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viernes, 5 de agosto de 2022

La prisa como estilo de vida


 

Cuánta gente anda corriendo de un lado para otro sin saber a dónde va ni a qué ha ido, y sin llegar a valorar si necesitaba ir de prisa o si podría haber hecho lo mismo a otro ritmo. La prisa no es un valor añadido. Nadie es mejor profesional ni mejor persona porque vaya rápido a todos sitios o porque exprese lo estresadísimo que está.

¿Ha calculado cuánto tiempo gana cuando va a toda velocidad?

La mayoría de las veces, ir deprisa no implica caminar más rápido o pensar de forma más ágil. Significa estar y sentirse internamente acelerado.

Imagínese encontrándose con alguien conocido que le saluda mientras habla por el móvil a la vez que mira el reloj, le estrecha la mano y le sonríe para mostrar lo feliz que se encuentra. Cuando cuelga, le abraza efusivamente, le dice que anda liadísimo, que va todo el día corriendo, que todo está fatal y que no puede esperar más para coger vacaciones. A usted apenas le deja hablar, no le pregunta cómo le va, se despide diciendo que a ver cuándo quedan y sale disparado. Escenas como esta se viven todos los días en la calle de una gran ciudad.

Muchas personas viven aceleradas e instaladas en la prontomanía, en la necesidad de contestar a todo de forma inmediata como si no hubiera un mañana. Da la sensación de que la prisa da prestigio porque indica que está ocupado, muy ocupado, y eso se interpreta como que es un gran profesional. Falso. La velocidad también puede ser sinónimo de mala gestión del tiempo, de desconcentración, de olvidos y desequilibrio personal y profesional. Mucha gente no dejaría sus asuntos importantes en manos de alguien que no tiene cinco minutos para sonreír, para preguntar cómo estamos, para hablar de forma conversacional un momento y transmitir paz y sosiego.

La persona que convive con la prisa lo hace también con el estrés y la ansiedad, no disfruta del momento porque está anticipando el futuro. Deja la vida pasar porque no observa lo que ocurre en el presente y no ­escucha lo que le dice la gente porque su cabeza piensa a 200 revoluciones. También tiene más probabilidad de tener un accidente porque se salta límites con tal de ahorrar tiempo.

La prisa llega a convertirse en un estilo de vida. De hecho, mucha gente no sabe qué hacer con su tiempo libre cuando lo tiene. Estar desocupado les produce malestar, sensación de pérdida de tiempo, incluso falta de autoestima porque… “¿cómo puede ser que no esté haciendo ahora algo, qué dice eso de mí?”. Para este tipo de personas, el aburrimiento es algo desagradable, vacío y sin sentido. Por eso siguen corriendo aunque ni siquiera sepan hacia dónde.

¡Basta! Pare, reduzca, contemple, mire a su alrededor y levante el pie del acelerador. Tiene derecho a elegir el ritmo que quiere imprimir a su vida, a tener tiempo para su ocio, para pasear sin rumbo solo por el placer de hacerlo. El tiempo no es algo que deba consumir en grandes cantidades y a borbotones. El tiempo es algo para saborear, incluso cuando tiene que entregar un informe de forma urgente. ¿La calidad de ese trabajo será mayor si lo redacta estresado? ¿Encuentra mejores soluciones? ¿Es más creativo? ¿La vida le va mejor y disfruta más de ella? La respuesta a todas estas preguntas es un rotundo no.

Hacer cientos de cosas y no disfrutarlas es como no hacer nada. Las personas con calma, las que optimizan su tiempo para trabajar y disfrutar de la vida en todos los sentidos, dan buen rollo y, a más de uno, envidia. ¿Cómo lo consiguen?

Priorizan. ¿Qué es importante y qué no lo es? Es una pregunta difícil a la que cada uno contesta de forma diferente porque depende de una escala de valores personal. Para unos es la familia; para otros, el trabajo o la propia felicidad. La respuesta no importa porque ninguna de ellas es buena ni mala. Lo que sí interesa es ser coherente y actuar conforme a lo que cada uno establece como relevante. Si cree que la familia es lo más importante, pero dedica todo su tiempo al trabajo, andará corriendo para sacar un momento para su prioridad. Ordene su agenda en función de sus preferencias, con sentido común y responsabilidad.

Se ponen límites en los horarios. Establecerlos nos ordena y agiliza la mente. Saber que a una hora concreta el trabajo tiene que estar acabado centra la atención en la actividad. Si esa acotación no existe, el cerebro se dispersa porque sabe que dispone de todo el tiempo del mundo para resolver lo que tiene entre manos. Los límites permiten prestar atención a lo importante; sin distracciones que le exigirán un nuevo proceso de calentamiento para concentrarse en la actividad que es realmente prioritaria. Cada vez que rompe su proceso de concentración, enlentece la tarea, y luego llegan las prisas para acabarlo todo. Suspira pensando en que no llega, se queda en la oficina más tiempo del que desearía, se siente culpable por no regresar a casa antes y vuelve a correr para recuperar lo que perdió por no gestionar bien su tiempo.

Dicen una palabra mágica: NO. La conducta servicial no puede convertirse en actitud servil. Si antepone los deseos de los demás siempre antes que los suyos, luego no llegará a poder gestionar sus asuntos. Sus actividades y su relajación son importantes. Esta situación lleva a una vida insatisfecha, en la que predomina la idea de que no tiene espacio para usted mismo y de que sus actividades no son importantes. Muchas personas piensan que dedicarse tiempo es egoísta, porque son ratos que podría invertir en los demás. Pero no es así. Su bienestar psicológico y físico depende de su capacidad de disfrute.

Desconectan. Del móvil, del WhatsApp, del trabajo, del correo electrónico, de todo lo que les impide disfrutar de otros momentos. Uno de los usos negativos de la tecnología es convertir todo en algo inmediato. No está obligado a contestar a toda la información entrante en el instante. La mayoría de ellos no son urgentes. Si lo fueran, le llamarían. Es usted quien ha decidido que tiene que responder a todo con prisa porque ha cogido ese hábito, porque no tiene paciencia o porque cree que el que le escribe podría molestarse. Aprenda a retrasar, sobre todo si en ese momento está realizando otra actividad que requiere de su atención.

Utilizan técnicas que permiten relajarse. Yoga, pilates, deporte, un baño de agua caliente, una llamada de teléfono larga y relajada o una copa de vino al calor de la chimenea. Para estos momentos siempre hay un espacio. Se trata de repartir las horas de forma que obligaciones y ocio estén equilibrados.

No buscan la perfección, buscan estar a gusto con sus vidas. Hay personas que buscan mejorar, crecer y superarse. Y hay otras que se obsesionan con que todo sea perfecto y esté controlado. La perfección no existe, ni en la tecnología, ni con nuestro físico, ni en la destreza o habilidad para desarrollar un deporte. Perderá mucho tiempo intentando que algo sea perfecto. Basta con que esté rematadamente bien, no necesita que sea perfecto. Es más, muy poca gente será capaz de apreciar ese nivel de excelencia al que ha dedicado tantísimas horas y que le ha impedido alcanzar el punto anterior: relajarse y desconectar.

Fluyen. Están presentes, disfrutan y observan lo que acontece a su alrededor. No buscan qué hacer a continuación, sino que se dejan llevar por el momento. Dedican tiempo a la vida contemplativa. Para disfrutar del momento, usted debe estar en el presente, en el “esto, aquí y ahora”. Repetirse estas palabras de vez en cuando le permitirá recordar la importancia de los detalles, de atender su momento en lugar de anticipar el futuro.

Y recuerde: los segundos o minutos que gana corriendo no compensan todo lo que pierde en calidad de vida.

Patricia Ramírez-

https://elpais.com/

miércoles, 6 de octubre de 2021

No perderte en el Corazón-Sylvia Boorstein

 

Traducido con Amor desde...https://www.lionsroar.com

 

Las cosas en el mundo se ven tan mal en estos días que es difícil no sentir que te estás desanimando. Al enfrentarse a todo el sufrimiento, la injusticia y las malas noticias, es posible que su mente esté cayendo en períodos de lo que el Buda llamó "estados malsanos": desesperación, miedo, ira, letargo, envidia, depresión, anhelo, etc. Cualquiera de esas emociones que le puedan estar embargando…, debe darse un poco de espacio.

Hemos estado practicando un alto estado de alerta constante desde mediados de marzo, cuando comenzaron las cuarentenas por coronavirus. Aunque el estado de alerta constante junto con la curiosidad deleitada y la buena voluntad expansiva es la plataforma perfecta para el surgimiento de la sabiduría, el estado de alerta alto que la mayoría de nosotros hemos estado practicando últimamente ha ocurrido en el contexto de la alarma.

En tiempos normales, el consejo del Buda sobre el esfuerzo sabio es el siguiente: cuando surjan estados perjudiciales en la mente, elimínelos. Cuando surjan en la mente estados sanos (generosidad, bondad, compasión, paz, etc.), cultívelos.

En circunstancias normales, me encanta enseñar esto. Es el ingrediente activo de mi mantra favorito: "Que pueda estar libre de enemistad y peligro". Cuando me doy cuenta de que mi atención se ha centrado en un pensamiento o sentimiento negativo que está en camino de convertirse en un estado malsano, me digo a mí mismo: “Haz otra cosa. Planifica la cena o escribe ".

Seguir mi propio consejo requiere claridad para ver lo que está sucediendo, determinación para no quedarse estancado y energía para eliminar los estados negativos y cultivar los positivos. Sin embargo, en momentos como este, cuando la mente y el cuerpo están fatigados, la claridad, la determinación y la energía escasean.

Esta es una práctica útil para cuando tenemos una mente atribulada, como muchos de nosotros la tenemos ahora.

  1. Repítete, preferiblemente en voz alta, lo que está sucediendo: "Estoy tenso". "Estoy asustado." "Estoy enojado."
  2. Entra en el sentimiento de lo que acabas de decir. Trata de no explicar tus sentimientos ni de justificarlos. Solo nombra la emoción y siéntela. Por ejemplo, “¡Esto es! ¡Estoy loco!" Luego relájate, respirando, durante el tiempo en el que puedas descansar.
  3. Cuando te des cuenta de que la intensidad de la emoción ha pasado, siente el alivio de su desaparición. No has resuelto la situación que te produjo la emoción dolorosa, pero la superaste, al menos por el momento.

Mientras esto sucede, ha aumentado tu confianza en la enseñanza del Buda de que "todo lo que surge pasa". La próxima vez que surja una poderosa emoción negativa en tu mente, estarás más preparado para recordar que “Esta tormenta está aquí ahora. No le tengo miedo. Puedo avanzar por el medio. Pasara."

Mi yerno, Johan, es un ultramaratonista y regularmente corre carreras de cincuenta y cien millas. “Hay momentos”, dice, “en los que necesito ir más despacio para tomar un trago de agua o desenvolver una barra de energía o simplemente recuperar el aliento. Pero siempre sigo avanzando. Detenerse por completo desorienta los músculos ".

Ocurre lo mismo con la mente. En tiempos normales, nos enfrentamos a los desafíos y nos enfrentamos a ellos con regularidad, manejándolos con gracia. En tiempos de pandemia, el mundo en alerta máxima convierte los desafíos cotidianos en eventos alarmantes, complejos y potencialmente mortales. Así que date un poco de espacio. Ve más despacio. Cuida tu salud. Recuerda que todo pasa. Y no te desanimes.

Sylvia Boorstein es psicóloga y profesora destacada de Insight Meditation. Sus muchos libros más vendidos incluyen Preste atención, por el amor de Dios y La felicidad es un trabajo interno .

https://www.lionsroar.com/how-not-to-lose-heart/

 

domingo, 11 de abril de 2021

Las cosas que solo puedes ver cuando disminuyes la velocidad - Haemin Sunim

 

 

Si tuviera que resumir la totalidad de la vida de la mayoría de las personas en pocas palabras,
sería una resistencia infinita a lo que es.
A medida que nos resistimos, estamos en constante movimiento tratando de ajustarnos,
y aun así seguimos descontentos con lo que es.

Si tuviera que resumir la totalidad de la vida de una persona iluminada en pocas palabras, sería una completa aceptación de lo que es.

A medida que aceptamos lo que es, nuestras mentes se relajan y se componen mientras el mundo cambia rápidamente a nuestro alrededor.

Cuando te rebajas, el mundo te eleva. Cuando te elevas, el mundo te baja.
Cuando llegues a la cima de la iluminación, comprenderás que: Tu cima es de la misma altura que la de tu vecino.
En la cima, ves la santidad de todos.

Para los practicantes espirituales, las relaciones son la prueba final.
Incluso si ha despertado a tu naturaleza iluminada, aún hay más por recorrer en tu viaje espiritual si no está viviendo en armonía con los demás.

 

Del libro:  Las cosas que solo puedes ver cuando disminuyes la velocidad, por Haemin Sunim . . 

https://tricycle.org/magazine/things-can-see-slow/

 

jueves, 8 de abril de 2021

5 maneras de reducir la velocidad y ser feliz - Haemin Sunim

 

Traducido con Amor desde… https://time.com

 

Cuando tenemos prisa y tratamos de hacer las cosas rápidamente, nos damos cuenta de que casi no hay alegría en lo que hacemos. Se convierte solo en un medio para un fin mientras descuida su proceso. Sin embargo, cuando nos desaceleramos, comenzamos a notar que el mundo también se desacelera. Esto nos pone en una mentalidad diferente y nos permite disfrutar de lo que hacemos actualmente. Aquí están mis cinco consejos simples para desacelerar y redescubrir la alegría en lo que hacemos.

Primero, sienta la agradable sensación de la respiración profunda.

Es un hecho bien conocido que volver a nuestra respiración puede des estresarnos instantáneamente y ralentizar las cosas. Esto se debe a que la respiración profunda deja una sensación placentera y relajante en nuestro cuerpo a medida que el aire pasa a través de la garganta, el pecho y el vientre. Esta agradable y nutritiva sensación es natural, y no se necesita un gran esfuerzo para producirla. Simplemente respire profundamente y disfrute de la agradable sensación que surge simultáneamente en su cuerpo. A medida que practicamos esto con más frecuencia, nos volvemos más tranquilos, más felices y no nos distraemos tan fácilmente por el rápido ritmo de la vida.

Segundo, salga de casa diez minutos antes.

Si salimos de nuestra casa diez minutos antes de lo habitual para ir a trabajar, podemos tomar tiempo para disfrutar de la luz del sol en nuestra piel, el olor a aire fresco y la vitalidad de nuestros cuerpos relajados. Podemos tocar más fácilmente las maravillas de la vida dentro y alrededor de nosotros e incluso sonreír a las personas que conocemos en el camino. Incluso cuando su agenda esté llena de muchas reuniones, llegue a su cita diez minutos antes. Descubrirás micro-momentos de libertad y ocio.

Tercero, vea realmente lo que está frente a usted.

Cuando nos perdemos en nuestros pensamientos, a menudo terminamos preocupándonos por nuestro futuro o lamentando lo que sucedió en el pasado. Los pensamientos excesivos nos desconectan del momento presente y pueden causar sufrimiento mental. Para despertar del hábito del pensamiento constante, recomendaría que centremos nuestra atención en lo que está frente a nosotros y realmente veamos cada objeto. Si una persona está frente a usted, realmente vea su rostro con gran interés. Si hay un objeto presente, entonces realmente míralo también. A medida que prestamos más atención, cada objeto se vuelve bastante fascinante.

Cuarto, cierre los ojos y saboree la comida.

Según los científicos, entre los cinco sentidos, los seres humanos obtienen cantidades desproporcionadamente grandes de información a través de nuestros ojos. Ya sea que lo pretendamos o no, cuando nuestros ojos están abiertos, la información visual domina nuestro cerebro. Esto hace que sea difícil notar que la información llega a través de diferentes sentidos. Un antídoto fácil para este fenómeno es simplemente cerrar los ojos y prestar atención a otro sentido. En particular, recomendaría cerrar los ojos mientras tiene comida en la boca. Con los ojos cerrados, se hace más fácil saborear la comida lentamente y disfrutar de todo su sabor.

Quinto, deje de realizar múltiples tareas y simplemente disfrute de la música.

Vivir en grandes pueblos o ciudades puede hacernos sentir como si estuviéramos constantemente bombardeados con demasiado ruido y demasiadas vistas y olores, lo que nos hace sentir abrumados y estresados. En lugar de sentir que somos víctimas de nuestro entorno, ¿por qué no retomamos el control al escuchar la música de nuestra elección? La música es una gran fuente de relajación y placer. Detenga la multitarea y disfrute de la mono tarea de escuchar su música favorita.

Sunim es uno de los maestros budistas zen preeminentes de Corea del Sur y el autor más reciente de Las cosas que puedes ver solo cuando disminuyes la velocidad.

 

 

https://time.com/4695746/slow-down-be-happy/

domingo, 24 de enero de 2021

Saber vivir DES-PA-CITO

Pasito a pasito, suave suavecito,…

Quién le iba a decir a Luis Fonsi que con Despacito estaba declarando los principios de un enfoque filosófico para nuestra era, para un tiempo de velocidad y de prisa, para una modernidad velociferina.

 Vivimos corriendo, sumidos en la rapidez, la prisa y lo inmediato; el running es el epítome de nuestro tiempo. Corremos como pollos sin cabeza, viajando hacia ninguna parte, en una rueda sin fin como ratones de laboratorio. Deprisa, deprisa fue una polémica y premiada película de Carlos Saura que reflejaba con crudeza la vida sin destino de unos jóvenes delincuentes del extrarradio madrileño, acelerados, violentos, sin rumbo (¿como nuestro mundo?).

Ante este panorama apresurado, acelerado, necesitamos parar, sosegarnos, reflexionar, determinar fines para la vida buena, tomar perspectiva. En este sentido, la lentitud es tremendamente subversiva. Necesitamos ir más despacio para poder vivir. Mirar, contemplar, recrearse, fijarse en el detalle, caminar y no correr, y hacer camino al andar, en palabras del maestro Antonio Machado.

 La razón exige demora

Decía ya hace unos años Carl Honoré que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir, que estamos atrapados en la cultura de la prisa y de la falta de paciencia, en un estado constante de hiperestimulación e hiperactividad que nos resta capacidad de gozo, de disfrutar de la vida.

Como ha explicado brillantemente la psicología, la razón exige demora mientras la prisa nos carga de sesgos y prejuicios. Y aunque nuestro modo de pensamiento rápido pueda resultar adaptativo en muchas circunstancias, la falta de reflexión y de sosiego nos aboca a la irracionalidad y a las malas decisiones. Esto es realmente peligroso en todo en lo que atañe a la determinación de los fines y a la organización de la vida en común.

La prisa es llenarse la vida con actividades febriles, velocidad, de suerte que no queda tiempo para afrontar las verdaderas cuestiones, lo esencial. Sin embargo, la prisa en la que vivimos no responde casi nunca a que tengamos cosas importantes que hacer con urgencia, sino a los requerimientos de un modo de vida que trata de mantenernos distraídos y ocupados todo el tiempo.

La vida móvil y precaria

Por un lado, los teléfonos móviles y las redes sociales están diseñados para captar nuestra atención el mayor tiempo posible y con la mayor intensidad, a fin de mercantilizar y monetizar esta atención al máximo.

Jonathan Crary lo ha explicado con meridiana claridad: la vida sin pausa fomenta «una cultura vacía de autopromoción y autoabsorción, de una instantaneidad a demanda, de adquirir y tener manteniéndose aislado de la presencia física de otros y de cualquier sentido de la responsabilidad que esta pueda conllevar.

 Por otro lado, la falta de seguridad y vínculos asociados a la esfera laboral, los turnos y los horarios intempestivos, la incertidumbre, el desajuste entre lo que se demanda que se haga, lo que se recibe a cambio y lo que se desea hacer, provocan una profunda quiebra y angustia vital.

Equivocarse está bien

Es imposible terminarlo todo en nuestras sociedades del rendimiento, da igual si nos proponemos mucho o poco. La impresión de no poder concluir nunca algo satisfactoriamente conduce a un remolino que nos hunde incesantemente. Nos falta tiempo; para todo lo que hacemos, utilizamos menos tiempo y sin embargo tenemos menos tiempo que la generación anterior. Cuanto más nos apresuramos, menos tiempo nos queda. Y el tiempo se convierte en un instrumento de dominación porque hay una insatisfacción constante por el tiempo (supuestamente) desperdiciado.

La ciencia y la investigación necesitan tiempo para pensar, preguntar, estudiar, experimentar, probar, proponer. Hay que enlentecer los tiempos de la investigación. La ciencia necesita tiempo para indagar y tiempo también para fallar. El error posee un indudable valor : reconocer los errores, corregirlos y repararlos es el fundamento para el cambio, la innovación y la transformación individual y social.

El tiempo acelerado

Pero también es lo que pasa con las relaciones personales, que se han acelerado igualmente, primando el fast sex aunque ello lleve a un sentimiento de falta de intimidad y de conexión porque no es posible una fast-track intimacy. Los seres humanos necesitamos conexiones, deseamos intimidad pero las relaciones son complejas y precisan tiempo, trabajo, dedicación y cuidado. Apelar a la tecnología (como hacen algunos desde webs de citas y contactos) es una trampa y un engaño. Y más aún, la gente usa muchas veces sus smartphones para escapar de las demandas de intimidad. Si la primera cosa que usted toca por la mañana y la última por la noche es su teléfono móvil y no a su pareja, hay un problema sobre sus prioridades.

 Las facilidades de las que disponemos hoy para comprar, movernos, trabajar, comunicarnos, son micro-liberaciones que constituyen, por otro lado, aceleraciones de un sistema que nos aprisiona más fuertemente. Aquello que parece liberarnos del tiempo y del espacio nos aliena en la velocidad y la prisa. La ilusión de la velocidad es la creencia de que ahorra tiempo. Pero en realidad, la prisa y la velocidad aceleran el tiempo, que pasa más rápidamente, acortando los días. Estar con prisa significa hacer varias cosas a la vez y rápidamente y el tiempo se llena hasta estallar, como en un cajón mal arreglado donde metes un montón de cosas sin orden ni concierto.

Así, que ya saben, caminen, no corran, miren, observen, escuchen, reflexionen, duerman, amen (aunque no sea fácil); la vida es corta como para perderla corriendo con prisa. Nos lo jugamos todo, la vida personal y el futuro del planeta.

Des-pa-ci-to.

(*) Txetxu Ausín, Científico Titular, Instituto de Filosofía, Grupo de Ética Aplicada, Centro de Ciencias Humanas y Sociales (CCHS – CSIC).

domingo, 14 de junio de 2020

EL DÍA EN QUE DEJÉ DE DECIR "DATE PRISA" - Rachel Macy Stafford

Traducido con Amor desde...https://www.huffpost.com

 

 

Que los niños son unos grandes maestros: no lo pongo en duda.
Que los niños llegan con una consciencia más expandida y despierta: es una evidencia.
Que porque sean pequeñitos, no pueden ser sabios: mentira.

¿Para qué está el camino si no es para disfrutar de su recorrido?
Al fin y al cabo, como decía John Lennon "La vida es eso que te está pasando mientras tu te empeñas en hacer otros planes".

Esta es la experiencia de Rachel Macy Stafford en la que, gracias a la lucidez de su pequeña hija, encontró la inspiración necesaria para hacer cambios en su vida.

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Cuando estás viviendo una vida acelerada, cada minuto cuenta.
Sientes que deberías tachar algo de la lista de cosas pendientes o salir corriendo hacia el siguiente destino.
Y no importa en cuántas partes dividas tu tiempo, no importa cuántas tareas trates de hacer a la vez, nunca hay suficiente tiempo para ponerse al día.
Así fue mi vida durante dos años frenéticos.


Mis pensamientos y acciones estaban controlados por notificaciones electrónicas, melodías para el móvil y agendas repletas.
Y aunque cada fibra de mi mente quería llegar a tiempo a todas las actividades, yo no quería.
Verás, hace seis años, fui bendecida con una niña relajada, sin preocupaciones, del tipo de quienes se paran a oler las rosas.
Cuando tenía que estar saliendo de casa, ella estaba ahí, toda dulzura, tomándose su tiempo para elegir un bolso y una corona con purpurina.
Cuando tenía que estar en algún sitio hacía cinco minutos, ella insistía en intentar sentar y ponerle el cinturón de seguridad a su peluche.
Cuando necesitaba pasar rápidamente a comprar un bocadillo, se paraba a hablar con la señora mayor que se parecía a su abuela.
Cuando tenía 30 minutos para ir a correr, quería que parase para acariciar a cada perro con el que nos cruzábamos.
Cuando tenía la agenda completa desde las seis de la mañana, me pedía que le dejase cascar y batir los huevos con todo cuidado para el desayuno.

Mi niña despreocupada fue un regalo para mi personalidad orientada al trabajo, pero yo no lo vi.
Oh no, cuando tienes una vida acelerada, tienes visión de túnel, solo ves el siguiente punto en tu agenda.
Y todo lo que no se pueda tachar de la lista es una pérdida de tiempo.
Cada vez que mi hija me desviaba de mi horario, me decía a mí misma: "No tenemos tiempo para esto".
Así que las dos palabras que más usaba con mi pequeña amante de la vida eran: "Date prisa".
Empezaba mis frases con esas dos palabras.

 

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Date prisa, vamos a llegar tarde.
Y las terminaba igual.
Nos lo vamos a perder todo si no te das prisa.
Comenzaba el día así.
Date prisa y cómete el desayuno.
Date prisa y vístete.
Terminaba el día de la misma forma.
Date prisa y lávate los dientes.
Date prisa y métete en la cama.

Y aunque las palabras "date prisa" conseguían poco o nada para aumentar la velocidad de mi hija, las pronunciaba igualmente.
Tal vez incluso más que las palabras "te quiero".
La verdad duele, pero la verdad cura... y me acerca a la madre que quiero ser.
Entonces, un día trascendental, las cosas cambiaron.
Habíamos recogido a mi hija mayor del colegio y estábamos saliendo del coche.
Como no iba lo suficientemente deprisa para su gusto, mi hija mayor le dijo a su hermana pequeña: "Eres muy lenta".
Y cuando se cruzó de brazos y dejó escapar un suspiro exasperado, me vi a mí misma, la visión fue desgarradora.
Yo era una matona que empujaba, presionaba y acosaba a una niña pequeña que sólo quería disfrutar de la vida.
Se me abrieron los ojos, vi con claridad el daño que mi existencia apresurada infligía a mis dos hijas.
Aunque me temblaba la voz, miré a los ojos de mi hija pequeña y le dije: "Siento mucho haberte metido prisa. Me encanta que te tomes tu tiempo, y me gustaría ser más como tú".

Mis dos hijas me miraban igualmente sorprendidas, pero la cara de mi hija menor tenía un brillo inconfundible de validación y aceptación.
"Prometo ser más paciente a partir de ahora", dije mientras abrazaba a mi pequeña, que sonreía con la promesa de su madre.
Fue bastante fácil desterrar las palabras "date prisa" de mi vocabulario.
Lo que no fue tan fácil era conseguir la paciencia necesaria para esperar a mi tranquila hija.

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Para ayudarnos a las dos, empecé a darle un poco más de tiempo para prepararse si teníamos que ir a alguna parte.
Y a veces, incluso así, todavía llegábamos tarde.
En esos momentos me tranquilizaba pensar que solo llegaría tarde a los sitios unos pocos años, mientras ella fuese pequeña.
Cuando mi hija y yo íbamos a pasear o a la tienda, le dejaba marcar el ritmo.
Y cuando se paraba para admirar algo, intentaba quitarme la agenda de la cabeza para simplemente observar lo que hacía.
Vi expresiones en su cara que no había visto nunca antes.
Estudié los hoyuelos de sus manos y la forma en que sus ojos se arrugan cuando sonríe.
Vi cómo otras personas respondían cuando se paraba para hablar con ellos.
Observé cómo descubría insectos interesantes y flores bonitas.
Era una observadora, y aprendí rápidamente que los observadores del mundo son regalos raros y hermosos.

Ahí fue cuando por fin me di cuenta de que era un regalo para mi alma frenética.

Mi promesa de frenar es de hace casi tres años, y al mismo tiempo empezó mi viaje para dejar de lado la distracción diaria y atrapar lo que de verdad importa en la vida.
Vivir en un ritmo más lento todavía requiere un esfuerzo extra.
Mi hija pequeña es el vivo recuerdo de por qué tengo que seguir intentándolo. De hecho, el otro día, me lo volvió a recordar.
Habíamos salido a dar un paseo en bicicleta durante las vacaciones.
Después de comprarle un helado, se sentó en una mesa de picnic para admirar con deleite la torre de hielo que tenía en la mano.
De repente, una mirada de preocupación cruzó su rostro. "¿Tengo que darme prisa, mamá?"
Casi lloro. Tal vez las cicatrices de una vida acelerada no desaparecen por completo, pensé con tristeza.
Mientras mi hija me miraba esperando saber si podía tomarse su tiempo, supe que tenía otra opción. Podía sentarme allí y sufrir pensando en la cantidad de veces que le había metido prisa a mi hija en la vida... o podía celebrar el hecho de que hoy hago las cosas de forma diferente.
Elegí vivir el hoy.

"No tienes que darte prisa. Tómate tu tiempo", le dije tranquilamente.
Su rostro se iluminó al instante y se le relajaron los hombros.

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Y así estuvimos hablando de las cosas de las que hablan las niñas de seis años que tocan el ukelele. Incluso hubo momentos en que nos sentamos en silencio simplemente sonriendo la una a la otra y admirando las vistas y sonidos que nos rodeaban.
Pensé que mi hija se iba a comer todo el helado, pero cuando llegó al último pedazo, me pasó la cuchara con lo que quedaba de helado. "He guardado el último bocado para ti, mamá", me dijo con orgullo.
Mientras el manjar saciaba mi sed, me dí cuenta de que había hecho lo mejor de mi vida.


Le di a mi hija un poco de tiempo ... y a cambio, ella me dio su último sorbo de helado y me recordó que las cosas son más dulces y el amor llega con más facilidad cuando dejas de correr por la vida.

Ya se trate de ...


Tomarse un helado
Coger flores
Ponerse el cinturón de seguridad
Batir huevos
Buscar conchas en la playa
Ver mariquitas y otros insectos
Pasear por la calle

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No diré: "No tenemos tiempo para esto". Porque básicamente estaría diciendo: "No tenemos tiempo para vivir".


Hacer una pausa para deleitarse con los placeres simples de la vida es la única manera de vivir de verdad.
(Confía en mí, he aprendido de la mejor experta del mundo.)

Rachel Macy Stafford

 

https://www.huffpost.com/entry/the-day-i-stopped-saying-hurry-up_b_3624798