DONACIÓN AMOROSA

 

DONACIÓN AMOROSA

 

INFINITAS GRACIAS!!

GRACIASSSS...Por todo vuestro amoroso apoyo tanto presencial como financiero, los que han podido, a través de tantos años. Porque ayuda el que dona dinero...pero ayuda inconmensurablemente quien expande su amor y su Presencia en el Infinito Campo de Conciencia en el que estamos entrelazados♥

Buscar en este blog

domingo, 3 de octubre de 2021

Encontrar un mejor equilibrio – Christine Wolf

Traducido con Amor desde...https://www.lionsroar.com

 

“Camina plácidamente en medio del ruido y la prisa y recuerda la paz que puede haber en el silencio”. Desiderata

 

Con esta frase el escritor germano-estadounidense Max Ehrmann comenzó "Desiderata". Mi madre apreciaba tanto este poema que colgó una copia enmarcada frente al inodoro de nuestro baño, y durante años me encontré reflexionando sobre él varias veces al día en una posición contemplativa. ¿Fue este el origen de mi búsqueda de ecuanimidad? La idea me hace sonreír.

¿Qué es la ecuanimidad y cómo podemos invitar más de ella a nuestras vidas? La ecuanimidad es estar dispuesto y ser capaz de aceptar las cosas como son en este momento, ya sean desafiantes, aburridas, emocionantes, decepcionantes, dolorosas o exactamente como queremos. La ecuanimidad aporta tranquilidad y equilibrio a los momentos de alegría y dificultad. Nos protege de una reacción emocional exagerada, nos permite descansar en una perspectiva más amplia y contiene una confianza básica en el curso de las cosas.

La ecuanimidad es como el ojo de la tormenta, el centro de la calma, que se basa en el conocimiento de que todo cambia constantemente y que gran parte está fuera de nuestro control. El roble maduro es otro símbolo de ecuanimidad. Firmemente arraigado en la tierra, no se mueve por los cambios de estaciones y patrones climáticos. El árbol debe esta estabilidad a sus raíces principales, que lo anclan de forma segura para que sea estable pero no rígido, incluso en tormentas fuertes.

Podemos preguntarnos: ¿Cuáles son nuestras raíces principales? ¿Qué nos ayuda a resistir las inevitables tormentas de la vida? El Buda advirtió contra ser engañado por los "ocho vientos del mundo", que hoy, 2600 años después, todavía soplan de un lado a otro: placer y dolor, alabanza y culpa, éxito y fracaso, ganancias y pérdidas. Por supuesto, preferiríamos experimentar solo un lado de los vientos, el lado que vemos como positivo, pero cuanto más vemos que cambian una y otra vez, más profundamente podemos conectarnos con nuestra raíz principal.

La ecuanimidad (Pali: upekkha) juega un papel central en las enseñanzas budistas. Junto con la bondad amorosa (metta), la compasión (karuna) y la alegría (mudita), la ecuanimidad es una de las cuatro cualidades centrales del corazón. Upekkha es una palabra compuesta en pali, que puede traducirse como "observar con calma" o "mirar con paciencia y sabiduría".

 

Sin ecuanimidad, estaríamos abrumados por el sufrimiento en el mundo y nos cerraríamos o nos alejaríamos. Sin ecuanimidad, la inmensa belleza y alegría del mundo, que también son parte de la realidad, podrían seducirnos a una cosmovisión pollyannista (el principio de Pollyanna describe la habilidad para enfocarse solo en lo positivo). La ecuanimidad es lo suficientemente amplia como para mantener todos los lados de la vida en un abrazo amoroso.

La ecuanimidad no debe confundirse con la indiferencia. Desde el exterior, estas dos condiciones parecen confusamente similares, por lo que en la literatura budista se hace referencia a la indiferencia como el "enemigo cercano" de la ecuanimidad. La ecuanimidad no es apretar los dientes ni hacer ruido con los nudillos. Más bien, se trata de preocuparse profundamente, pero con una sensación de tranquilidad. La ecuanimidad solo puede surgir a través de la aceptación incorporada del hecho de que no tenemos un control total sobre una situación determinada.

La ecuanimidad y la atención plena están estrechamente entrelazadas y se refuerzan mutuamente, pero son dos habilidades distintas que se desarrollan a diferentes velocidades. Podemos experimentar la atención plena desde el comienzo de nuestra práctica de meditación, mientras que la ecuanimidad a menudo lleva un poco más de tiempo.

No juzgar es parte de la definición de atención plena. Sin embargo, cuando comenzamos a practicar la atención plena, nos damos cuenta de lo irritados, críticos, hostiles y faltos de ecuanimidad que a menudo estamos. Irónicamente, es la presencia de la atención plena lo que nos hace ver claramente esta falta de ecuanimidad.

A través de la atención plena podemos observar el flujo de pensamientos, sentimientos y sensaciones en el cuerpo sin tener una reacción instintiva. Al realizar repetidamente esta práctica, surgen conocimientos sobre las complejas, a menudo impersonales, cadenas causales de experiencias. Estos conocimientos nos dan una perspectiva más amplia y nos llevan a una mayor ecuanimidad. Podemos confiar en que, si practicamos con regularidad la meditación de la atención plena y la comprensión, naturalmente estaremos más a gusto.

Vivir la vida de manera consciente nos hará más ecuánimes con el tiempo, pero no tenemos que dejar eso a los vientos del mundo. Podemos practicarlo deliberadamente. En última instancia, nuestra ecuanimidad no solo es buena para nosotros, sino también para todos los que nos encontramos.

 

3 ejercicios de ecuanimidad

MANTENTE ABIERTO, INVITA A LA PERSPECTIVA

Reflexione sobre una situación en su vida que inicialmente consideró negativa, pero que luego le llevó a una situación mucho mejor que no podría haber previsto en ese momento. Por ejemplo, tal vez una ruptura dolorosa hizo posible encontrar a su verdadero amor, o un rechazo después de una entrevista de trabajo finalmente condujo a un mejor empleo. Invite esta perspectiva a una situación actual en la que solo puede ver el lado negativo.

CUANDO UN SER QUERIDO ESTÁ SUFRIENDO

Es difícil soportar cuando alguien a quien amamos sufre. A menudo, asumimos su sufrimiento como nuestro. Nos vemos atrapados en sentimientos de culpa porque no podemos ayudar más, o creemos que también debemos sentirnos mal, por solidaridad.

Este ejercicio, inspirado por la psicóloga Kristin Neff, nos ayuda a encontrar la ecuanimidad cuando un ser querido está sufriendo. La esencia de esto es la percepción de que, en última instancia, no podemos hacer feliz a otra persona. Solo podemos trabajar con nuestra propia mente y reacciones y tomar nuestras propias decisiones.

Repita las siguientes frases tranquilamente durante una meditación y también durante el día:

"Todos están en el viaje de su propia vida".

"Yo no soy la causa de tu sufrimiento (o no la causa exclusiva)".

"No está en mi poder poner fin a tu sufrimiento, aunque me gustaría, si pudiera".

"Momentos como este son difíciles de soportar y, sin embargo, seguiré intentando ayudar en lo que pueda".

 

MEDITACIÓN DE CONCIENCIA ABIERTA

Después de un enfoque inicial en la respiración en nuestra meditación, podemos abrir nuestra conciencia como la lente de una cámara hasta que la diferencia entre el primer plano (respiración) y el fondo (todo lo demás, como pensamientos, sentimientos, sonidos, sensaciones corporales, etc.) se disuelva. Nos sentamos y observamos el constante surgimiento y desaparición de la experiencia en el momento sin quedar atrapados en los detalles. Descansamos en la perspectiva del vasto cielo azul y dejamos pasar toda la experiencia como nubes o bandadas de pájaros.

Christiane Wolf es una médica convertida en maestra de Atención plena. Es coautora de A Clinician's Guide to Teaching Mindfulness.

 

https://www.lionsroar.com/finding-a-better-balance/

 

Un Antídoto para la Era de la Ansiedad: Alan Watts abordando el tema de la felicidad y cómo vivir en la Presencia

 

- por Maria Popova

Sabiduría para superar la mayor frustración humana por el pionero de la Filosofía Oriental en Occidente.

 

“La forma como vivimos nuestros días es, por supuesto, la forma como vivimos nuestras vidas,” Annie Dillard escribió en su reflexión atemporal acerca de la Presencia vs. la productividad — un antídoto oportuno para la ansiedad fundamental de nuestra era obsesionada con la productividad. De hecho, mi resolución para año nuevo fue dejar de estar midiendo mis días por el grado de productividad y comenzar a vivirlos basada en la Presencia. Pero, ¿qué, exactamente, hace que esto sea posible?

Este concepto de Presencia tiene sus raíces en las ideas orientales que hablan de la atención plena (mindfulness) - la capacidad de ir por la vida con una presencia consciente clara y establecernos plenamente en nuestra experiencia - popularizada en occidente por el filósofo y escritor británico Alan Watts (Enero 6, 1915 - Noviembre 16, 1973), quien también nos regaló la fantástica meditación sobre la vida de propósito. En el excelente volumen de 1951 ‘La Sabiduría de la Inseguridad: Un mensaje para la Era de la Ansiedad’, Watts sostiene que la raíz de nuestra frustración humana y ansiedad diaria está en nuestra tendencia a vivir para el futuro, que es una abstracción. Él escribe:

"Si para disfrutar incluso de un agradable presente debemos tener la seguridad de un futuro feliz, estaremos pidiendo algo imposible. No podemos tener esa seguridad. Las mejores predicciones siguen siendo una cuestión de probabilidad más que de certeza, y hasta donde sabemos, cada uno de nosotros va a sufrir y morir. Entonces, si no podemos vivir felizmente sin un futuro asegurado, ciertamente no estamos adaptados para vivir en un mundo finito donde, a pesar de los mejores planes, los accidentes siguen ocurriendo y la muerte siempre llega."

Alan Watts, a principios de los años 70 (Imagen: Everett Collection)

 

Lo que impide nuestra felicidad, sostiene Watts, es nuestra incapacidad para instalarnos plenamente en el presente:

"La ‘consciencia primaria,’ la mente básica que conoce la realidad en lugar de las ideas al respecto, no conoce el futuro. Vive completamente en el presente, y no percibe nada más que lo que hay en este momento. El ingenioso cerebro, sin embargo, busca esa parte de la experiencia presente llamada memoria, y a través de lo que ha aprendido es capaz de hacer predicciones. Esas predicciones son relativamente precisas y fiables (por ejemplo, ‘todo el mundo va a morir’) y es por eso que el futuro asume un alto grado de realidad - tan alto que el presente pierde su valor.

Pero el futuro aún no está aquí, y no puede volverse parte de la realidad que se está viviendo hasta que esté presente. Ya que lo que sabemos acerca del futuro está construido de elementos puramente abstractos y lógicos - inferencias, suposiciones, deducciones - no puede ser comido, sentido, olido, visto, escuchado ni disfrutado. Perseguirlo es perseguir un fantasma que se aleja incesantemente, y cuanto más rápido se le persigue, más rápido se aleja. Por eso es que todos los asuntos de la civilización tienen que ver con la prisa, por eso es que casi nadie disfruta lo que tiene y siempre se busca más y más. La felicidad, entonces, consistirá, no de realidades sólidas y sustanciales, sino de cosas abstractas y superficiales como lo son las promesas, las esperanzas y las garantías.”

Watts asegura que nuestra principal manera de renunciar a la Presencia es abandonar el cuerpo y refugiarnos en la mente - que siempre calcula, se auto-evalúa, hierve en el caldero de los pensamientos, las predicciones, las ansiedades, los juicios e inventa meta-experiencias acerca de la experiencia misma. Escribiendo más de medio siglo antes de nuestra era de las computadoras, pantallas táctiles, y del yo cuantificado, Watts advierte:

"Al cerebrito moderno le encanta no la materia sino las estadísticas, no lo sólido sino las superficies.

[…]

Los ocupados habitantes de una ciudad moderna son personas que viven dentro de una máquina y son arrastrados por las ruedas de ésta. Pasan sus días con actividades que en gran medida se reducen a contar y medir, viviendo en un mundo de abstracción racionalizada que guarda muy poca relación con, o que tiene poca armonía con los grandes ritmos y procesos biológicos. De hecho, las actividades mentales de ese tipo ahora pueden ser gestionadas con más eficiencia por las máquinas que por los hombres - tanto es así que en un futuro no muy lejano el cerebro humano podrá llegar a ser un mecanismo obsoleto a la hora de realizar cálculos lógicos. Hoy en día la computadora humana está siendo abiertamente desplazada por las computadoras mecánicas y eléctricas, que son mucho más veloces y eficientes. Si el principal activo y valor del hombre es su cerebro y su capacidad para calcular, entonces, éste se convertirá en un producto invendible en una era en la que la operación mecánica de razonar puede hacerse de manera más efectiva por las máquinas.

[…]

Si queremos continuar viviendo para el futuro, y que el principal trabajo de la mente sea la predicción y el cálculo, el hombre deberá eventualmente convertirse en un apéndice parasitario de la masa de un reloj.”

Sin lugar a dudas, Watts no descarta la mente como una facultad humana carente de valor o fundamentalmente peligrosa. Más bien, él insiste en que si permitimos que su sabiduría inconsciente se despliegue en completa libertad - como por ejemplo, lo que ocurre durante la fase de ‘incubación’ del procesamiento inconsciente en el proceso creativo - la mente se vuelve una aliada en lugar de una tirana. Es sólo cuando tratamos de controlarla y volverla contra sí cuando surgen los problemas:

"Cuando trabaja adecuadamente, el cerebro es la forma más elevada de  ’sabiduría instintiva.’ Así, éste debería funcionar como el instinto de regresar a casa que tienen las palomas y la formación del feto dentro del útero - sin verbalizar el proceso o sin saber ‘cómo’ lo hace. El cerebro auto-consciente, como el corazón auto-consciente, es un desorden, y se manifiesta a través de una sensación aguda de separación entre ‘yo’ y mi experiencia. El cerebro sólo puede asumir su comportamiento adecuado cuando la consciencia hace aquello para lo que está diseñada: no dar vueltas y vueltas con el fin de salirse de la experiencia presente, sino ser (estar), sin esfuerzo, consciente de ella."

Y sin embargo, el cerebro da vueltas y vueltas, produciendo nuestra gran inseguridad humana y la ansiedad existencial en medio de un universo de flujo constante. (Porque, como Henry Miller afirmó memorablemente, “Es casi banal decirlo, sin embargo, es necesario enfatizarlo constantemente: todo es creación, todo es cambio, todo es flujo, todo es metamorfosis.”) Paradójicamente, reconocer que la experiencia de presencia es la única experiencia, es también un recordatorio de que nuestro ‘yo’ no existe más allá de este momento presente, que no hay un ‘yo’ permanente, estático e inmutable que tenga la capacidad de concedernos cualquier tipo de seguridad y certeza para el futuro - y aún así continuamos persiguiendo precisamente esa seguridad del futuro, que sigue siendo una abstracción. Nuestra única oportunidad para despertar de este círculo vicioso, sostiene Watts, es ser plenamente conscientes de  nuestra experiencia presente - algo muy diferente a juzgarla, evaluarla, o medirla en comparación con un ideal abstracto o arbitrario. Watts escribe: 

"Hay una contradicción en querer estar perfectamente seguro en un universo cuya naturaleza es lo momentáneo y la fluidez. Pero la contradicción se encuentra un poco más profunda que el mero conflicto entre el deseo por la seguridad y el hecho del cambio. Si quiero estar seguro, es decir, protegido del flujo de la vida, estaré deseando estar separado de la vida. Sin embargo, es este mismo sentido de separación el que me hace sentir inseguro. Estar seguro significa aislar y fortalecer al ‘yo’, pero es sólo el sentimiento de ser un ‘yo’ aislado lo que me hace sentir solo y con miedo. En otras palabras, cuanta más seguridad logre tener, más me hará falta.

Para ponerlo todavía más claro: desear seguridad y sentir inseguridad es exactamente lo mismo. Retener el aliento es perder el aliento. Una sociedad basada en la búsqueda de la seguridad no es más que un concurso de ver quién aguanta más tiempo la respiración y en el que todo el mundo está tan tenso como un tambor y tan morado como una remolacha.”

Watts aborda de manera especial el tema de la auto-superación - algo particularmente importante a la hora de las resoluciones de año nuevo - y nos advierte la implicación en su raíz:

"Sólo puedo tomarme en serio el asunto de tratar de vivir a la altura de un ideal, para mejorarme a mí mismo, si estoy partido en dos pedazos. Tendría que haber un ‘yo’ bueno que intente mejorar al ‘yo’ malo. El ‘yo’ que tiene las mejores intenciones, tratará de trabajar sobre el obstinado ‘mí,’ y la lucha entre los dos acentuará la diferencia entre ellos. En consecuencia, el ‘yo’ se sentirá más separado que nunca, por lo que simplemente se aumentarán los sentimientos de soledad y desconexión que hacen que el ‘mí’ se comporte tan mal."

La felicidad, sostiene, no es cuestión de mejorar nuestra experiencia, o incluso simplemente confrontarla, sino permanecer presente con ella en el sentido más íntimo:

"Pararse frente a frente con la inseguridad no significa comprenderla. Para comprenderla, no debes enfrentarla sino SER la inseguridad. Es como el cuento persa del sabio que llegó a la puerta del Cielo y llamó. Desde dentro la voz de Dios preguntó: ‘¿Quién está ahí?’ y el sabio respondió: ‘Soy yo.’ ‘En esta Casa,’ respondió la voz, ‘no hay espacio para ti y para mí.’ Entonces el sabio se fue, y pasó muchos años reflexionando sobre la respuesta en profunda meditación. Volviendo por segunda vez, la voz hizo la misma pregunta, y de nuevo el sabio respondió: ‘Soy yo.’ La puerta permaneció cerrada. Después de algunos años regresó por tercera vez, y mientras tocaba, la voz una vez más demandó, ‘¿Quién esta ahí?’ Y el sabio gritó, ‘¡Soy tú mismo!’ Y la puerta se abrió."

En verdad no nos damos cuenta que no hay ninguna seguridad, afirma Watts, hasta que confrontamos el mito del yo fijo y reconocemos que el ‘yo’ sólido no existe - algo que la psicología moderna ha denominado ‘la ilusión del yo’. Y sin embargo, es algo increíblemente difícil de hacer, porque en el mismo acto de esta comprensión hay un yo comprendiendo. Watts ilustra brillantemente esta paradoja:

"Mientras estás observando esta experiencia presente, ¿estás consciente de alguien observándola? ¿Puedes encontrar, aparte de la experiencia en sí misma, algún experimentador? ¿Puedes, al mismo tiempo, leer esta oración y pensar acerca de ti mismo leyéndola? Descubrirás que para pensar acerca de ti leyéndola, deberás, por un instante, dejar de leerla. La primer experiencia es leer. La segunda experiencia es el pensamiento, ‘estoy leyendo.’ ¿Puedes encontrar algún pensador que esté pensando el pensamiento, ‘estoy leyendo’? En otras palabras, cuando la experiencia presente es el pensamiento ‘estoy pensando’, ¿puedes pensar acerca de ti mismo pensando ese pensamiento?

Una vez más, simplemente tienes que dejar de pensar, ‘estoy leyendo.’ Pasas a una tercera experiencia, que es el pensamiento, ‘Estoy pensando que estoy leyendo.’ No dejes que la rapidez con la que estos pensamientos cambian te engañen con la sensación de que los estás pensando simultáneamente.

[…]

En cada experiencia presente sólo estuviste consciente de esa experiencia. Jamás estuviste consciente de estar consciente. Nunca fuiste capaz de separar al pensador del pensamiento, al conocedor de lo conocido. Lo único que encontraste fue un pensamiento nuevo, una experiencia nueva.”

Lo que nos hace incapaces de vivir en presencia consciente pura, señala Watts, es el juego y la cadena de nuestra memoria y nuestra distorsionada relación con el tiempo:

"La idea de un pensador separado, de un ‘yo’ distinto de la experiencia, viene de la memoria y de la rapidez con la que cambia el pensamiento. Es como cuando se hace girar un leño encendido para dar la impresión de un círculo continuo de fuego. Si imaginas que la memoria es un conocimiento directo del pasado en lugar de una experiencia presente, se obtiene la ilusión de conocer el pasado y el presente al mismo tiempo. Esto sugiere que hay algo en ti distinto de las experiencias del pasado y del presente. Razonas, ‘Conozco esta experiencia presente, y es diferente a la experiencia pasada. Si puedo comparar a las dos, y notar que la experiencia ha cambiado, entonces, yo debo ser algo constante y aparte.’

Pero, de hecho, tú no puedes comparar esta experiencia presente con una experiencia pasada. Sólo puedes compararla con una memoria del pasado, que es parte de la experiencia presente. Cuando ves con claridad que la memoria es una modulación de la experiencia presente, resultará obvio que tratar de separarte a ti mismo de esta experiencia es tan imposible como tratar de hacer que tus dientes se muerdan a sí mismos.

[…]

Entender esto es comprender que la vida es completamente momentánea, que no hay permanencia ni seguridad, y que no hay ningún ‘yo’ que pueda ser protegido.”

Y allí está el punto crucial de nuestra lucha humana:

"La verdadera razón de por qué la vida humana puede ser tan absolutamente desesperante y frustrante no es debido a que haya hechos llamados muerte, dolor, miedo, o hambre. La locura del asunto es que cuando esas cosas están presentes, les sacamos la vuelta, nos quejamos, nos retorcemos, nos sacudimos para intentar sacar al ‘yo’ fuera de la experiencia. Fingimos ser amebas, y nos tratamos de proteger de la vida dividiéndonos en dos. La cordura, la completud y la integración se encuentran en la comprensión de que no estamos divididos, que el hombre y su experiencia presente son uno, y que nunca podrá encontrarse ninguna mente y ningún ‘yo’ separado.

Para entender la música, tienes que escucharla. Pero mientras pienses: ‘Estoy escuchando esta música’, no la estarás escuchando. “

'La Sabiduría de la Inseguridad' es un libro inmensamente maravilloso - existencialmente necesario, incluso - en su totalidad, y es uno de esos libros destinados a permanecer contigo durante toda tu vida.

- Traducido por Tarsila Murguía

Fuente: http://www.brainpickings.org/2014/01/06/alan-watts-wisdom-of-insecurity-1/

VOZ DEL SILENCIO, VOZ DE DIOS - Omraam Mikhael Aïvanhov

 

Sucede a veces, que ciertas personas se encuentran frente a un ser que les supera en competencia, sabiduría y nobleza, y en lugar de guardar silencio y escuchar, se ponen a hablar o incluso a interrumpirle cuando habla. Pues bien, no es esta una actitud inteligente, porque nada se gana con ello, más bien se pierde. Frente a un ser con conocimiento, es preferible escuchar. Incluso si no habla físicamente, habla directamente a vuestra alma a través del silencio que habéis creado en vosotros. Cuando el Espíritu divino habla, el cielo y la tierra callan para escuchar su palabra, pues ésta es una semilla que fertiliza.

Quien guarda silencio, demuestra que está dispuesto a escuchar, y por consiguiente, a acatas. Quien, por el contrario, toma la palabra, demuestra con ello que desea tener la iniciativa, que quiere dirigir, dominar. El silencio es pues lo característico del principio femenino, la sumisión, se amolda al principio masculino. Si debemos conseguir restablecer en nosotros el silencio, es precisamente para dejar que el Espíritu divino trabaje en nosotros. Mientras permanezcamos insumisos, recalcitrantes, anárquicos, el Espíritu no puede guiarnos, y así seguimos débiles y miserables. Cuando conseguimos hacer el silencio en nosotros, nos ponemos en manos del Espíritu, el cual nos guía hacia el mundo divino.

Este estado, sin embargo, que llamamos receptivo, pasivo, no debe confundirse en absoluto con la pereza y la inercia. Sólo es pasivo en apariencia; en realidad, se trata de la mayor actividad que pueda pensarse. Es el estado de aquel que, a base de laborar, de paciencia, de esfuerzo, de sacrificio ha logrado realizar el silencio en sí mismo, y gracias a ese silencio comienza a oír la voz de su alma que es la voz de Dios.

Debéis comprender el silencio como la condición absoluta para recibir la palabra verdadera, las verdaderas revelaciones. En ese silencio, sentís que paulatinamente os llegan mensajes, una voz que empieza a hablaros. Ella es quien os previene, quien os dirige, la que os protege… Si no la oís, es porque hacéis demasiado ruido, no sólo en el plano físico, sino también en vuestros pensamientos y sentimientos. Para que esta voz os hable, es imprescindible instalar el silencio en vosotros. A esta voz se la llama con frecuencia “la voz del silencio”, incluso este es el título de algunos libros de la sabiduría oriental. Cuando el yogui consigue apaciguarse, e incluso parar su pensamiento -pues también el pensamiento hace ruido en su movimiento- entonces oye esta voz del silencio, que es la voz misma de Dios.

Así como poseemos un tercer ojo situado en el centro de la frente, tenemos también un tercer oído situado en la garganta al nivel de la glándula tiroidea. Los oídos están estrechamente unidos a Saturno, el planeta de la soledad, del recogimiento y de la introspección.

Todos sabemos que cuando necesitamos reflexionar para tomar una decisión, nos alejamos y cerramos la puerta porque es en el silencio donde tenemos más posibilidades de encontrar una solución. Pero incluso en ese silencio, todos podemos sentirlo, hay a menudo ruido, porque el interior de los seres humanos se parece a una plaza pública en donde una gran cantidad de gente se manifiesta a la vez para presentar sus reivindicaciones. Y esa es la razón por la que resulta siempre tan difícil recibir la verdadera respuesta a las preguntas que nos hacemos, esa respuesta que viene del Cielo, de la región del silencio. Sí, por más que nos aislemos, nunca estamos solos ¡hay tantos habitantes instalados en nuestro interior!

Estáis habitados por infinidad de entidades, y en particular, por espíritus familiares: los de los seres de vuestra familia que se han ido ya al otro mundo, y también de los que todavía viven. Todos ocupan una parte de vuestro ser: los que gustan de la bebida, los que quieren realizar negocios, los que buscan los placeres, están ahí, empujando para satisfacer sus variados deseos. Y al cabo de un tiempo cedéis… ¡sí!¡ a pesar del silencio!

El discípulo tiene otra forma de laborar; no se contenta con aislarse del ruido exterior, procura además acallar a todos aquellos que gritan, amenazan y exigen en su interior. Les dice: “Ahora, callaos”. Y en ese gran silencio, oirá una voz, pero una voz muy dulce, muy débil…Esta voz interior habla incesantemente en cada uno de nosotros, pero es muy suave, y son necesarios muchos esfuerzos para distinguirla en medio de toda clase de ruidos … Como si se tratara de seguir la melodía de una flauta entre el estrépito de los tambores y los grandes timbales. Es preciso aprender a escuchar esa dulce voz que habla en nosotros. “Ten paciencia con este ser… Aprende a dominarte… Esfuérzate…” La voz de Dios no hace ruido, para oírla hay que estar muy atento.

También el profeta Jonás oyó la voz de Dios, que le dijo: “Ve a Nínive y diles que destruiré la ciudad porque no me han obedecido”. Pero Jonás, atemorizado, no quiso ir a Nínive, y se embarcó en un navío que partía hacia Tarsis. Estando en alta mar, se alzó una gran tempestad. Estaban todos aterrorizados, y decidieron echar a suertes quién había atraído la tempestad. La suerte señaló a Jonás, quien fue arrojado al mar. Una ballena se lo tragó, y permaneció tres días en su vientre. Allí pudo reflexionar, y al fin dijo: “Perdóname Señor, ahora voy a cumplir lo que me pides”. Entonces fue vomitado por la ballena, y así se salvó… Como a Jonás, así le sucede a quién los caprichos y los temores le impiden oír la voz del Señor: encuentra ballenas y permanece en su vientre varios días hasta que, apaciguado el alboroto, acaba por oír esa voz. ¡Cuántas ballenas no habréis encontrado ya vosotros a lo largo de vuestra vida! Sí, ballenas de todos los tamaños y colores.

Si estuvierais más atentos, si tuvierais mayor discernimiento, sentiríais que antes de realizar alguna empresa importante de vuestra vida (ya se trate de un viaje, una actividad, una decisión a tomar, etc.) una suave voz os aconseja. Pero no ponéis atención en ella porque preferís el alboroto y las tempestades. Sin embargo, debéis saber que cuando os hablan los seres superiores, sólo os dicen algunas pocas palabras, y con voz casi imperceptible.

Dios habla de forma muy tenue, y sin insistir. Dice las cosas, una, dos, tres veces, y luego calla. Tampoco la intuición insiste mucho más, y si no escucháis atentamente, si no discernís esta voz porque sólo sois capaces de oír el ruido, os sentiréis perdidos constantemente. La voz del Cielo es extremadamente suave, tierna, melodiosa y breve, y hay criterios para reconocerla. Sí, la voz de Dios se manifiesta de tres maneras: a través de una luz que nace en nosotros; por una dilatación, un calor, un amor que sentimos en nuestro corazón; y finalmente, por una sensación de libertad que experimentamos, junto a la decisión de llevar a cabo acciones nobles y desinteresadas. Permaneced pues atentos…

Debiendo tomar una decisión importante, sólo en el silencio de los pensamientos y de los sentimientos recibiréis la respuesta del Yo superior, del Espíritu. Ese silencio, es la fuente de la claridad. El silencio, es la paz, la armonía, el silencio es vivo, es vibrante, habla y canta. Gracias a la contemplación, la oración y la meditación, llegaremos un día a oír la voz del silencio, que es la voz de Dios.

>

 Omraam Mikhael Aïvanhov

CERCA DEL BORDE - Jeff Foster

A veces te encuentras cerca del borde.

 La vieja existencia, la que ayer parecía tan sólida, tan fija como una constelación estelar de mil millones de años, se ha hecho añicos. Parece que no hay forma de volver a cómo eran las cosas. No hay forma de rebobinar la película y te apetece rebobinar. Una nostalgia terrible del “entonces” y su feliz olvido de cada mañana.

 Una dolorosa sensación de arrepentimiento en el estómago y el pecho.

 Y como el pasado se ha desintegrado, el futuro también. Ya no hay forma de saber "lo que sigue".

Todo se siente desincronizado, fuera de tus manos, fuera de balance y fuera de control.

Tus planes se han derrumbado en los sonidos del tráfico matutino.

Tus esperanzas y sueños se han reducido a las gotas de lluvia que repican en tu ventana.

Todo lo que te queda ... es el momento presente.

 E incluso ese ya no se siente como un lugar seguro para estar.

El cuerpo no comprende la vida en abstracto.

Estás en el tiempo, pero fuera de él, en tierra firme, pero ahora se siente tan infundado. Como si estuvieras viviendo en el sueño de otra persona.

Como si no pudieras reconocerte aquí.

Como si te pidieran que comenzaras de nuevo, pero no sabes dónde terminó todo.

Como si tu vida hubiera terminado, pero continúa.

 Y vienen los visitantes. Una ansiedad profunda y terrible que no parece ser tuya. Un dolor terrible que destruiría o salvaría al mundo entero si pudiera. Una pérdida, una sensación de abandono, como un niño sin protección, como una luz sin su estrella.

Un corazón que late de formas desconocidas. Respiración que se siente más constreñida, tensa. Un malestar en todo el cuerpo.

No te sientes como en casa en tu propia casa.

 (“Ven a mí”, grita el Universo).

 ¿Qué haces aquí, cerca del borde de las cosas?

 Bueno, respiras tan bien como puedes. Preparas un poco de té. Hablas con un amigo o te unes a él en un silencio que comprende.

Haces lo siguiente, o te quedas sentado un rato, desesperado bajo un cielo desconocido.

 Sin hogar, asustado, íntimo con una verdad dolorosa -

 Sí, a veces, cerca del borde, te encuentras a ti mismo.

 

   - Jeff Foster

LA ESTACIÓN Y LOS TRENES - Yolande Duran

 

Hay una metáfora que ayuda a ver con más claridad lo que somos en realidad y lo que no somos.

Esta unidad, esta conciencia que está aquí sin hacer ningún esfuerzo, que es también inamovible, que no cambia ni evoluciona, la podríamos comparar con una estación de trenes. Los pensamientos, las emociones, todo lo que se mueve en nosotros y fuera de nosotros, serían los trenes. Pasamos una gran parte de nuestra vida creyéndonos que somos esos trenes, cargando a menudo a cuestas el equipaje, sin ni siquiera dejarlo en el portaequipaje. Nos subimos a ellos y padecemos el sufrimiento que implica estar identificado con los mismos.

El hecho de reconocer que somos la estación, el hecho de reconocer que somos el Silencio, el hecho de ver que somos este espacio ilimitado, nos permite también reconocernos en él, ver que nunca se mueve y que sólo por un tiempo habíamos olvidado lo que éramos, tomándonos por los trenes que vienen y van.  Este error hace parte de la vida. Llega el momento en el que no hay lugar para la equivocación: somos este espacio como el de una estación, desde donde se ven los trenes pasar, simplemente. Y esto se hace posible cuando uno ha tomado conciencia del ser que es, de su naturaleza absolutamente inmóvil, de su paz constante. Mientras que la naturaleza de todo lo que es movimiento (los trenes, los pensamientos, las emociones, etc.) es como su nombre indica, moverse; pensar, creer, actuar son también del orden del movimiento. Cuando uno conoce bien la naturaleza de lo que creía ser y la naturaleza de lo que es verdaderamente, deja de haber conflicto.

Somos esta mirada lúcida, neutra, transparente, por lo tanto, sólo el hecho de darnos cuenta que nos hemos tomado por el tren, nos vuelve a poner en nuestro lugar.

Y ser fiel a si mismo es osar ser esta conciencia pura. Esto no quiere decir que uno no vaya a cuidarse del vaivén de los pensamientos, pero dentro de una claridad que va por delante.

Nuestra verdadera naturaleza es ver y estar presentes a todo aquello que se nos presenta en la vida. Esta mirada única, esta presencia, es lo que hace que todo el resto quede absolutamente libre.

Esta estación, esta conciencia que somos, es una meditación natural. En cambio, podemos comparar a los trenes con la meditación activa e incluye como ya hemos dicho todo lo que es movimiento, como la mente, el cuerpo, la persona, el yo soy, etc. Mientras imaginamos ser la mente, olvidamos que somos la estación que está aquí constantemente sin moverse y que lo que hace es mirar cómo pasan los trenes por ella. Todos vemos en algunos momentos que no somos los trenes, que somos la estación. Lo sabemos. Sólo hay que osar serlo constantemente. Y esto no quiere decir que haya que serlo más, sino más bien tomar conciencia de ello para reconocer que es así. A partir de este reconocimiento se va expresando a su manera una enseñanza silenciosa, puesto que atrevernos a ser lo que somos abre una puerta invisible que permite que nos hagamos conscientes del hecho que esta capacidad de pensar que todos tenemos no es lo que somos: está aquí más bien al servicio de lo que somos profundamente. Y no al contrario. Es importante saber que la mente no sabe estar en el momento presente, que tampoco hay en ella capacidad para ver lo que somos de verdad. La mente sólo puede ver el pasado y el futuro. En los momentos de apertura, en los que uno deja de identificarse con sus pensamientos, se puede vivir lo que uno es frente a ese instante presente.

En lo que se refiere al conocimiento de uno mismo no hay cincuenta soluciones: o bien somos lo que realmente somos, del todo, o bien somos los trenes yendo de un lugar a otro sin parar. Sólo hay estas dos posibilidades: ¿somos la estación o somos los trenes? En verdad, todos somos la estación, pero a pesar nuestro cometemos el error de identificarnos con los trenes. La identificación hace que haya un constante vaivén entre lo que uno es de manera natural y lo que aparece y desaparece, es decir todo lo que creemos ser.

Conocerse a sí mismo es reconocer con la suficiente fuerza que somos la estación para no seguir en este vaivén. Las dudas que a veces tenemos son porque olvidamos lo que somos en realidad. Basta con verlo para poder percibirse de nuevo como estación hasta el día donde no queden dudas y dejemos de olvidar cuál es nuestra verdadera naturaleza.

Yolande Duran.

Yolande Durán Serrano, nació en Moraleja, Cáceres (España), en 1963. Con tres años se mudó a Francia acompañada de su familia, tenía una carrera prometedora como agente inmobiliario y agente FIFA en Ginebra, pero la abandonó desde su despertar espontáneo. Yolande ha viajado por diversos países para compartir con "buscadores", cuyo máximo deseo es llegar a conocerse a sí mismos, la transmisión del silencio infinito y el valor espiritual de la atención de cada uno. Durán, es coautora de El silencio sana, y su segundo libro, Enamorada del Silencio, ha sido elaborado junto a Chantale Rémus.

Hace una década, en 2003, dos meses antes de la muerte de su hijo único, ignorando la existencia de cualquier dimensión espiritual, Yolande vivió una experiencia indescriptible. A través de un despertar claro y espontáneo se sintió conectada a su verdadera naturaleza en un instante eterno: "Entonces ya no hay esta voz que juzga, te condena, te somete, te cansa. Ya no hay este sufrimiento, estos pensamientos que te impiden existir". El sujeto se confunde con el objeto: hay un giro, un despertar a la conciencia impersonal y a sus perfumes: paz, luz y amor.

Este estado (este no-estado) se manifestó a través de un silencio intenso, un vacío, una plenitud al mismo tiempo tan extraordinaria y tan simple que, durante mucho tiempo, Yolande no tuvo palabras que decir. Dejándose poco a poco guiar y enseñar por este silencio, sintió cada vez más el goce de compartir esta manera de estar en el mundo, impregnada de ligereza y simplicidad. Ella ofrece su testimonio de esta liberación interior espontánea, impactada por la realidad última de sí misma y de todo, que es "la última sanación, ya que te sana de la idea de ser una persona".

¿De qué silencio se trata? El que se percibe cuando el pensamiento yo, el pensamiento que se piensa a sí mismo automáticamente, que comenta constantemente, que sueña el futuro y el pasado, se detiene. Es el silencio que se percibe cuando el pensamiento que vocifera, que se queja, que dramatiza la tristeza o la ira, se apaga.

 

https://yolandeduran.com/la-estacion-y-los-trenes/

El asombroso efecto de presenciar actos de bondad - Steve Taylor

 

Traducido del Inglés desde...https://www.psychologytoday.com

 

El asombroso efecto de presenciar actos de bondad

 

¿Por qué tenemos experiencias cumbre cuando vemos que las personas son amables entre sí?

 

Tengo un amigo que solía vivir en Pakistán, donde era un activista de los derechos de los animales. Un día, estaba caminando por su ciudad natal cuando vio a una multitud reunida alrededor del puesto de un vendedor de pájaros. Un hombre había comprado algunas aves myna, un pájaro muy popular en Pakistán, debido a su capacidad de imitar sonidos, y las estaba liberando. Uno a uno, los sacó de la jaula y los dejó volar libres. En total, compró 32 de las aves, solo para liberarlas. 

Mi amigo estaba asombrado por este acto de altruismo, en parte porque, como él mismo dijo, "tales actos de caridad no eran tan comunes en esa parte del mundo donde las personas no son tan amables con los animales en general". Pero también se sorprendió de su propia reacción al acto. Él estaba lleno de una profunda sensación de paz. Una quietud extraña llenó su entorno, y se sintió completamente libre de preocupaciones o ansiedad. La sensación de paz y alegría permaneció con él durante unos días, y, en sus palabras, "creo que todavía está allí hasta cierto punto".

Este es un poderoso ejemplo de una experiencia con la que la mayoría de nosotros estamos familiarizados, a pesar de que los psicólogos no le han prestado mucha atención hasta el momento. Es la sensación cálida, elevada y fantástica que obtenemos cuando somos testigos de actos de bondad. Incluso los actos altruistas más simples pueden darnos un toque de esto: un transeúnte que le da su comida a un vagabundo, un extraño que se ofrece ayudar a una persona ciega a cruzar la calle o un pasajero del metro que deja su asiento a un anciano dama. O cuando vemos actos aparentemente amables entre los animales, por ejemplo, tal vez puedas ver este breve video ahora y observar tu respuesta.

De esta manera, presenciar actos altruistas puede ser una fuente de lo que Abraham Maslow llamó "experiencias cumbre": esos momentos de reverencia, admiración y un sentido de "rectitud" que nos hacen sentir inmensamente agradecidos de estar vivos. 

Jonathan Haidt es uno de los pocos psicólogos que analiza este tipo de experiencias cumbre. Lo llama "euforia" y lo describe como un "sentimiento cálido en el pecho, una sensación de expansión en [el] corazón, un mayor deseo de ayudar y un mayor sentido de conexión con los demás". Es, en sus palabras, "Una manifestación de la naturaleza 'superior' de la humanidad”.

De hecho, esta puede ser una razón por la cual ocurre la experiencia, porque trae una fe renovada en la naturaleza humana, una sensación de la pura bondad de la que los seres humanos son capaces a menudo, que a veces puede parecer difícil de ver en medio del caos y el conflicto de la vida cotidiana. Pero el sentido de conexión mencionado por Haidt también es sin duda importante. El altruismo trasciende la separación que a menudo experimentamos como seres humanos. Nos conecta entre nosotros, y de hecho, el altruismo puro solo es posible porque, en el nivel más profundo, todos los seres humanos forman parte de la misma red de conciencia. La persona que realiza el acto altruista experimenta esto, y tal vez el destinatario del acto de bondad también. Y cuando somos testigos del acto, también nos convertimos en parte de la red.

Entonces, cuando consideres realizar un acto de bondad, piensa en su potencial efecto positivo en tres direcciones. Existe el efecto positivo sobre el destinatario y el efecto positivo sobre ti: es posible que experimentes la emoción positiva del "ayudante". Pero quizás el mayor efecto de todos será en un transeúnte que simplemente presencia el acto. 

 

Steve Taylor PhD es profesor titular de psicología en Leeds Metropolitan University, Reino Unido. 

Es autor de 9 libros-

https://www.psychologytoday.com