Todos hemos experimentado alguna vez las consecuencias de la queja constante, ya sea en primera persona o escuchando a otros hacerlo. La verdad es que los resultados son bien parecidos en cualquier caso. Claro que no estamos hablando de una queja aislada en un momento determinado que nos agobia, nos sobrepasa; sino de la queja como hábito, como forma de vida.
¿Para qué sirve quejarse?
En realidad la queja es un mecanismo útil, útil en términos psicológicos, ya que esta proporciona un beneficio psicológico al individuo. Sirve básicamente para exteriorizar las emociones y pensamientos negativos y movilizarse así para la acción. Está comprobado que esta forma de desahogarse es práctica en determinados momentos. Pero a veces se nos olvida la segunda parte y cuando una queja se queda solo en eso entonces viene el problema. Este tipo de queja es el que lleva al inmovilismo lo cual se ha comprobado que es bastante perjudicial para la salud emocional del sujeto. Así pues, el fin primario de la queja es llevar a la acción de cambiar aquello de lo que uno se queja. Esta es la queja útil. La queja como forma de vida en la que solo te desahogas y luego te cruzas de brazos con un regustillo de mal humor no lo es. Y lo cierto es que muchas personas actúan así. Pero si este tipo de lamentos aparentemente no sirven para nada entonces…
¿Por qué lo hacemos, para qué?
El camino fácil sin
duda es pensar que cuando esto ocurre las personas se han marcado como
propósito amargar la vida de todos los de su alrededor, y
aunque esto de hecho puede llegar a ocurrir, hay que tener en cuenta que en
estos casos se está utilizando la queja como forma de relacionarse con el mundo
porque se ha aprendido a hacerlo de esta manera, porque las experiencias
previas y relaciones con los demás han reforzado esta actitud. Esto significa
que las personas que actúan así no saben hacerlo de otra manera porque es lo
que han aprendido. Esto es «negativo» en la medida en que la dificultad que
existe a la hora de cambiar las creencias de una persona (cuanto más adulto más
difícil) nos dificulta el cambio en su conducta. Pero esto tiene su lado
positivo, si estamos hablando al fin y al cabo de mero aprendizaje, eso
significa que podemos «desaprender» lo que hemos aprendido mal.
¿Por qué es malo quejarse todo el tiempo?
Primero se debe
entender cómo se elabora la información en el cerebro. La base del
funcionamiento cerebral es la comunicación entre las células nerviosas, es
decir la neurotransmisión a partir de las sinapsis entre neuronas. Con cada
pensamiento, el ser humano activa mecanismos en el cerebro mediante los cuales
se liberan muchos neurotransmisores a la vez. Estos son los encargados de
transmitir la información de una neurona a otra y así la comunicación va
llegando a todas partes. El cerebro está formado por toda una red de neuronas
interconectadas entre sí. No obstante, dentro de este caos existe un orden. El
cerebro se divide en áreas encargadas de diferentes tipos de información. Esto
significa que cada área tiene sus conexiones concretas. Hay algo
parecido a patrones, caminos iguales de sinapsis con sus neurotransmisores
particulares que podemos reforzar o desactivar. Es lo que llamamos
«Neuroplasticidad».
¿Qué és la Neuroplasticidad?
La Neuroplasticidad es
la capacidad del cerebro para cambiar, para adaptarse como resultado de la
experiencia. Esto significa que con nuestra conducta podemos cambiar
nuestro cerebro, podemos reforzar o debilitar los circuitos cerebrales
dedicados a algo en concreto. Pues bien, se ha comprobado que las
quejas refuerzan los circuitos cerebrales del pesimismo. Además, estos
circuitos se hacen más fuertes y rápidos con la práctica, hasta el punto de que
pueden llegar a convertir una conducta en automática. Por ejemplo,
si reforzamos nuestros circuitos cerebrales relacionados con la ansiedad
poniéndonos nerviosos prácticamente todos los días, estamos reforzando ese
circuito hasta el punto de que nos ponemos nerviosos de manera inconsciente
ante el mínimo estimulo.
Lo mismo ocurre
con las quejas y la negatividad. Es la pescadilla
que se muerde la cola. Cuanto más te quejas más alimentas esos circuitos hasta
que tu cerebro está fuerte y rápido en su reacción ante lo negativo y ya está
predispuesto a reconocer todo lo malo. Así pues, caemos en el círculo vicioso
de la negatividad, la negatividad desemboca en estados de tristeza, de estrés y
con todos estos estados emocionales se liberan hormonas como el cortisol. Esta
hormona en pocas cantidades es necesaria y beneficiosa para el organismo, es la
encargada de activarnos, pero cuando se libera en grandes cantidades se vuelve
muy dañina pudiendo causar enfermedades del sistema inmune, infecciones y
aumento de la presión sanguínea entre otras.
Relación con los otros. Las emociones se contagian
Lo perjudicial de este
comportamiento no afecta solo a la salud física y mental de la persona que se
queja sino también a la de las personas de su alrededor, llevando a alejarlas
cada vez más. Se ha demostrado que las emociones son contagiosas, ya
sea para bien para mal. Como afirma la doctora Bader a través de
un estudio biológico que realizó con plantas: «El cuerpo humano es muy similar
a una planta que chupa y absorbe la energía necesaria para alimentar su estado
emocional». A lo largo de la historia ha habido muchos casos de fenómenos de
contagio emocional, como los casos de histeria colectiva o el extraño caso de
la epidemia de risa que afectó a Tanzania en 1962. Los seres humanos estamos
emocionalmente sincronizados y esto tiene un motivo. Parece que podría haber
razones evolutivas ya que es una forma de vivir mejor en comunidades y trabajar
en grupo, una suerte de inteligencia social para la formación de alianzas.
Un estudio de la
Universidad holandesa de Utrecht publicado en la revista Psychological
Science afirma que «los humanos son capaces de comunicar sus estados
emocionales a través de señales químicas».
Hay muchas
investigaciones realizadas sobre el tema, pero lo cierto es que no hace falta
ir muy lejos para comprobar que el contagio de emociones existe. Todos lo hemos
experimentado alguna vez después de quedar con alguien que está, por ejemplo,
muy nervioso o muy contento. Se nos contagia su estado incluso sin ser conscientes
de ello, sin saber muy bien que ha pasado.
Empatía
La empatía es la que
actúa en estos casos, esa capacidad que poseemos los seres humanos de ponernos
en el lugar del otro, de entender sus emociones. Habilidad que tenemos gracias
a las neuronas espejo. Se ha comprobado que estas se relacionan con el
reconocimiento de las emociones, el movimiento y hasta la intencionalidad de
las personas con quien nos comunicamos. Pero además, estas reimprimen en
nuestro cerebro ese estado detectado en el otro haciendo que se activen las
mismas partes que están activas en el cerebro del otro. De esta forma se crea
un contagio emocional. En resumen, la queja, así como la negatividad en
general, también se contagian.
Sabiendo todo
esto, ¿podemos salir de ese círculo de quejas constante?
Como ya hemos dicho se
trata de desaprender esta forma de afrontar los problemas. Lo esencial es darse
cuenta de que existe una situación problemática y sobre todo querer cambiarla.
Es más fácil modificar un patrón de conducta ya existente que intentar añadir
uno totalmente nuevo para la persona, ya que en nuestro cerebro es más sencillo
reforzar o debilitar circuitos ya existentes que crear uno nuevo. Pero la buena
noticia es que todos tenemos este circuito del positivismo programado en el cerebro.
Sí, el cerebro está preprogramado con la capacidad de sentir placer. Lo que
hace falta es reforzar este circuito y debilitar el otro. Ya hemos dicho que
tipo de queja es la útil: la que te lleva a la acción. Y para esto nuestro
cerebro sí que está preparado, para buscar soluciones, para actuar. Pero no
todo es automático, hay que esforzarse. Se suele entender el cerebro como algo
automático que va por libre, que no podemos controlar. Se ha demostrado que no
es así. Ya hemos hablado de esto, de la neuroplasticidad y es de hecho lo que
debemos poner en práctica.
Un poco de Neuroplasticidad consciente
Podemos debilitar los
circuitos de la negatividad hasta atrofiarlos, ¿cómo? No gastándolos. Lo que
ocurre es que el camino fácil es no hacer nada, por eso muchas veces nos
quedamos en el primer tipo de queja; el otro requiere trabajo y fuerza de
voluntad. En nuestras manos está elegir qué tipo de queja llevamos a cabo.
Muy bien, esto podemos
utilizarlo para cambiarnos a nosotros mismos, pero; ¿qué pasa si estamos
rodeados de alguna persona muy negativa? No podemos obligarla a cambiar. La
empatía a veces es un arma de doble filo, ¿desactivamos el interruptor de
empatía?, lamentablemente esto no se puede hacer. Pero podemos aprender a
usarla en nuestro beneficio.
Empatía cognitiva
Se trata de
desarrollar lo que llamamos empatía cognitiva. Este término se refiere a la
empatía que nos permite reconocer, comprender y valorar lo que le pasa al otro;
sin perder la consciencia de lo que está sucediendo: «le pasa a él y no a mí».
Es una cierta protección para no absorber problemas que no son propios, además
de una forma de mantener la capacidad para estar dispuestos a ayudar si es
necesario (Labath, 2015). Se ha comprobado que es una de las características que
posibilita a los psicólogos trabajar sin sucumbir a la tristeza y frustración
con la que conectan diariamente. De esta manera, cuando estés frente a una
persona que te está contando un problema es muy importante mantener una parte
focalizada en quién eres (no eres esa persona) y en las cosas buenas que tú
tienes.
Así que para acabar,
solo queda decir que la queja es el claro ejemplo de cómo podemos sacar partido
a algo que en un principio parece negativo.
«Las perezosas
células cerebrales solo encienden su luz bajo el látigo de las emociones
penosas». —S, Ramón y Cajal.
https://medium.com/espanol/psicologiadelaqueja
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