto, el ego “¡protestará!”. Dirá que el maestro ha cometido un error y comenzará a justificarse en un esfuerzo para ponerse su coraza protectora. Comenzará a inventar justificaciones con una sutileza engañosa increíble. Aquí es donde comienza la verdadera sadhana (práctica) espiritual. Aquí es donde todo se vuelve muy real y el estudiante descubre si él o ella realmente quiere ser libre, o simplemente quiere seguir siendo un ego falso, independiente y auto-justificante. Se presenta inevitablemente esta encrucijada y siempre es un reto. Separa al verdadero buscador del falso. El verdadero buscador estará dispuesto a abrirse a la gracia de la humildad, mientras que el buscador falso huirá de ella. Así comienza el verdadero camino hacia la iluminación, otorgado sólo a aquellos que estén dispuestos a ser nadie. El descubrimiento de tu “nadie-dad” abre la puerta a despertar como ser, y más allá hacia la Fuente de todo ser.

No creo que la iluminación te vaya a hacer especial, no. Si te sientes especial de alguna manera, entonces la iluminación no se ha producido. Me encuentro con muchas personas que piensan que están iluminados y despiertos, simplemente porque han tenido una experiencia espiritual muy conmovedora. Llevan su iluminación en su manga como una medalla al honor. Se sientan entre amigos y hablan de lo despiertos que están mientras se toma un café en una cafetería.

Lo curioso es que cuando la iluminación es auténtica, no hay nadie que la reclame. La iluminación es muy normal; no es nada especial. En lugar de hacerte más especial, va a hacerte menos especial. Te coloca justo en el centro de una maravillosa humildad e inocencia. Todos los demás pueden o no llamarte iluminado, pero cuando estás iluminado toda la idea de la iluminación y de alguien que está iluminado es una gran broma. Yo uso la palabra iluminación todo el tiempo – no para dirigirte hacia ella sino para que vayas más allá. No te atasques en la iluminación.

El ego es el movimiento de la mente hacia los objetos de percepción en la forma de apego, y de rechazo de los objetos en la forma de aversión. Esto es fundamentalmente todo el ego. Este movimiento de apego y aversión da lugar a la sensación de un “yo” separado, y a su vez la sensación del “yo” se fortalece de esta manera. Es este bucle continuo de causalidad lo que embauca a la conciencia en un trance de identificación. ¿Identificación con qué? La identificación con el continuo bucle del sufrimiento. Después de todo, ¿quién sufre? El “yo” es el que sufre. ¿Y quién es este yo? No es nada más que una sensación de ser originada por la identificación con el apego y la aversión. Ya ves, todo es una creación de la mente, una película sin fin, un sueño terrible. No trates de cambiar el sueño, porque el tratar de cambiarlo no es más que otro movimiento en el sueño. Mira el sueño. Sé consciente del sueño. Esa conciencia es Ello. Interésate más en la conciencia del sueño que en el sueño mismo. ¿Qué es esa conciencia? ¿Quién es esa conciencia? No sueltes una respuesta, sólo sé la respuesta. Sé Ello.

La iluminación significa el fin de toda división. No es simplemente tener una experiencia ocasional de unidad más allá de toda división, en realidad es ser indiviso. Esto es lo que realmente significa no-dualidad. Significa que hay un solo Ser, sin una diferencia o brecha entre la revelación profunda de la Unidad y la forma en que se percibe y se vive cada momento de la vida. No-dualidad significa que la revelación interior y la expresión exterior de la personalidad son una y la misma. Muy pocos parecen estar interesados en la mayor implicación contenida en las profundas experiencias espirituales, ya que es la contemplación de estas implicaciones lo que rápidamente trae a la conciencia las divisiones internas existentes en la mayoría de los buscadores.

Las personas espirituales pueden ser algunas de las personas más violentas que nunca hayas conocido. En su mayoría, son violentas hacia sí mismas. Tratan violentamente de controlar su mente, sus emociones y sus cuerpos. Se enfurecen consigo mismas y se maltratan a sí mismas por no rebelarse ante la idea de la mente condicionada de lo que cree ser la iluminación. Nadie nunca se ha liberado a través de este tipo de violencia. ¿Por qué es que tan pocas personas son realmente libres? Porque tratan de amoldarse a las ideas, conceptos y creencias en sus cabezas. Tratan de concentrarse en su camino al cielo. Pero la libertad trata sobre el estado natural, la expresión espontánea y natural del ser. Si deseas encontrarla, observa que la idea misma de una persona que tiene el control es un concepto creado por la mente. Da un paso atrás en lo desconocido.

No hay nada más insidiosamente destructivo para el logro de la liberación que dudar de uno mismo y el cinismo. La duda es un movimiento de la mente condicionada que siempre dice que “no es posible”, que “la libertad no es posible para mí”. La duda siempre sabe; ella “sabe” que nada es posible. Y en este saber, la duda te roba la posibilidad de que te ocurra algo realmente nuevo o transformador. Por otra parte, la duda siempre va acompañada de un cinismo generalizado que inconscientemente le da un giro negativo a todo lo que toca. El cinismo es una visión del mundo que protege al ego del escrutinio, manteniendo una postura negativa en relación a lo que no conoce, no quiere conocer, o no puede conocer. Muchos buscadores espirituales no tienen ni idea realmente de lo cínicos que son y lo cargados de dudas que están. Es esta ceguera y negación de la presencia de la duda y el cinismo lo que hace imposible el nacimiento de una profunda confianza, una confianza sin la cual la liberación final siempre será simplemente un sueño.

Todo miedo viene del pensamiento en la forma de memoria (pasado) o de proyección (futuro). El pensamiento crea el tiempo: pasado, presente y futuro. Así que el miedo existe y proviene de la percepción de la existencia del tiempo. Estar libre del temor es estar libre del tiempo. Puesto que el tiempo es una creación del pensamiento, para estar libre del temor debes estar libre del pensamiento. Por consiguiente, es importante despertar y experimentar tu Ser fuera del pensamiento, existiendo como eternidad. Así que pon en duda todas las ideas de ti mismo que sean creaciones del pensamiento y del tiempo – del pasado, presente y futuro. Experimenta tu eternidad, tu divinidad, tu despertar hasta que estés convencido de que nunca estás sujeto al movimiento del pensamiento, del miedo o del tiempo. Estar libre del miedo es estar lleno de Amor.

Muchos buscadores espirituales se quedan “atrapados en el vacío”, en lo absoluto, en la trascendencia. Se aferran a la felicidad, o la paz, o la indiferencia. Cuando la motivación egoísta de vivir desaparece, muchos buscadores se vuelven indiferentes. Ellos ven la perfección de toda la existencia y no encuentran razón para hacer nada, incluyendo el cuidado de sí mismos o de otros. Yo llamo a esto “tomar un refugio falso”. Es una trampa del ego muy sutil. Esta fijación en lo absoluto y toda forma inconsciente de apego se pretende hacer pasar por la liberación. Puede ser muy difícil despertar a alguien de esta fijación engañosa, ya que literalmente no tienen ninguna motivación para soltarla. Atascados en una forma de indiferencia divina, estas personas creen que han llegado a la cima de la montaña, cuando en realidad se esconden en la mitad de su ladera.

La iluminación no quiere decir que uno deba desaparecer en el reino de la trascendencia. Esta fijación en lo absoluto es simplemente el polo opuesto de estar fijado en lo relativo. Con la llegada de la verdadera iluminación, hay un tremendo nacimiento del Amor impersonal y sabiduría que nunca se fija en ningún ámbito de la experiencia. Despertar a la visión del absoluto es profundo y transformador, pero despertar de todos los puntos de vista fijos es el nacimiento de la verdadera no-dualidad. Si el vacío no puede danzar, no es verdadera vacuidad. Si la luz de la luna no inunda el vacío cielo nocturno y se refleja en cada gota de agua, en cada brizna de hierba, entonces estás mirando solamente a tu propio sueño vacío. Yo digo: “¡Despierta!” Entonces tu corazón será inundado por un Amor que no se puede contener.

Quizás pueda señalarte la gran Realidad dentro de ti. Quizás despiertes a la experiencia directa de la realización del Ser. Quizás comprendas el fuego de la transmisión. Pero hay una cosa que nadie puede darte: sólo la integridad y la honestidad te llevará por completo a la otra orilla. Nadie puede darte la fuerza de carácter necesaria para la experiencia espiritual profunda que se convertirá en el catalizador de la transformación evolutiva llamada “iluminación”. Sólo tú puedes descubrir esa pasión que arde dentro con una integridad que no se conformará con nada menos que la Verdad.

La iluminación no tiene nada que ver con los estados de consciencia. Que estés en la consciencia del ego o en la consciencia de la unidad no es realmente la cuestión. He conocido a muchas personas que tienen fácil acceso a estados avanzados de consciencia. Aunque para algunas personas esto puede lograrse fácilmente, también me doy cuenta de que muchas de estas personas no son más libres que cualquier otra persona.

Si no crees que el ego pueda existir en estados muy avanzados de consciencia, te equivocas. La cuestión no es el estado de consciencia, incluso los muy avanzados, sino el misterio despierto que es la fuente de todos los estados de consciencia. Es incluso la fuente de la presencia y del ser. Está más allá de toda percepción y toda experiencia. Yo lo llamo “conciencia despierta”. Para averiguar que estás vacío de la vacuidad tienes que morir en el misterio consciente, que es la fuente de toda existencia. Lo que pasa es que ese misterio está enamorado de toda su manifestación y no manifestación. Encuentras tu Ser dando un paso atrás fuera de ti mismo.

 

Adyashanti es un maestro espiritual nacido en Estados Unidos dedicado a servir al despertar de todos los seres. Sus enseñanzas son una invitación abierta a detenerse, investigar y reconocer lo que es verdadero y liberador en el centro de toda la existencia. Sus libros incluyen Baile del vacío , El fin de tu mundo , Meditación verdadera , El camino de la liberación y Caer en la gracia .

Cuando se le pidió que enseñara en 1996 por su maestro Zen durante 14 años, Adyashanti ofrece enseñanzas que están libres de cualquier tradición o ideología. "La Verdad que señalo no se limita a ningún punto de vista religioso, sistema de creencias o doctrina, sino que está abierta a todos y se encuentra dentro de todos". Para obtener más información, visite adyashanti.org.

viernes, 1 de enero de 2021

Silencio - Adyashanti

El verdadero silencio tiene mucho que ver con nuestro estado de conciencia. Creo que todos estamos familiarizados con el silencio fabricado (así lo llamo yo), que es un silencio muerto. Si has estado en grupos de meditación, probablemente habrás experimentado el silencio fabricado. Es el silencio que resulta de la manipulación de la mente. Es un silencio falso, pues está fabricado, controlado. El verdadero silencio no tiene nada que ver con ningún control o manipulación de tu experiencia o de ti mismo. Así que olvídate de controlar la mente.

Lo que nos rodea es una conciencia grosera. Esta conciencia es pesada, espesa y densa. Cuando enciendes la televisión, la mayoría de las veces te encuentras con conciencia grosera. Casi todas las películas reflejan una conciencia grosera. Grosera significa dormida, en el estado de sueño.

Desde este estado grosero de conciencia, el silencio es percibido como un objeto. Aparentemente, la quietud es algo que te sucede. Pero ése no es el verdadero silencio. El silencio genuino es tu verdadera naturaleza. Decir «estoy en silencio» es, de hecho, bastante ridículo. Si lo piensas, no se trata de estar en silencio, sino de ser silencio. La diferencia conceptual entre las experiencias de «estoy en silencio» y «soy silencio» tal vez sea pequeña, pero es la diferencia que existe, precisamente, entre la libertad y las ataduras, entre el cielo y el infierno.

Deja de pensar en el silencio como ausencia de ruido (mental, emocional o externo a ti). Mientras sigas viendo el silencio como algo objetivo, algo que no está en ti pero que es accesible a través de una experiencia emocional, seguirás persiguiendo la proyección de tu idea. Si buscas el silencio es como si fueras montado en una moto acuática por un lago buscando un lugar silencioso y haciendo «brooom, brooom» al mismo tiempo, corriendo cada vez más como consecuencia de la ansiedad que te genera el no poder alcanzar ese lugar. No importa el tiempo que pases recorriendo el lago con la moto, pues nunca encontrarás este silencio. En realidad, no tendrías más que dar marcha atrás y apagar el motor, y lo conseguirías. Todo estaría tranquilo, muy silencioso. Cuando vuelvas a estar receptivo y relajado, regresarás a tu estado natural. A un estado natural de silencio.

Hace muchos años tuve la gran suerte de descubrir esta maravilla. El origen de este descubrimiento no fue la inteligencia, sino un estrepitoso fracaso. Los estudiantes de zen meditan mucho concentrándose en la respiración. Aparentemente están muy concentrados, pero generalmente, cuando crees que estás concentrado en la respiración, te das cuenta de que estás persiguiendo alguna de las historias de la mente. Es como si estuvieras tratando de disciplinar a un perro que quisiera dejarse entrenar. Algunas personas son aparentemente buenas en esta práctica. Mantienen la atención, se quedan ahí y permanecen tranquilas. Yo nunca tuve la capacidad de concentrar la mente de este modo, así que se puede decir que no era muy bueno en esto. Tras fracasar completamente una y otra vez, oí a mi maestro decir: «Tenéis que encontrar vuestro propio camino». En vez de centrar la atención en un punto muy pequeño, descubrí que mi camino consistía en permanecer presente, sin más, y eso me abría por completo. Se parece más a la escucha que a la concentración.

En esa escucha descubrí un estado muy natural, el único estado al que no se llega por voluntad propia. Desde ese estado, parecido a la escucha, empecé a ver que cualquier esfuerzo por conseguirlo generaba otro estado. En cuanto realizaba un esfuerzo aparecía un estado, que se fabricaba desde la nada. Podía fabricar estados hermosos, terribles, concentrados, todo tipo de estados; pero sólo había un estado completamente natural y absolutamente exento de esfuerzos. En ese estado descubrí el acceso al Ser más profundo, que es la libertad.

 Por su naturaleza, este estado conlleva una ausencia de esfuerzo. No puede ser nada que necesite mantenimiento. Una mente tranquila conseguida a base de concentración acaba siendo una mente apagada, no una mente libre. Aunque parezca tranquila y buena, porque es serena, no será una mente libre, y en tu ser tampoco te sentirás libre. Esta es la paz que consigues cuando aprendes a meditar mediante la concentración y le dices a tu maestro «sí, he encontrado la paz, pero cuando dejo de meditar todo se va al traste en un instante». Esto le indica al maestro, con exactitud, qué tipo de meditación estás haciendo: estás controlando la experiencia. Cuando te levantas para proseguir con tu día y te ves obligado a prestar atención a otras cosas, no puedes estar atento a tu concentración, así que tu paz mental desaparece, pues era una paz fabricada.

En la búsqueda espiritual, el cincuenta por ciento de la práctica persigue conducirte al silencio instantáneamente. Cuando te preguntas « ¿quién soy?», si eres honesto verás que esta pregunta te conduce instantáneamente  al silencio. El cerebro no tiene la respuesta, así que de repente se hace el silencio. La pregunta debe llevarte a ese estado de silencio que no es fabricado, en el que fracasan tanto el pensamiento como la búsqueda de la experiencia emocional adecuada. Si preguntas « ¿quién soy?» o « ¿cuál es la verdad?», verás que estas cuestiones te conducen instantáneamente al silencio. Si te resistes a él, y la mayoría de la gente lo hace, en cuanto regresas a ese estado de silencio la mente se pone a dar brincos por todas partes buscando algo más, una respuesta conceptual o una imagen; es el mismo efecto que se crea cuando caen unas gotas de agua sobre una sartén con aceite caliente.

El silencio natural, espontáneo e incontrolado, es un silencio sincero: rico y vasto. El silencio controlado está entumecido y es estrecho. Cuando el silencio es incontrolado te sientes muy abierto, te vuelves receptivo y la mente deja de imponerse. Se produce un regreso natural a tu verdadera naturaleza. Esta naturaleza no está en silencio: es el silencio. También podríamos llamarla nada.

Mientras sigas pensando que el silencio es lo opuesto al ruido, no alcanzarás el verdadero silencio. Cuando estás en silencio real, te das cuenta de que el sonido de una taladradora también es el silencio, que sólo está asumiendo otra forma. El verdadero silencio es totalmente inclusivo. Va más allá de la idea dualista del silencio. Cuando nos quedamos en silencio nos damos cuenta de que éste no es ajeno al gesto ni al movimiento. Cuando terminas de meditar, si te levantas y te pones en movimiento para proseguir con tu día pensando « ¿por qué no puedo mantener esta increíble calma?», habrás experimentado la calma controlada, en vez del silencio natural, incontrolado. Si te relajas de nuevo en el verdadero silencio, cuando tu cuerpo se levante para moverse, el propio silencio será quien se mueva.

Cuando te des la oportunidad de regresar a tu verdadera naturaleza no le pedirás nada en particular a esa tranquilidad. Cuando estamos tranquilos generalmente esperamos algo, y eso nos deja en la periferia, pues en vez de relajarnos, nos esforzamos por mantenernos a flote. Cuando no esperamos nada, se produce un hundimiento natural, una profundización en la fuente de tu ser. La tranquilidad es enorme y entonces, y sólo entonces, empiezas a sentir la presencia. Esta calma conlleva una presencia muy palpable. Por eso digo que no es una calma muerta. Sentirás que está llena de vida. Esa presencia está dentro y fuera de tu cuerpo. Lo inunda todo. Cuando la buscas, buscas una presencia grosera, una presencia pesada que pueda golpearte en la cabeza. Pero no sucederá nada así. El verdadero silencio es un brillo. Te sientes brillante. Se produce una iluminación, y tienes la profunda sensación de estar vivo.

Cuando te quedas en silencio te relajas en el momento, en tu verdadera naturaleza. De esta forma, te das cuenta de que no puedes evitar ninguna parte de tu experiencia. Si buscas el silencio para evitar alguna sensación, entonces no experimentarás el verdadero silencio. La desnudez del silencio, o presencia, te desarma de tal forma que no puedes evitar ninguna experiencia ni ningún acontecimiento, nada. Un silencio entumecido tal vez te evite alguna cosa, pero la quietud del silencio verdadero no te permitirá evitar ninguna parte de la experiencia. Ya está aquí, esperando.

Este regreso a nuestra verdadera naturaleza ha sido retratado en muchas historias o mitos espirituales como un campo de batalla, como si una parte de ti no quisiera volver a ser ella misma. Esta parte recibe el nombre de ego, yo o mente. Debido a estos mitos, la gente espiritual tal vez crea que una parte de su interior no desea despertar y que, por tanto, la lucha es necesaria. Cuando alcances un silencio verdadero te darás cuenta de que eso es una auténtica tontería. Verás que el pensamiento surge en la mente desde el vacío, y que sólo generará una batalla si lo tomas como realidad. Sin embargo, verás claramente que el pensamiento no es real; es tan sólo una aparición espontánea de pensamiento. A no ser que te lo creas y lo traslades a la historia de lucha protagonizada por el heroico buscador espiritual, el pensamiento no será real. En cuanto te impliques en la lucha del buscador, la guerra estará perdida.

El silencio te dejará ver que los lugares a los que se mueve la mente no son más que movimientos del pensamiento, sin ninguna realidad, y sólo se harán reales si te los crees. Los pensamientos se limitan a moverse por la conciencia. No tienen ningún poder. No implican ninguna realidad, hasta que vas a por ella, la tomas y, de algún modo, la fecundas con el poder de la creencia.

El silencio sólo se puede penetrar si se siguen sus normas. No puedes llegar a él con algo, sólo sin nada. No puedes ser alguien, sólo nadie. Entonces la entrada será fácil. Pero esta nada, en realidad, es el precio más alto. Es nuestra pertenencia más sagrada. Entregaremos nuestras ideas, nuestras creencias, nuestro corazón, nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestra alma. Lo último que entregamos es la nada. Nos aferramos a nuestra nada porque es nuestra pertenencia más sagrada, y esto lo sabemos en algún lugar de nuestro interior. La nada es lo único que penetra en el silencio; es lo único que puede entrar en él. El resto de lo que somos se limita a seguir llamando a una puerta inexistente. 

En cuanto esperas algo del silencio, te sales otra vez de él.

El silencio sólo se revela a sí mismo. Sólo nos abrirá su secreto si lo penetramos siendo nada y permanecemos así en él. Su secreto está en sí mismo. Por eso hablo así. Cualquier libro, enseñanza o maestro te conducirá sólo hasta  la puerta y tal vez te anime a entrar. Una vez allí, surgirá algo espontáneamente y querrá entrar sin ser nadie. Es la invitación sagrada. En el interior descubrirás que el silencio es el maestro supremo, el último, la última lección, la máxima. Es el único maestro que no te hablará. El silencio es el único maestro, y la única enseñanza, que consigue que nuestra humanidad quede arrodillada ante él permanentemente. Con cualquier otra enseñanza o maestro descubrimos que podemos levantarnos. Pensamos «oh, oí que Adya decía bla bla bla, y suena bien» y, de repente, nos levantamos del suelo, de la entrega. Nos alejamos de nuestra humildad más bella y sagrada.

El silencio es el maestro supremo, y el mejor, pues nos invita a hacer lo que nuestro corazón humano realmente desea: arrodillarse, permanecer eternamente en esa devoción a la Verdad. El silencio es el único maestro y la única enseñanza que siempre está ahí. En cada minuto de tu despertar, en cada minuto de tu vida, en cada minuto de tu respirar: está ahí mismo.

 

 Tomado del libro “La Danza del Vacío”, de Adyashanti

La revolución interior del despertar a la realidad - Adyashanti

Traducido desde...https://upliftconnect.com

 

El fundamento de la iluminación

La iluminación de la que hablo no es simplemente una realización, no simplemente el descubrimiento de la verdadera naturaleza. Este descubrimiento es solo el comienzo: el punto de entrada a una revolución interior. La realización no garantiza esta revolución; simplemente lo hace posible.

¿Qué es esta revolución interior? Para empezar, la revolución no es estática; está viva, en curso y es continua. No se puede comprender o hecha para adaptarse a cualquier modelo conceptual. Tampoco hay ningún camino hacia esta revolución interna, ya que no es ni predecible ni controlable y tiene una vida propia. Esta revolución es una ruptura con las viejas, repetitivas y muertas estructuras del pensamiento y la percepción en que la humanidad se encuentra atrapada. La realización de la realidad última es un directo y repentino despertar existencial hacia nuestra verdadera naturaleza que abre la puerta a la posibilidad de una revolución interior

Tal revolución requiere un vaciado continuo de las viejas estructuras de conciencia y el nacimiento de una inteligencia viva y fluida. Esta inteligencia reestructura todo tu ser: cuerpo, mente y percepción y libera la mente de sus viejas estructuras que están enraizadas en la totalidad de la conciencia humana. Si uno no puede liberarse de las viejas estructuras condicionadas de la conciencia humana, entonces todavía está en una prisión.

Tener un despertar a la verdadera naturaleza de uno no significa necesariamente que habrá una revolución en curso en la forma en que uno percibe, actúa y responde a la vida. El momento del despertar nos muestra lo que en última instancia es verdadero y real, además de revelar una posibilidad más profunda en la forma en que se puede vivir la vida desde un estado de ser indiviso e incondicionado. Pero el momento del despertar no garantiza esta posibilidad más profunda, como pueden atestiguar muchos que han experimentado el despertar espiritual.

Abriendo las puertas a la revolución interior

El despertar abre una puerta interior a una profunda revolución interna, pero de ninguna manera garantiza que sucederá. Si se lleva a cabo o no depende de muchos factores, pero ninguno es más importante y vital que una intención sincera e inequívoca de la verdad por encima y más allá de todo lo demás. Esta intención sincera hacia la verdad es de lo que todo crecimiento espiritual depende en última instancia, especialmente cuando trasciende todas las preferencias, agendas y objetivos personales.

Esta revolución interna es el despertar de una inteligencia que no nace de la mente sino de un silencio mental interno, que tiene la capacidad de desarraigar todas las viejas estructuras de la conciencia. A menos que estas estructuras sean desarraigadas, no habrá pensamiento creativo, acción o respuesta. A menos que haya una revolución interna, nada nuevo y fresco puede florecer. Solo lo viejo, lo repetitivo, lo condicionado florecerá en ausencia de esta revolución. Pero nuestro potencial yace más allá de lo conocido, más allá de las estructuras del pasado, más allá de todo lo que la humanidad ha establecido. Nuestro potencial es algo que puede florecer solo cuando ya no estamos atrapados dentro de la influencia y las limitaciones de lo conocido.

Más allá del reino de la mente, más allá de las limitaciones de la conciencia condicionada de la humanidad, se encuentra lo que se puede llamar lo sagrado. Y es de lo sagrado que el agua de una nueva conciencia nace,  enjuga lo viejo y da vida a la floración de una expresión viva y no dividida del ser. Tal expresión no es personal ni impersonal, ni espiritual ni mundana, sino más bien el flujo y el florecimiento de la existencia más allá de todas las nociones del yo.

¿Qué es la realidad?

Entonces, entendamos que la realidad trasciende todas nuestras nociones sobre la realidad. La realidad no es cristiana, hindú, judía, Advaita-Vedanta ni budista. No es dualista ni no dualista, ni espiritual ni no espiritual. Debemos llegar a saber que hay más realidad y santidad en una brizna de hierba que en todos nuestros pensamientos e ideas sobre la realidad.

Cuando percibimos desde una conciencia indivisa, encontraremos lo sagrado en cada expresión de la vida. Lo encontraremos en nuestra taza de té, en la brisa del otoño, en el cepillado de nuestros dientes, en cada momento de vivir y morir. Se trata de abandonar toda la colección de pensamiento condicionado atrás y dejarse llevar por la trama interior de silencio a lo desconocido, más allá de donde terminan todos los caminos, a ese lugar donde vamos inocentemente, no una vez, sino continuamente.

Uno debe estar dispuesto a estar solo, en lo desconocido, sin referencia a lo conocido o al pasado ni a ninguno de sus condicionamientos. Uno debe pararse donde nadie ha estado antes en completa desnudez, inocencia y humildad. Uno debe permanecer en esa luz oscura, en ese abrazo sin fundamento, inquebrantable y fiel a la realidad más allá de todo ser, no solo por un momento, sino por siempre jamás. Pues entonces, lo que es sagrado, indiviso y completo nace dentro de la conciencia y comienza a expresarse.

 

https://upliftconnect.com/the-inner-revolution-of-awaking-to-reality/